Sentado en el borde de la cama con la cabeza gacha y las manos frías sobre las rodillas, hizo un intento por recordar lo que había sucedió la noche anterior. Nada era claro. Lo único que pudo sostener fue la imagen de una puerta larga y blanca abriéndose para evidenciar un grupo de siluetas que lo saludaban mientras sorbían despacio de sus respectivas copas un líquido atractivo y espumeante.

Un hilo de aire frío acarició su espalda. Había llegado cansadísimo hace 15 minutos, y cansadísimo entendía porque al cerrar los ojos no podía conciliar sueño. Se levantó para ir al baño, orinó y luego mojó su rostro. Caminó de regreso a la cama. Se quito la camisa mojada y la puso sobre un pequeño velador.

Tomar, salir y verse con conocidos. Las cosas no marchaban nada mal, era de esperarse un poco de celebración al respecto. Hace unos días había sido elogiado por el número de ventas alcanzadas en un proyecto que iba trabajando arduamente por 6 meses; eso lo hacía sentir realmente satisfecho con su labor. Era, dentro de todo, un hombre realizado.

Recostó despacio su cabeza en la almohada y cerró los ojos. Una pequeña luz parpadeó en la oscuridad del cuarto. Era un nuevo mensaje en el móvil. Antes de abrir el archivo, aprovechó para mirar la hora: cinco y cuarenta, anunciaba.

Tenía que hacer algo importante. Con el trago y las risas lo había olvidado, pero al ver la imagen del archivo pudo recordarlo. Había pasado quince años estudiando fenómenos paranormales. Fantasmas, espíritus terrenales, objetos malditos y gastados decoraban el título de las etiquetas de una serie de archivos dispuestos en la mesa donde aún reposaba su camisa.

La lógica había sido su principal herramienta para analizar los distintos sucesos que se le presentaban, y luego de tantos años en el campo podía afirmar que su estudio era lo que motivaba el pasar de sus días.

Últimamente le intrigaba una foto que había llegado con una única dirección, ningún referente ni número telefónico. Solo una imagen y unas cuantas letras.

En la foto, un hombre de tez morena, pelo negro alborotado y bastante largo perfilaban a alguien de unos 25 años tomándose un auto retrato en un espejo. Tenía un rostro alargado y una mirada tranquila como si no soliese alterarse a menudo. Lo que más resaltaba y ponía los vellos punta de aquél rostro era su mirada. Ojos negros, del tono más oscuro imaginable. Su negrura dejaría frío a cualquiera, pero al mismo tiempo invitaba a apreciarlo. No quería seguir viendo aquél rostro, pero cuando alejaba la mirada algo lo invitaba a regresar. Era definitivo, no podía apartar la vista de él.

La dirección que venía con la foto era del hotel donde se estaba hospedado.

Tomo aire. Pudo recordar un poco más de la noche anterior y de su charla con el dueño del hotel.

Los ojos apacibles del dueño del hotel se habían posado sobre él, que se encontraba mareado y con ganas indescriptibles de descansar.

-Una habitación, por favor.- jadeó mientras hablaba.

-Señor, debo advertirle, la única habitación que tenemos disponible no suele ser tomada. Ha habido muchas muertes sin resolver, la mayoría de ellos fueron jóvenes en búsqueda de experiencias “paranormales”, como ellos les llamen. Yo no comprendo esas cosas.

¿Usted sí?– replicó el dueño del hotel.

En ese momento le era difícil procesar lo que el viejo le decía, ni siquiera pudo seguir el hilo de la conversación que empezaba a entablarse. Mirándolo fijamente volvió a repetir la misma frase y con una necesidad enorme de reposar la cabeza, insistió:

-Una habitación, por favor.

– Hay un hotel a la vuelta que podría funcionarle, señor estoy hablando en serio.

-Por favor señor, pagaré lo que sea, eso no es problema- sacando una chequera vacía.

-Ahora si nos entendemos, esta es su llave y su habitación es la 206, disfrute su estadía.

Tomó la llave y buscó con la mirada las escaleras que lo dirigirían al segundo piso. Las subió apresurado; al llegar pudo ver a lo lejos la habitación que buscaba.

La puerta que se encontraba frente a él era distinta a las otras habitaciones que había visto. Parecía la puerta de una casa antigua, pero, estando lo suficiente ebrio y cansado como estaba, no se hizo lío en tomar la llave e introducirla en el cerrojo. Pasó el umbral de la puerta y se desplomó sobre la cama. Eso era todo lo que podía recordar hasta el momento.

Volvió a revisar la imagen que le habían enviado. El joven se había tomado la foto frente al espejo evidenciando un marco de metal plateado. Ese marco se me hace familiar-pensó en voz alta. Y entonces pudo recordarlo: ese marco era exactamente igual al del espejo en el cual se había visto reflejado al lavarse la cara hace unos minutos.

¡Mierda!, exclamó asustado.

