Iba a ser una preciosa niña quien alegraría de aquí en adelante la vida de esta pareja de esposos. Sin embargo, ¿estaría muerta?

Rebeca Martínez era una mujer que se aproximaba a los ochenta años. La vida había sido lo suficientemente cruel con ella como para quitarle todas las hijas que pudiera haber tenido antes del suicidio de su marido. Lo único que le quedaba en esta vida, aunque podría considerarse ínfimo, era una bodega, en donde paraba todo el día sin importar feriados sin importar fechas, sin importar estaciones.

Si algo puedo destacar de esta anciana es su amor al trabajo  y su devoción. Todas las mañanas —muy temprano y sin excepción— acudía a una capilla que se encontraba a unas cuantas cuadras de su casa: la capilla de las Carmelitas, no sin antes haber pasado media hora viéndose en el espejo de su armario, y tratando de quedar lo más bella posible. ¿Bella?, ¿quién, a esta edad, iba a enamorarse de Rebeca? Simple: tenía una cita con el crucifijo de quien, según ella, era el único que podría salvarla. Por eso, un cuarto de hora para que las campanas sonasen, se encontraba en la puerta de aquel templo, aquel viejo templo. Es entonces que decidía entrar, tras haberse persignado, y se daba cuenta de que era la única persona en ese lugar. Unos veinte minutos más tarde, llegaba toda la comitiva del asilo del distrito, un grupo no muy vasto de vegetes que se dormían a mitad de la misa, o que dejaban las hojas de los cancioneros completamente empapadas de saliva —muy mal vistos por el párroco—. Pero, de algo estaba segura: ella daría lo que fuese por ir a vivir con ellos. Estos ancianos, por más ridículos que parezcan, no se encontraban solos; vivían en compañía; tenían si quiera una mucama, quien les dé de comer y los ayude a ir al baño. Ella, sin embargo, no podía darse el lujo. Los únicos compañeros que tenía eran un gato, viejo como ella, y un reloj cucú, también viejo como ella, que la despertaba todos los días a las seis de la mañana.

En lo que quedaba del día, doña Rebeca paraba metida en la pequeña bodega, vendiéndoles productos a amas de casa, madres de familia, personas completamente distintas a ella. Personas que ella nunca llegaría a ser.

Habiendo cerrado la bodega, y siendo las ocho de la noche, Rebeca se dirigía a su casa, algo grande para que solo la habite una sola persona y muñecas, y se desvelaba tejiendo para sus hijas de porcelana, mientras escuchaba el programa de boleros de Rossi, boleros tristes como su vida, que no relataban sino la nostalgia del existir humano, existir que a ella se le estaba terminando. Cuando sus ojos ya no podían más, se echaba a dormir, no sin antes haberse ingerido unas cuantas dosis de Alprazolam.

***

La familia Velarde vivía a unas dos cuadras de la casa de Rebeca Martínez. Roberto Velarde y Angélica Tapia habían tenido, hace unos meses, su primera hija, una linda bebe que representaba todo el mundo para la pareja de casados. Esta les daba, de alguna manera u otra, un sentido más para poder gozar lo efímero de la vida. A Angélica tan solo le bastaba convencer a su marido de que una niñera del hogar no sería una mala idea, y que no habría riesgo alguno. Tras una mañana empeñosa cocinando, y una noche placentera y romántica, no le fue difícil tener la última palabra. Estaba dicho. ¡Se contrataría a una niñera!

La muchacha a la que llamaron no era como las que salen en televisión, pero tenía todo lo necesario como para que a pareja confiase en ella. Se llamaba Vilma. Estudiaba en un instituto, pero en sus ratos libres se dedicaba a cuidar niños, niñas, bebés.

