No hay, a veces, más bella representación de un país, nación, región, ciudad o pueblo que su folclor. Y una de las más maravillosas maneras en las que puede tomar forma tal folclor es en tanto música. Lo que podría resultar increíble de estas expresiones es que muchas historias que son contadas en las canciones folclóricas son una nítida demostración de lo que es la cultura de un lugar específico. Más increíble resulta que estas historias en forma de canción sean reflejo actual de diversas situaciones, aun así estas hayan sido escritas muchísimo tiempo atrás. Estas canciones anónimas ponen énfasis en sucesos que, aunque pareciesen ya inmortales y de gran antigüedad, suceden actualmente. El mundo ha cambiado, pero no tanto. A continuación, presentaré dos ejemplos de canciones folclóricas que han logrado demostrar que la cultura tiene características permanentes.

El primer ejemplo es una excelente canción anónima que es performada, principalmente, por el grupo “The Animals”. Esta canción tiene de nombre “The House of the Rising Sun” (“La Casa del Sol Naciente”). Esta canción habla de una casa en Nueva Orleans a la que, como es típico en tantos lugares de Estados Unidos y del mundo, concurre una familia que, realmente, no parece funcionar muy bien. El padre es un apostador compulsivo que, según la canción, solo está feliz cuando está totalmente borracho. La madre, por otro lado, es una sastre que al hijo le ha cosido sus nuevos jeans. El hijo, el que personifica la persona que canta, en algún momento, recomienda a las madres que les digan a sus hijos que no hagan como él: que no desperdicien su vida en pecado y miseria. Finalmente, esa casa, que parece el retrato de miles de otras alrededor del mundo, a la que le llaman “del Sol Naciente”, ha sido, según se dice, la ruina de muchos jóvenes pobres que, de seguro, acudían a ella por la desgracia de sus familias disfuncionales.

La otra canción, una tradicional de Inglaterra, hecha muy famosa por mi dúo favorito, “Simon & Garfunkel”, y utilizada en “El graduado”, se llama “Scarborough Fair”. La feria de Scarborough es a la que una persona asistirá. Asistirá, pues, para cumplir el pedido de un hombre: desea que esta persona haga que una mujer que vive ahí lo recuerde. Le pide él a ella que haga cosas increíbles para que, finalmente, logre que el amor entre los dos vuelva a ser uno verdadero. Luego la mujer le pide directamente al hombre hazañas de igual increíble magnitud para que, una vez más y ahora por el lado de ella, se concrete el amor verdadero que alguna vez existió entre los dos. Todas las estrofas tienen en su segundo verso las cuatro palabras: “perejil, salvia, romero y tomillo”.

Dice la leyenda que quizá se trataría de un conjunto de elementos para la creación de una pócima de amor. El amor que entre ellos debía existir: ese “amor verdadero y de retorno” debía ser construido por los dos en un camino que se iba acercando de a pocos por lado de cada uno. La importancia de su amor radicaba en la hazaña de poder cumplir, por esa pasión misma, o al menos intentar lo que cada uno pedía que el otro hiciese en la gran feria de Scarborough en Inglaterra. Era una vía que los dos debían seguir. Era la gran demostración de que el amor de pareja se construía de dos. Han pasado novecientos años de la canción aproximadamente y, tal vez, esta representación del amor, por más que obvia (que la pareja la constituyen dos), es una de las más efectivas.

Canciones de muchos años atrás, como ya vimos, han logrado ser un excelente reflejo de cómo se constituyen los hábitos y las actitudes en sociedad, las formas de la cultura. Por eso, creo yo, que estas canciones, al abarcar temas de actitudes tan universales (en relación al amor y a la familia, por ejemplo), son parte de algo así como un folclor básico de amplitud espacial –se pude hallar en muchas partes del mundo– e histórica –pudo ser hallado y sigue siéndolo–.

El anonimato, finalmente, en la construcción de las canciones presentes les da, probablemente, un plus en tanto composiciones universales, pues si «nadie» las escribió, «todos» las hemos escrito. Y, pongámonos a pensar, quizá cada uno las escribe siempre con diferentes enfoques y de distintas maneras.