En el mundo del deporte es difícil dejar de sorprenderse con los logros conseguidos en cada encuentro deportivo – ya sea por equipos o de manera individual – sea en olimpiadas, mundiales, etc. Es así que cuando mencionamos el nombre de Michael Phelps se nos viene a la memoria el gran performance mostrado por este deportista en las últimas olimpiadas y los récords que ha logrado dejar atrás.

Su historia comienza cuando a los 15 años participa en los juegos olímpicos de Sidney 2000 aunque aún no gana ninguna medalla. En Atenas 2004 consigue sus primeras medallas olímpicas y en las demás participaciones en olimpiadas va mejorando su performance, hasta las que dijo, serán sus últimas olimpiadas, Río 2016.

Lo que no muchos conocen de la carrera de Michael Phelps son algunas experiencias poco públicas, como cuando lo fotografiaron consumiendo drogas en el año 2009 – por lo que fue sancionado durante 3 meses – o cuando en el año 2014 fue detenido por conducir su auto en estado de ebriedad. Este episodio ocasiona que se interne en un centro de rehabilitación y posteriormente comience a prepararse para intentar clasificar a los juegos olímpicos de Río 2016.

Lo que produce admiración, en mi caso especialmente, no es la constancia que muestra Phelps desde sus inicios, al menos no regularmente en su carrera. Sino la capacidad de reconocer los errores que se pudo cometer en el pasado y mejorar, superarse a sí mismo. Cuando la mayoría pensaba que él había conseguido todo lo que cualquier deportista anhela pues quizá el aún seguía en esa búsqueda de satisfacciones, deseando romper récords – propios o ajenos él igual los lograría – o quizá, secretamente, queriendo inmortalizarse, eternizándose ante nuestros ojos como uno de los más notables nadadores de nuestro tiempo.

Estas características son fácilmente aplicables a nuestra vida diaria, siempre se puede obtener una mejor versión de nosotros mismos. Una caída no nos hace débiles, nos puede llegar a ser fuertes si así lo decidimos.