Foto tomada del facebook de Santiago Balvín.

Esta entrevista fue hecha a mediados del año 2015, para un curso electivo de Periodismo que llevé en esas épocas. Santiago Balvín ya ha egresado de la facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional de Ingeniería y sigue participando activamente por la diversidad trans.* 

Santiago Balvín tiene 25 años. Natural de Huancayo, estudia Arquitectura en la Universidad Nacional de Ingeniería y está a punto de acabar la carrera universitaria. Está en décimo ciclo; solo le falta un curso para terminar: el taller de diseño de tesis.  Santiago quiere presentar  un proyecto sobre galerías de comercio con vivienda para la parte de Cachina-Tacora. No le cae Castañeda y le molesta que haga proselitismo con todas las obras. Se queda pegado a las series, las películas y a los animes. Rajamos acerca del final del Naruto y nos recomendamos animes. Somos un par de geeks en su salsa.

Hemos ido a una cafetería, ha escogido helado y le he pedido que elija sabores. Alegre, pide probar el de chicha morada y el de nevado. Es alguien atrevido, bromeo, sonriéndole. Le encanta lo que saborea y termina pidiendo esos dos con chips de piña.

Santiago es un trans masculino. Descubrió, como muchos, que su cuerpo no iba de acuerdo con lo que él empezaba a sentirse emocionalmente. Al principio, cuando era niña, las cosas eran más fáciles, recuerda. “Yo quería hacer juegos masculinos y mi hermano no me dejaba. Quería andar con los niños y hacer las cosas que hacían. Y me empecé a cuestionar porque ser mujer no me lo permitía”. Santiago se hizo estas preguntas a los  7 o 8 años.

Usar pantalones y jugar con carritos eran parte de lo que él consideraba dentro de sus gustos. Luego, al crecer, el inevitable proceso fisiológico lo sorprendió cuando se dio cuenta de que su cuerpo comenzaba a cambiar y que a él no le gustaba para nada. Me cuenta que no fue consciente del cambio en su cuerpo. Es más, él no usaba brasier. Andaba ”super libre, libre, libre”. Hasta que una compañera suya se lo hizo saber.

  • Tú no estás con brasier, ¿no?
  • Nop.
  • Se te nota.

Fue este episodio el que hizo a Santiago darse cuenta que quizás esa parte de su cuerpo no debería estar allí. Empezó lo que en el ámbito psicológico denominan “disforia” y lo que Santiago admite como la típica sensación de  algo-no-esta-bien-en-mí.

Santiago es de Huancayo, y aprovechó el hecho de normalidad andina de vestir varias capas de ropa para protegerse del frío con el fin de ocultar sus pechos. Andaba con el cabello sujetado para cuando la moda de los pantalones ajustados arribó a Perú. Fue allí donde comenzó el calvario de Santiago en pos de ropa “unisex”: vestimenta holgada que le permitiera ocultar sus formas de mujer y sentirse más cómodo consigo mismo.

Además, notó que tenía una orientación sexual diferente. A los 17 años, se cortó el cabello al salir del colegio. Y se sintió bien con el cabello corto. El reflejo que le devolvía el espejo lo hacía sentir genial. Le gustaba ver su yo masculino.

Pero no todo era tan “ideal”. No faltó la gente que empezó a insultarlo. Chito, machona. Pero a Santiago no le importaba mucho. Al fin y al cabo, reconoce él, las palabras son solo eso, palabras. Y eso no le puede dañar. “¿Para qué dejar que alguien te haga pasar un mal momento si no va a ser alguien especial en tu vida?” No se puede satisfacer a nadie. No lo hizo antes. No lo hará ahora.

La hermana gemela de Santiago no le cuestionaba nada. El vínculo familiar más fuerte lo tiene con ella. Ella aceptaba la ropa femenina que le compraban a él y siempre supo que le gustaban las chicas. Cuando salió como trans, fue la persona que más lo apoyó en su familia.

