¿Qué significa ser parte de la mejor universidad del país? Eso, qué significa. La razón última de serlo. O sea, qué es eso de ser parte de lo que llaman “mejor universidad”. Las respuestas que se urden, entre tanto, van desde un sentimiento de suma pertenencia, algo parecido a “yo soy de la cato, pues”, insuflando el pecho y blandiendo la bandera de la PUCP, desde luego. Otras reacciones van más bien por la mesura, digamos que “haré lo mejor posible para que esto siga así y aprovechar todo lo que me brindan”, nada mal aunque personalista. Finalmente están, por supuesto, los aguafiestas, los que no se la creen, aquellos que ven con recelo felino este honor, la frase sería “en mi realidad, esto no trasciende”. No estamos a favor de nadie, pero ¿qué es el tuerto en el país de los ciegos?

Entre polémicas e intereses encontrados, se aprobó recientemente la nueva Ley Universitaria. Aunque no entrará en vigor hasta ver concretamente el reglamento que le ponga ruedas a todo lo propuesto, será la mano regente, solicitada a gritos, en nuestra alicaída educación superior. Léase: alicaída educación superior.

No escapa a nosotros la penosa situación de la educación superior. Universidades bajo la técnica del fast food, más o menos con la fórmula “paga, espere un ratito, gracias por su preferencia, su título profesional está servido”. La investigación, la proyección social, el aporte al conocimiento universal es marginal o inexistente. Con esto, sin contar la pésima infraestructura educativa de muchas instituciones, las carreras se dan en tiempo récord; tenemos profesores sin bachillerato, además, universidades-empresa, universidades-partido político, universidades-centro comercial, etc.

Consideremos que existe una entidad habilitada para controlar estos atropellos, esta se llamaba Asamblea Nacional de Rectores. Resulta que permitía a muchas centros de estudios superiores de mínima calidad entrar en operaciones (amparados bajo la otrora ley, eso sí). Entonces, tenía la responsabilidad de velar por una educación ejemplar. Sin embargo, el resultado devastador lo conocemos. No obstante, la misma arquitectura de su composición atraía a las moscas de la corrupción, pues cómo era posible que los mismos rectores supervisen a los mismos rectores, es como pedir ser imparcial con la propia imagen en un espejo. Por ello, la nueva ley propugna la formación de una entidad autónoma para llevar a cabo las supervisiones necesarias. En el documento oficial lo bautizaron como Superintendencia Nacional de Educación Superior Universitaria o SUNEDU. Por lo menos en el papel, la elección de los miembros de este ente supervisor sería acertado, contaría con representantes de  la universidad pública y privada, el Concytec,  asimismo de la empresa privada. ¿Alguna injerencia negativa del Estado? Parece nula. De esta forma se desmenuza parte de los subrepticios negocios entre los opositores de la norma. Es lamentable que muchos rectores en desacuerdo movilizaran a los alumnos suyos bajo pena de “jalar” los cursos.

Entre otras cosas, la ley vuelve obligatorio acreditar un idioma extranjero o  el mismo quechua, presentar una investigación (tesis) para el bachillerato y otra para la licenciatura. Requerimientos que nosotros lo sabemos de sobra en la Católica excepto, claro, lo último. Sin embargo, no deja de ser cierto que seguirá coexistiendo en la sociedad peruana estas universidades de bagatela hasta la eventual promulgación del Decreto Supremo dando por reglamentada la ley. La intención es verla florecer lo antes posible, evitar situaciones parecidas a la implementación del aborto terapéutico, el cual llevó noventa años de espera y muchas vidas perdidas antes de practicar lo previsto en el Código Penal vigente.

Frente a esta realidad, es malsano preciarnos del título de los mejores. En todo caso, redunda en alarmarnos. El Perú, el lugar, donde la mayoría se va a desarrollar, resulta ser un espacio endeble académicamente. Nunca podremos ser los mejores si no tenemos competencia plural. Nunca podremos averiguar hasta que límites llega nuestro potencial si entre nosotros tenemos colegas en inferioridad de condiciones. Nunca podremos resaltar como nación si la calidad profesional contrasta con las demandas de los nuevos tiempos. Nunca podremos hablar de excelencia cuando el contexto exuda mediocridad. Amigo o amiga, ¿nos gusta ser el tuerto en el país de los ciegos?

Los indicadores nos posicionan en la cúspide. El resultado, por el contrario, no debe obnubilarnos ni tenernos por mucho tiempo entre algodones, pues nuestra tarea es advertir la problemática desde nuestras trincheras, proponer a la sociedad hundida en el fango maneras sensatas de salir airosos. El resultado será mucho más alentador si conseguimos ciudadanos más capaces, menos manipulables, conscientes en engrandecer nuestro entorno a través del saber, trabajar conjuntamente para alcanzar las metas generales con el espíritu a flote, en un país a flote. Si con ello seguimos primeros, el sabor de boca dejará de ser agridulce.

Lo que tenemos entre manos es el compromiso con el país en las más diversas denominaciones: seas ingeniero, abogado, humanista, artista o arquitecto. El conocimiento ilumina, y no hay nada más precioso que dar la luz a quien no la tiene.