Cuando Vilma era muy pequeña, sufrió un accidente junto a sus padres, quienes se dedicaban al comercio de vino; distribuían las botellas gracias al camión de su padre. Una mañana grisácea, estando muy cerca de la Curva del Diablo, al sur de Lima, lugar en donde la neblina reina y es la principal responsable del paso al más allá, su padre perdió el control del camión y chocaron contra una cisterna. El señor murió al instante. Vilma, por su parte, pudo presenciar la muerte de su madre bajo las llantas del camión, mientras esperaba la ambulancia que nunca llegó. Cualquiera que pasaba por la carretera no habría podido distinguir entre el color de la sangre y el vino derramado en el asfalto.

Luego del accidente, Vilma se mudó a Lima a vivir con sus abuelos. Al transcurrir los años, ella se hizo muy amiga de una anciana  quien siempre fue muy cariñosa con ella. Es más, hoy iría a comprar medio kilo de harina y mantequilla a la pequeña bodega de su amiga: la anciana Rebeca Martínez.

—Señora Rebeca, adivine. Conseguí un trabajo nuevo.

—Ah, ¡Vilmita! Me parece muy asombroso; yo sabía que algún día lo conseguirías. El anuncio en el periódico sirvió, ¿ves?

—Sí, pues. Los Velarde me contrataron para cuidar a su hijita de seis meses.

—¿De seis meses, dices? —la expresión de la anciana cambió totalmente, como si alguna piedra hubiese caído sobre el lago de su angustia, como si el hecho de que otras personas tengan hijos la hiriese—. Qué te parece si hoy te das un salto por mi casa a las siete en punto. Total, es domingo.

—Bueno, veré con qué excusa logro que me deje salir. Ahhh, me estaba olvidando, medio kilo de harina, tres huevos, margarina y un clavo de olor, por favor —agregó Vilma—.

A las siete menos cinco, Vilma se encontraba en la puerta de la casa de la señora Rebeca. Antes de tocar el timbre, lo pensó dos veces. Por una parte, era la primera vez que ella le invitaba a su casa, algo muy extraño. Pero, por otra, Vilma sabía que Rebeca era una anciana que no tardaría en morir, y el hacerse mucho más amiga quizás le aseguraría alguna herencia. Mientras Vilma se encontraba inmersa en la suspicacia del tocar el timbre o no, la puerta de la casa empezó a abrirse. Observó dos pantuflas sobresalientes.

—¿Vas a quedarte allí parada? —le dijo la anciana con una gentil sonrisa—.

—…

—¡Entonces, andando!

Mientras subían por las escaleras al segundo piso, Vilma no podía dejar pasar cualquier detalle de la casa. La anciana, con vehemencia, la hizo cruzar por la sala y la dirigió hacia su cuarto, mientras le contaba la historia de esas cuatro paredes. La sorpresa estaba lista. La anciana abrió el segundo cajón de su armario y sacó un suéter, el cual se lo regaló.

—Vaya, muchas gracias, señora. No tenía idea de que usted tejiese, y muy bien. —por supuesto que la anciana tejía muy bien; toda una vida de práctica lo comprobaba—.

La anciana le dijo que espere, que iba a ir a la cocina para traer dos tacitas de té, y así poder hablar más sobre su nuevo trabajo con los Velarde. Vilma se quedó sola en esa habitación, que cada vez le parecía más grande. Desde el armario, el catre, hasta el reloj cucú de madera. Extrañada por el regalo que le hizo, decidió recorrer todos los rincones del cuarto. Encontró muchos palitos de tejer y demasiada lana. No obstante, lo que más le llamó la atención fue una cuna para bebé, cuna que, por cuyos adornos, seguramente es (o fue) para una niña recién nacida. Dentro de esta, encontró, una al lado de otra, a cuatro muñecas con apariencia de bebé. Las cuatro, iguales. Las cuatro, igual vestidas. Las cuatro, con el mismo suéter que la anciana le acababa de regalar hace unos instantes —unas cuantas tallas más pequeños—. El hecho la llenó de susto, y su intriga se disparó al millón. ¿Doña Rebeca quizás tenga una hija? “Algo me está ocultando esta vieja”, pensó Vilma. Decidió alzar a una de las muñecas en brazos. Le sorprendió que parezcan tan reales, como si fueran niñas de apenas unos cuantos meses. Y de verdad. Los rasgos faciales, el peso, lo cálidas que se encontraban… parecían tan reales.