Santiago baja la voz cuando le pregunto acerca de la violencia que podría sentir en la calle. Él sonríe y me cuenta algo que refuerza la idea de que no hay peor enemigo que aquel que duerme en tu misma casa. Santiago, además de su hermana gemela, tiene un hermano. Hermano mayor que hasta hace un par de meses solía golpearlo por ser trans. Es difícil, cuenta, que tu familia diga aceptarte pero que permita permisivamente los abusos físicos y psicológicos que un pariente tan cercano puede propinarte.

El punto de quiebre fue cuando el hermano mayor intentó reproducir la misma escena de violencia pero con una pareja sentimental. Fue allí donde este reconoció su actitud violenta. Fue a un psicólogo; él pensaba que Santiago estaba enfermo por ser como era. Y le pidió perdón a Santiago por todo.

A pesar de las cosas malas, Santiago intenta quererlo y tender ese lazo que lo una con su hermano. Recuperar el tiempo perdido en tantos golpes. Santiago me mira y se muestra esperanzado en su familia y en como ellos están tratando de comprenderlo. Nunca es tarde para un abrazo.

Antes de salir del closet como trans, muchas dudas rodeaban la mente de Santiago. Reconoce que, hasta hace un año y medio, él no se identificaba a sí mismo como trans. Si bien tenía esos “issues” con su cuerpo -le molestaban sus pechos, la ropa femenina le causaba repulsión-, él no se veía a sí mismo como trans masculino.

Santiago cuenta que el verano era una tortura para él. Eso de andar tratando de esconder tus pechos con mucha ropa ya no funcionaba en esas fechas. Así que se cruzaba de brazos. Y veía con envidia como los hombres salían con el pecho desnudo.

Él también quería hacerlo.

Fue allí donde también sintió que algo no andaba bien con el punto de vista social. Si los hombres podían andar con el pecho descubierto, ¿por qué las mujeres no? ¿Por qué era prohibido para ellas y para el hombre, no? Sea el pecho que fuere, no tendría por qué ocultarlo.

El activismo político para Santiago llegó poco después de estas dudas. Primero, él no sentía que tenía que ser activista. Él pensaba que todas las personas LGTB se hacían las víctimas. Pero cuando entró como voluntario a un grupo de trans masculinos fue donde encontró respuesta a sus inquietudes y soledades. En un mundo donde los trans masculinos son invisibles, él se sentía solo, aislado. Un bicho raro en todas sus letras. Pero cuando los conoció, se reconoció en ellos y aquel sentimiento de soledad quedo cubierto por la identificación de él como parte de un grupo y un colectivo que necesitaba ser visible en pos de lograr la calidad de vida que merecen.

Hay una necesidad de visibilidad debido a que tienden a pasar más desapercibidos que las trans femininas.

“Yo creo que es importante que se tengan que visibilizar los trans masculinos. Alguien tenía que saber nuestras historias para saber que existimos. Porque si no existimos, nadie puede hacer nada por nosotros. No se puede crear una ley, o protocolos de medicina si no se sabe que existes”.

A Santiago no le gustaba la política. “Pero el mismo hecho de ser y decir que es un hombre trans ya es un acto político”, admite, entre risas.

Es necesario que las personas trans se visibilicen. Y es por eso que asumió el activismo. Si bien le gustaría también que otros se empoderen igual que él, Santiago considera que es una decisión personal. Tal y como fue la suya. No todo el mundo quiere ser visible. Ante esto Santiago cree que algunas personas trans se sienten en la necesidad de ir de acuerdo al sistema, en un esfuerzo por ser como los demás. Pero es este mismo sistema el que los discrimina y los violenta diariamente. Es la gran ironía: es querer ir de acorde, pero de por sí ya tú sabes que te van a discriminar de alguna manera.

“El sistema es el que debería cambiar, no nosotros”, afirma Santiago vehemente. El sistema se forma de tantas reglas que se naturaliza en la sociedad lo que es ser mujer y hombre que, cuando alguien como Santiago o algún otro manifiestan sus dudas, el sistema se encarga de oprimirlos. Santiago cree que se deben romper los paradigmas, pues lo que se dice no concuerda con la realidad. Él y toda la comunidad LGTB son un ejemplo de ello.