Un escalofrío recorrió su espalda, corrió hacia la silla donde se encontraba su maletín y su ordenador portátil. Este hecho merecía ser detallado dentro de uno de sus diarios. Empezó a redactar el suceso y al segundo párrafo le entraron unas ganas incontenibles de orinar. Se dirigió al baño.

No pudo traspasar la puerta sin lanzar una mirada desconfiada al espejo, se sentía vigilado, como si fuese una ventana abierta a la calle. Por un momento no hizo nada, como si aquellos ojos de más oscuros que el azabache le estuviesen mirando desde el cristal.

Regresó a la cama para continuar con la historia. Los nervios habían acabado con la resaca. Siguió escribiendo, pero no estaba cómodo.

Él no era un hombre que se asustase fácilmente, había dormido en un hospital abandonado, tendiendo un saco en el mismo pasillo por el que paseaba una enfermera espectral con una jeringa en sus manos, y no le había pasado nada. Había desayunado sobre la lápida del que salían fantasmas a menudo, no podía tener miedo.

Decido de acabar con esto avanzó hacia el baño. Abrió la puerta y apuntó con el móvil hacia el espejo. Se vio a sí mismo en la pantalla, con cara de imbécil fatigado.

La pantalla luminosa de la cámara le devolvía la mirada del muchacho de ojos oscuros y pelo negro ensortijado, pero esta vez le sonreía divertido. Él se quedó quieto mirando su reflejo en el espejo, sintiendo que los ojos negros seguían clavados en él, y dio media vuelta.

Ahora todo tenía sentido. Pudo comprender por qué el viejo dueño del hotel le había advertido que no se hospedara en esa habitación, pero su insistencia y su incentivo monetario lo habían llevado a la pesadilla en la que estaba y de la cual no podía despertar.

Ahora un par de ojos negros lo observaban desde la cama. Eran los ojos azabaches del muchacho de la fotografía. Sentado sobre el borde de la cama posaba sus manos en ambas rodillas sin dejar de fulminarlo con la mirada. Envuelto en una capa negra, aquel joven ya no solo lo miraba sino que ahora parecía vigilar cada uno de sus movimientos, como si estuviera listo para atacar.

El hombre se quedó helado. No podía creer lo que veía. Años de años en búsqueda de respuestas, de indicios, de imágenes y hoy, la tenía frente a frente. Sus extremidades temblaban. Era incapaz de moverse. Era la primera vez que algo de esta índole lo aterraba a muerte.

Ante sus ojos el rostro del muchacho se empezaba a caer en pedazos. La piel yacía en el suelo cual festín de carnicería. Era desagradable hasta el punto de dar náuseas a aquel hombre que hace unos minutos era el más valiente y experto en asuntos del más allá.

Con el corazón en la boca el hombre pudo ver como el rostro del joven se convertía en solo huesos, pálidos y blancos huesos. Era un cráneo completo, el que ahora lo miraba fijamente. Todo su cuerpo vestía ahora un traje de esqueleto.

El hombre bajo la cabeza y posó su mirada pálida sobre el blanquecino hueso de su mano derecha. Siguió con la mirada esta huesuda mano y que con un movimiento lento se aproximó al suelo y saco de los pies delanteros de la cama donde se encontraba una larga y filuda guadaña.

-¿Ahora me reconoces? Somos viejos compañeros ¿Cierto?- dijo el alargado y calcinado rostro.

No tardó en usar esa inesperada arma contra el parasicólogo. El impacto fue frío, sólido y rápido. Su pecho dejaba ver un tajo que sangrada sin parar de lado a lado. No hubo gritos ni jadeos, todo era silencio absoluto. La puerta del ventana de la habitación dejaba entra un aire helado que congelaría hasta el corazón más avezado.

La sangre que se dispersaba lentamente por el filo de la cuchilla, había manchado el piso alfombrado dibuja unas manchas nada particulares. Parecían letras que unidas formaban una palabra. “Permanecerás” se leía.

Algo penetraba su nuca. En un intento por voltear presenció algo que escapa de cualquier sentido.

Esta vez no había explicación para lo que veía. Se vio de pie con una guadaña hundida en el corazón más a su vez se veía a sí mismo en el suelo, sujetándose el pecho con expresión de terror en el rostro.

Quiso pedir ayuda, pero la falta de respiración no le dio la oportunidad de dar a conocer su estado. Quiso escapar, correr, huir despavorido hacía los alrededores del hotel como si nada lo hubiera herido.

No solo eran aquel ser y él ahora. La habitación estaba rodeada de rostros. Había más personas allí, muchos de ellos jóvenes, una que otra pareja de esposos y una niña de vestido blanco. Todos ellos lo miraban desde la cama, o sentados en algún rincón, observándolo fijamente.

-No debiste tomar esa foto –susurró la parca retirando de un tirón la filuda guadaña de su pecho.

Los trozos de carne que yacían en la alfombra regresaron a la muerte para volver a darle forma a su rostro, al rostro con el cuál seducía sus víctimas.

-Ahora permanecerás aquí con nosotros, para siempre- dijeron las voces en el silencio.

 

Cuento en colaboración con Juan Diego Chancafe Odar