Los clichés son detestados por muchos, pero dicen la verdad en una enorme cantidad de ocasiones. Uno de esos grandes clichés que está presente en varios idiomas es la famosa frase que anuncia que “una imagen vale más que mil palabras”. Claro, a lo mejor no todas las imágenes puedan cumplir con esto, pues algunas causarán dos o tres palabras, otras causarán cuarenta o cincuenta y otras, en el mejor de los casos, más que mil palabras. Este carácter de una imagen que tiene un valor superior a cierto número de palabras, como ya vimos, está reflejado en los límites de nuestro lenguaje. Hay cosas que, simplemente, no podemos decir. “No hay palabras para describirlo” es la segunda frase que siempre acompaña el sentido de la primera. No solo tiene esto que ser a causa de que, a veces, nuestros procesos mentales y de pensamiento se compliquen a la hora de describir imágenes, también hay un factor emocional de incomparable fuerza que no se los puedo comprobar con teorías psicológicas, pero sí con experiencias personales, pues, desde ellas, les escribo. Hay imágenes, pues, que cambian el modo de ver las cosas y que afectan las emociones en serios sentidos: son impactantes, son fuertes y, sobre todo, dan pie a la reflexión. Ahora bien, el tema de esta entrada se relaciona solo con una imagen en particular. Y sí se puede decir que es particular. La imagen de la quiero relatarles un poco hoy día es una foto de una lápida de un veterano de la Guerra de Vietnam, Leonard Matlovich. Esta imagen es particular por dos razones: por forma y por contenido. En cuanto a forma, esta imagen que “vale más de mil palabras”, en realidad, tiene dentro un conjunto de palabras que le dan valor a la imagen. Estas palabras, en una lápida, tienen mayor sentido: es un personaje que ya no está. Si nos vamos un poco más lejos, llegaremos a interpretar que la muerte puede ser considerada como eternidad. Entonces, nos daremos cuenta de que su mensaje, el escrito en su lápida, queda para el infinito. En cuestión de forma, entonces, podemos interpretar esto. Para el contenido, por razones de espacio y relevancia, le daré un párrafo entero y, por fines de la entrada, lo relacionaré un poco con la actual situación del reconocimiento de las personas.

Esta imagen que pululaba por el vasto Universo cibernético llegó a mis manos hace algunos meses. La decidí guardar porque sabría que, con su contenido, en cierto momento, la utilizaría para escribir algo. El momento ha llegado. La imagen dice, como pueden ver, lo siguiente: “Cuando estaba en la milicia, me dieron una medalla por matar a dos hombres y un despido por amar a uno”. Es una frase fuerte sin duda. Es fuerte, en primer lugar, por todo lo que puede causar emocionalmente y es fuerte, en segundo lugar, porque es compleja. Vayamos al primer lugar. Todo lo que causa emocionalmente se liga con la fatalidad que presenta. El mundo está en una vorágine fatal en la que lo malo es bueno y lo bueno es malo. Una lápida implica muerte y, en particular si dice “A Gay Vietnam Veteran”, esta muerte implica una guerra. Si sumamos la guerra y la inversión de los valores (amar en oposición a matar/odiar) que siempre hemos creído como “humanidad” o, al menos, como gran parte de ella, podríamos llegar a concluir que esta imagen nos puede hacer reflexionar en una primera dimensión bastante emocional: nos da una incitación algo general y muy motivadora a indignarse y cambiar la situación. Hasta ahí va mi interpretación del primer punto. La imagen es, en segundo lugar, compleja. Lo complejo tiene que ver muchas veces con especificidad. La imagen sí nos da pistas, en esta segunda dimensión, de por qué lado puede ir la solución a la que estamos motivados a llegar: ver la situación de una “minoría”, en este caso, los homosexuales; ver la situación de cómo se presentan las diferencias en un campo tan uniforme como es la milicia; ver cómo la cuestión de amor hacia un hombre es desdeñable, mientras que la cuestión de asesinato de otros dos por guerra es loable. Este es no es un llamado, una imagen así es, sobre todo, un grito en demasía de volumen. Reclama el reconocimiento de un grupo con una muy fuerte ironía que puede chocarle incluso al más conservador.

Esas ironías son las que hacen pensar. Hacen pensar a teóricos sociales, a economistas y también a filósofos, sobre todo los contemporáneos. Tenemos el caso de Axel Honneth. Este filósofo alemán, de la tercera generación de la Escuela de Fráncfort y de la “Teoría Crítica” que se encarga, lo definiré a modo muy básico, de criticar las situaciones sociales del momento bajo marcos temáticos y teóricos de previos filósofos importantes (Hegel o Marx), ha basado su obra, principalmente, en el reconocimiento. Él habla del reconocimiento en diferentes ámbitos de la vida y como algo natural de la historia de la humanidad. La ampliación de libertades y el mayor alcance de derechos en el caso de cualquier grupo que ha sido considerado como una “minoría” puede conseguir, a modo de protestas, a modo de reclamos, a modo de presión social, a modo de huelgas, una ampliación de reconocimiento. No solo es un reconocimiento legal, claro que no, sino es también (y en última instancia), digamos esto porque es relevante, es un reconocimiento de valoración social. En términos de Foucault, lo “desviado” se “normaliza”, pero no en el sentido de una voluntad externa a quien pide los derechos (fábricas, cárceles, etcétera), sino en el sentido de una voluntad interna de quienes quieren esos derechos. Es una estructura dialógica, hay un diálogo entre las razones de quienes piden el reconocimiento y de las fuerzas imperantes que lo pueden materializar. La protesta se puede representar de miles de formas. La forma que hoy estamos viendo es la de una imagen. Es una imagen que, aplicada a un contexto quizá de política internacional, tiene fines claros: conseguir el reconocimiento de series de valores irreconocibles aún. Los valores no están valorados todos igual y la falta de reconocimiento nos lo demuestra. ¿Qué fuente primaria nos lleva directamente a esta falta de reconocimiento? Pues la respuesta es, claro está, una imagen de veterano gay de la Guerra de Vietnam.

Entonces esta imagen con palabras que dice(n) –la imagen habla, las palabras también– más que mil palabras, por cualquier lado que se le vea, es una obra magistral que no solo busca hacernos reflexionar, no solo busca hacernos actuar, sino que también nos dice hacia dónde va el problema y, en ya conocidas oportunidades, el solo hecho de saber cuál es el problema ya ha solucionado la mitad del problema. Falta la otra mitad. Esa mitad es la unión de las tres cosas que busca la imagen a mi interpretación: reflexionar, hacer y derivar todo eso a un problema en específico. Ese problema específico, y con esto termino, es la falta de reconocimiento de aquello que conocemos como “minorías”, por la cual los teóricos críticos tratan de buscar una solución. Una revolución de imágenes, porque hay muchas como esta, podría traernos nuevos derechos y libertades en una búsqueda a niveles macro de una sociedad más igualitaria y de reconocimiento extendido.