Santiago asume su sexualidad y su cuerpo según su propia cosmovisión. Es como quieres configurar tu cuerpo por ti y para ti, no por algún referente. Hay diversos tipos de hombres trans. El paradigma del hombre es tener pene, no tener caderas y tener pelo en pecho ¿Pero nos hemos cuestionado si realmente es esa la sexualidad que queremos para nosotros? ¿Por qué no asumir el hecho de ser hombre o mujer bajo nuestras propias construcciones? ¿Por qué no es aceptada la diversidad de cuerpos?

Santiago no quiere hacerse la faloplastia. “Yo no necesito pene para sentirme hombre”.  Él cuenta la charla que tuvo con un activista trans alemán, que durante su estadía en Perú, conversó con él acerca de este tema. El activista se hizo la cirugía y le comentó a Santiago su arrepentimiento. “Es como un peluche más, ahí, colgado”, cuenta mientras se ríe. Es un tema ampliamente ignorado para el común de la gente que la faloplastia genera insensibilidad. Es decir, que a cambio de un aparato que simule a un pene, las personas sometidas a esta operación no sienten excitación alguna en su aparato. Sacrificar un goce por un mero simbolismo, que según la sociedad, te convierte en “más hombre” o en un hombre completo.

Es por eso que Santiago se rehúsa a hacerse esa operación. Su sensibilidad  y valor vale más la sociedad espere de su masculinidad. Además, evaluando su situación actual de vida, que es la de estudiante universitario en último ciclo, ha decidido esperar para someterse a la terapia hormonal, ya que esta somete al implicado en una serie de vaivenes emocionales que resultarían muy peligrosos para Santiago en esta etapa de su vida.  Él quiere acabar bien la universidad y luego evaluar opciones.

También se indigna que, dentro del mismo círculo de transexuales, se quiera dar valor al hecho de hacerte cirugías para ser “más” trans que los demás. Sentir ese deseo de destacarse por ser más trans que otro es algo que a Santiago le parece inverosímil. “No es una competencia”, dice. Si uno quiere ser y sentirse bien hazte las cirugías o tratamientos que requieras necesarios, pero eso no implica que obligues a los demás a seguirte en tu afán de alcanzar tu cuerpo ideal. “Nadie te tiene que decir como tienes que hacerlo”.

Santiago reconoce que los roles de género son muy relativos. Él se pregunta qué es ser un hombre y qué es ser una mujer, al fin y al cabo. Hay hombres sensibles, con características emocionales “femeninas” y no necesariamente por eso dejan de ser hombres. Para él, la única diferencia es la corpórea. Cada uno, sea hombre o mujer, tiene las mismas capacidades de realizar las cosas; ambos son iguales. Ninguna es mejor que otra.

Dentro de Santiago conviven dos cosmovisiones que la sociedad nos ha inculcado a lo largo del tiempo como eternamente contrapuestas y que él intenta acogerlas dentro de sí logrando un equilibrio. Si él intentara en algún momento reprimir su parte femenina, terminaría sintiéndose mal consigo mismo. “Quieren que deje de hacer cosas solo porque es femenino, y no pes”. Reímos. Para él ser masculino no es rechazar tu parte femenina. Es abrazarlas a ambas y plantear tu propia actitud ante los prejuicios.

Le pregunto si está saliendo con alguien. Y me comenta, alegre, que está saliendo con una chica. Una chica que sabe que es trans y no le pregunta nada acerca de su condición. Era la prima de una amiga y se conocieron en una fiesta.

  • ¿Hicieron click?

La chica lo ha dejado ser. Y eso le alegra.

Como cada uno de nosotros, Santiago es una persona normal, con una vida normal y necesidades acordes a sus expectativas. ¿Por qué tomarlo como diferente? Lo miro antes de irme. Santiago sonríe como ninguno mientras saluda a su prima con la que irá a una charla de la Maestría de Género.

Le abrazo y comprendo el gran valor de salir a la calle y sobrevivir en una sociedad que te condena a diario por ir en contra de su sistema.