Mientras Vilma observaba a la pequeña muñeca en sus brazos, Rebeca se encontraba bajo el umbral de la puerta con dos tazas de té encima de un azafate. De un momento a otro, las dejó caer, asustando a Vilma, quien dio un fuerte grito de susto.

—¿Qué hacías con la muñeca?—preguntó Rebeca.

—Yo solo quería…

—No te preocupes, pequeña; sé que no lo hiciste a propósito. Yo era muy curiosa cuando tenía tu edad. Ven, sentémonos a hablar un momento.

Rebeca prosiguió:

—Nunca te lo conté, pero tú sabes que yo perdí a mis cuatro hijas cuando di a luz, y el hecho de que tú me comentaras que la pareja para los que tú trabajas tiene una pequeña hija, me llenó de felicidad por ellos. ¡No saben lo afortunados que son, caray! Si yo pudiera hacer cualquier cosa por tener una hija, lo haría. Todo lo que fuese necesario, pues, Vilmita.

Esta última oración dejó gélido el cuerpo de Vilma, quien tan solo se dedicaba a oír lo que su “amiga” le estaba contando.

—…Así que yo me preguntaba si pudieses, estee, mañana, venir con la pequeña bebe a la que cuidas. Me gustaría poder cargarla en brazos y acariciarla, o al menos observarla por un momento. ¡Vamos!, es lo último que una vieja como yo puede desear.

—Mire, yo… no estoy segura de esto.

—¿Por qué, linda?

—No creo que mis jefes quieran.

La anciana se paró de su asiento, se arrodilló, y se puso a llorar, pidiendo que haga todo lo posible para poder traerla. Sus llantos demostraban un dolor profundo, pero a la vez oscuro, un dolor difícil de sentir por aquellos que no han pasado por todo lo que ella tuvo que pasar. El dolor de haber echado al tacho a cuatro seres, quienes no tuvieron la suerte de poder ver la luz del día.

—Está bien, está bien. Mis jefes estarán trabajando a esa hora y no regresan hasta pasada las nueve de la noche —agregó Vilma, dando el brazo a torcer, y demostrando su debilidad ante un pedido tan descorazonado como el de Rebeca Martínez—.

Entonces la anciana cogió un lapicero y escribió en el brazo de Vilma.

7 PM

NO OLVIDES A LA NIÑA VILMITA

 

Vilma se quedó observando la hoja de papel mientras estaba sentada en el catre que los señores Velarde habían acondicionado para ella. Un cuarto pequeño, una bombilla de luz amarilla que de vez en cuando parpadeaba, y un escritorio que tambaleaba al apoyarse en él. Todo esto bastó para que se quedase dormida pensando en que cualquier lugar era mejor que el orfanato. Tiempos aquellos…

Amaneció; la brisa del mes de mayo cayó en todo su rostro, pero esta sensación fue opacada por los llantos de la bebe, a quien debía cambiar de pañales. Alrededor del mediodía, comenzó una leve garúa que a veces se intensificaba, y otras parecía no estar presente. A las cinco de la tarde, su jefe, el señor Velarde, la llamó para avisarle que ese día tendrían una reunión con unos amigos y que llegarían más tarde de lo habitual. Media hora después de que los esposos se fueron, Vilma alzó a la bebe en brazos, y junto con una bolsa llena de pañales, biberones y otras armas de fuego para bebés, caminó hacia la casa de Rebeca. Al llegar a la puerta, esa puerta que ya no le causaba impresión alguna, notó que esta estaba relativamente abierta. La única diferencia fue que ahora sí lo pensó varios minutos.

—¡Por Dios, qué estoy a punto de hacer! No tengo ni la menor idea de lo que la vieja quiera hacer contigo— le dijo Vilma a la pequeña—. Qué es lo peor que podría pasar. ¿Y si los señores tienen un percance y regresan a la casa temprano?

