“Tenía catorce años cuando empecé a vomitar. Y sí, lo digo sin tapujos, con sus siete letras.

Cuando hacía las tareas que me dejaban en el colegio, solo veía televisión o me distraía un momento en Internet. Para mí, ya era común ver fotos o videos de modelos súper delgadas mientras hacía la tarea. Cada noche, antes de dormir, me miraba en el espejo y, con el pasar de los días, cada vez me gustaba menos lo que veía reflejado. Mi tranquilidad se estaba convirtiendo en ansiedad.

Una tarde de septiembre -la recuerdo bien- me propuse una “meta” personal: llegar a ser físicamente como esas personas a las cuales yo comenzaba a admirar. Eran tan delgadas y con un cuerpo espectacular que yo me imaginaba así.

Pasaban los días y aún no tenía el valor para hacerlo. Cerraba el baño con doble seguro. Mis ojos, fijos en el inodoro, mientras mis manos sudaban y temblaban. Cuando mi cuerpo quería desistir, mi mente me recordaba una y otra vez que lo haga, que era mi meta, que tenía que hacerlo. Fueron 14 días sin poder lograrlo, “14 días de intentos fallidos” como los llamaba yo.

Era el primer domingo de octubre y tuvimos un almuerzo familiar en la casa de mi tía. Habíamos terminado de comer y todos se fueron a la sala principal. Opté por subir al segundo piso. El volumen de la música iba disminuyendo y el sonido de mis pasos se escuchaba cada vez más. Entré al baño y cerré la puerta. Me miré al espejo y la música retumbaba mis oídos. No lo pensé más y me arrodillé frente al inodoro. Había visto unos cuántos videos de cómo hacer el proceso más sencillo y no dudé en imitarlo. Fueron los 5 minutos más largos de mis cortos 14 años. Me levanté, lavé mi cara y salí como si nada hubiera pasado.

Lo hacía esporádicamente, pero se estaba convirtiendo en parte de mi rutina. Cuatro años de mi vida, entre idas y venidas. Nadie sabía lo que hacía, tampoco levantaba sospechas. Para las personas que me conocían, seguía siendo la misma chica de siempre. Solo mi mente y cuerpo sabían lo que pasaba dentro de mí cada vez que “me confesaba” frente al inodoro.

Sí, logré ingresar a la universidad. Para mí, el gran comienzo de mi vida universitaria fue el inicio del fin. Fue ahí cuando me di cuenta que esto ya estaba fuera de control. Mi obsesión por bajar de peso era mi total prioridad. Las comparaciones eran diarias. El gimnasio no bastaba, por más horas que me quedara haciendo ejercicios. Logré sobrevivir una semana a base de agua y, aún así, la vomitaba. Tomaba una píldora de laxante. No era suficiente para mí. Tomaba dos, tres… llegué a un blíster (plancha de pastillas) de píldoras por día.

Detestaba mirarme al espejo porque odiaba lo que veía frente a mí. Quería que mis dedos de la mano cerraran alrededor de mi muñeca. Quería ver la piel sobre mis huesos. Pasaban los meses y yo estaba a punto de llegar a mi tan ansiada meta; sin embargo, muy en el fondo, sabía que lo lograría sin vida. Las probabilidades de que sobreviva eran nulas. Me estaba matando.

Llegó la segunda semana de mayo y recién comenzaban los parciales. Me senté en la carpeta y leí el examen. No me concentraba. Solo pensaba en vomitar lo que había tomado en el desayuno, tomar dos píldoras de laxantes e ir al gimnasio. Volví a pisar tierra y miraba el examen. No podía levantar el lapicero porque no me quedaban fuerzas. Miré a mi alrededor y todo se comenzó a nublar. Me paré y tomé mis cosas. Me retiré de salón sin decir una sola palabra. Abrí la puerta del baño, me senté en el suelo y vomité mi último respiro. 

Tengo vagos recuerdos de cómo llegué a mi casa después de ese momento. Cuando al fin llegué, entré y corrí hacia mi mamá. La abracé porque pensé que serían las últimas horas de vida que me quedaban. Lloré y cerré mis ojos.

Recuperarme fue la época más difícil. Cambié las aulas de mi universidad por consultorios de clínica. Cambié a mis profesores por psicólogos y psiquiatras. Cambié mi perspectiva de mirar al mundo y cambié la manera de mirarme a mí misma. Me tomó dos años salir de este túnel sin salida. No solo era mi cuerpo el que se había transformado, también lo hizo mi mente. Dos años intentando recuperarme. Dos años creyendo en mí misma. Dos años desde que aprendo, cada día, a aceptarme tal y como soy.

Cerré ese capítulo con punto final. Corté mi relación con la bulimia y decidí no mirar atrás.”

Esta pequeña historia que escribí está basada en hechos reales. La protagonista es una de mis mejores amigas del colegio. No me enteré de lo que pasaba hasta hace dos años, cuando se encontraba en su última etapa de recuperación. Sentí una gran impotencia al no poder haberla ayudado en su momento. ¿Cómo iba a saberlo? ¿Cómo iba a contármelo?

La bulimia se asocia a la idea de no querer engordar, aunque la persona “no se sienta ni se vea gorda”. Esta enfermedad se ha incrementado mucho, tal vez porque la publicidad y la moda establecen como “aceptables” a las personas delgadas.

Cada año mueren en el mundo 10 mil niñas y adolescentes de anorexia y bulimia. Estos trastornos alimenticios se clasifican en tercer lugar cómo los más frecuentes entre las adolescentes después del asma y la obesidad. La edad promedio en la que inician los trastornos es a los 17 años.

La bulimia es como un agujero negro del cual es casi imposible salir. Sin embargo, siempre hay una pequeña luz a final del túnel. La bulimia no es querer llamar la atención ni un capricho de adolescentes. La bulimia es un trastorno alimenticio y psicológico que puede acabar con tu propia vida. Recuerda: la vida no se mide en centímetros, vales mucho más que solo un simple número.