Desde que llegué a las salas de la universidad, en las legendarias épocas del 2017, cuando manifestaba mi interés hacia la filosofía, siempre me recomendaban Merlí, una serie que se centraba en un profesor de filosofía en una universidad y sus alumnos, quien exploraba distintos temas de la filosofía a través de los episodios. Sinceramente, no recuerdo mi primer acercamiento a la filosofía. Personalmente creo que me llegó cuando me quería morir. Supongo que cuando sientes múltiples golpes sobre ti que llegan a superar el instante y siguen doliendo igual de fuerte, y es como si estuvieras por encima de todo, como si ya nada te sostuviera sobre el piso, llega la filosofía a retrasar tu fin y te lleva a preguntarte sobre por qué terminaste así, por qué el mundo es así, o por qué no puede ser todo bonito. Y de cierto modo, la filosofía me supo plantar los pies sobre la tierra para luego poder volar libre y no solo sentir que flotaba sobre la vida cada día que pasaba. Pero estos son momentos, son cosas personales que no tienen que ver con la real filosofía de la que se habla en colegios y universidades. Tiempo después, me interesé por el pensar de otras personas y comencé a leer a lo que mi papá decía que eran filósofos de la historia. Así, comencé con obras que no entendí ni un poco hasta el año pasado -aunque seguro que ahora tampoco lo hago, pero al menos soy consciente de ello-. Platón, Kant, Nietzsche, mucho Sartre y un poco de Aristóteles marcaron mi adolescencia temprana de una pseudo profundidad que años más tarde se convertiría en un chiste interno conmigo misma.  Al final, después de idas y muchas vueltas, me decidí por estudiar Filosofía, y, con ello,  comenzaron las recomendaciones de Merlí por parte de cada persona que se enterada de mi decisión.

Sin embargo, he de ser honesta, nunca conecté con la serie. No creo que sea mala, en realidad, podría hasta recomendarla si es que alguien quiere acercarse curiosamente por la filosofía -y es que esta causa, naturalmente, mucha curiosidad según el mismo Aristóteles-. Pero de nuevo, mi acercamiento con esta palabra que hasta ahora no sé explicar y dudo mucho si lo sabré algún día, se dio no tanto por alguna clase, o por algún libro en específico, sino por ciertas actitudes que la vida me hizo tomar, o creo que yo tomé: ¿Cómo diferencio eso? ¿Debería? ¡Ayuda, filosofía!

Veo a gran parte de mis compañerxs conversar seriamente sobre qué es la virtud y cómo se puede obtener, cuál es su relación con la filosofía, qué es el ser. Los escucho citar de memoria en una conversación casual páginas enteras de libros sumamente difíciles que leyeron en vacaciones por puro gusto o recomendarse ponencias y cursos virtuales. Y yo pienso ¿en qué coinciden conmigo? Me siento una estudiante de otra carrera. Para mí, tomar la decisión de estudiar filosofía estuvo lejos de ser la más práctica, sensata o segura de mi vida. Mis padres deseando otra idea de mí, yo deseando otra idea de mí que nadie más conocía y pensando que estudiar filosofía me abriría las puertas a recuperar el camino que en mi temprana adolescencia perdí. Y uno, o yo, se pone a pensar, ¿qué tiene que ver la carrera con eso? ¿No estabas ocultando una falta de personalidad en elegir una carrera con la esperanza de que te diera una finalmente? ¿Y si es solo un capricho? Pues sí, siento que es de los más grandes caprichos que he tenido. Sentí, por mucho tiempo, que tomé la decisión más cobarde aunque los demás pensaban que no lo era. Hasta que me me di cuenta que la carrera de filosofía nada de original le da a uno, pero que uno le puede dar lo suyo y aapropiars de su camino por la facultad. 

Me gusta, sin duda, la intención de la serie: el hacernos ver que los cursos de filosofía o la gente que dedica quiere dedicar su vida a ello, o no puede evitar dedicar su vida a ello no solo están un poco mal de la cabeza, sino que en realidad tienen algo que decir y cómo esto influencia en la vida tanto de los profesores como de los alumnos. La filosofía dice ser universal y atemporal, pero sin duda llega en algún momento de nuestras vidas, ya sea a través de clases o ganas de formar tu identidad. Con lo que no me siento cómoda, en realidad, es con ver a la filosofía solo como eso, como una herramienta que puede ser utilizada para hacernos ver de otro modo el mundo y para reforzar nuestro juicio crítico, para escribir artículos que solo se leen entre colegas y no salen más allá de estas aulas. Siendo sincera, la filosofía no solo es amiga, también puede paralizarte, dañarte, odiar todo e incluso tornar a uno  en todo lo que odia. A veces solo quieres estar en automático pero ahí están las mil y un preguntas que no dejan de salir en tu conciencia y que simplemente te hacen ser nadie, pero sin poder escapar de eso. A donde corras, en donde te refugies, ya sea en alguien más, en otra serie, en hobbies, en cosas series como una carrera, la filosofía te ataca personalmente y te sientes de nuevo en pausa, para luego sentir que te recuperas a ti misma. 

Y sí, seguramente parte de mi sesgo es la poca gracia que me hace la vida académica también. Si algo me ha enseñado estos tres años de carrera es que odio la superioridad moral de dedicarse a la filosofía académicamente. Ni un ni mil papers de investigaciones académica van a cambiar el mundo. Tampoco es que, como creí por un segundo a mis 16 años, estudiar filosofía te haga virtuoso. No me importa si alguien más lo pensó hace dos mil años, pero lo cierto es que leer mil y un libros sobre las virtudes humana no te hará tenerlas. A veces siento, incluso, que estudiar ‘’lo que me gusta’’ hace que toda crítica hacia mis ensayos en los cursos son ataques personales hacia mí, o tal vez es mi error tomármelo muy personal.

No lo dudo realmente, pero tal vez es que el el problema soy yo y no entendí de qué iba la carrera antes de meterme y ahora mismo no sé a dónde iría a parar si no fuese aquí. En fin, ahora mi personalidad ya no gira en torno a hablar por horas de libros de filosofía y nada más y solo me río de quienes lo hacen en la adultez temprana. Pero eso es lo genial de la filosofía, que incluso arremete puede arremeter contra sí misma solo porque sí, porque da gracia ser un snob después de los 20 años. En fin, el resumen de esto es que Merlí es una buena serie, sin duda, una serie que hasta podría ayudarte a pasar el curso si la filosofía se parece un montón de viejos blancos hablando tonterías -que seguro para mí también lo es muchas veces-, pero no es solo eso para mí, alguien que tal vez no entendió nada de filosofía pero he aquí estudiándola como si fuese una carrera. Sin embargo, algo inocente tal vez, espero causar en futuros chicos y chicas perdidas por la vida lo que Merlí causó en sus estudiantes y hacerles ver que la filosofía te puede hacer reír de tus tragedias y llorar por tu tranquilidad.