Pero una voz interior le decía: “Oye, ya empezaste con este embrollo; ahora termínalo y te libras de esta vetusta loca, que alguna vez te pareció un poco menos loca”.

Vilma se armó de todo el valor posible y empujó la puerta. Lo que observó, vivió y sintió a partir de ese instante le fue difícil de asimilar; quizá nunca (en su corta vida) se encontró en una situación como esa. Con la bebe en brazos, subió las escaleras, que esta vez se encontraban limpias; el polvo y la suciedad habían desaparecido de un día a otro. “Qué raro que la señora Rebeca no me haya recibido”, pensó.

Siguió caminando hasta llegar al segundo piso.

—¡Señora Rebeca! Ya llegué —aseveró Vilma—.

Pero no. No respondía. Nadie respondía.

Vilma siguió caminando, y observó que la única luz prendida era la del cuarto de la vieja, aquel cuarto al que había entrado el día de ayer, el cual aún tenía muchas cosas ocultas, según ella. Con el cuerpo temblando y la bebe queriendo llorar, se metió en la habitación, pero se olvidó de cerrar la puerta. Este error tal vez le costaría muy caro. Estaba completamente diferente a la vez anterior. Completamente diferente. Encontró cajas y cajas de pañales, botellas de leche apiladas a un costado, y una prueba de embarazo recién utilizada. Y otra. Y otra. Eran demasiadas pruebas de embarazo, y todas indicaban “Negativo”.

—¡Qué demonios!

Desde la cuna, se escuchaba una canción que, al ritmo de un vals, resultaba espeluznante, y no como para hacer dormir a alguien. Decidió acercarse más. Lo último que vio antes de llegar a la mecedora fueron agujas, agujas de coser, toallas y un hilo grueso, como el que usan en las necropsias. Vilma ya no podía más. Se encontraba sumida en la confusión y el terror total. Al dar el último paso ya no le quedaba más oxígeno en la sangre —ya no le quedaban más fuerzas en el brazo en el cual sostenía a la bebe—. Empezó a sudar, pues la atmósfera que rodeaba el lugar no era para nada fresca.

Y la bebe empezó a llorar.

Suspicacia era lo único que habitaba en la mente de Vilma. Por fin se encontraba en la cuna que andaba meciéndose; esa canción, esa horrible canción para bebés, la muñeca de bebe arropada con el suéter, su cabeza… ¿Dónde demonios está la cabeza?

—¡Mierda,mierda, en qué me metí! —susurró con el ya casi inexistente valor que le quedaba y con las lágrimas brotando desde sus ojos—. ¡La muñeca no tenía cabeza!

Su corazón empezó a latir a mil por hora. Para cerciorarse de que todo esto fuera parte de un sueño, y nada más, exclamó (por última vez) el nombre de la señora:

—¡Señora Reb…!

No pudo terminar de pronunciar el nombre. Algo se lo impedía. Algo le estaba apretando el cuello: una mano venosa, delgada, deforme y con callosidades se aferraba —con fuerza— al cogote. Una sensación filuda y con sabor a metal franqueó lentamente por su laringe, como si alguien le incrustara unas tijeras (esas de las que utilizan para cortar telas).

Los llantos de la bebe se hacían más estridentes.

A Vilma la vista se le iba nublando poco a poco.

Y la canción de cuna, al ritmo de vals, se había detenido.

 

***

Después de cuatro intensos días de búsqueda, la policía irrumpió en la casa de la señora Rebeca Martínez, como una última opción de indagación. Fueron encontrando los indicios de que, tal vez, aquí encontrarían lo que buscaban. Llegaron al cuarto de la vieja; tumbaron la puerta, sin vacilaciones.

Encontraron a una anciana —de ochenta años, aproximadamente— que se mecía en un sillón, mientras cargaba a una muñeca que, a simple vista, parecía tan real.

 

Lima, 30 de setiembre del 2015