Editado por Fiorella Germán Celi

La sociedad tiene como característica natural el conflicto, ya que somos seres heterogéneos con intereses aún más heterogéneos. Por ello, no debe sorprendernos que nuestra clase política refleje la naturaleza conflictiva de la sociedad peruana. Los hechos del día de ayer son prueba de ello.

Legislativo contra Ejecutivo: una lucha mundana que iría más allá de la moralidad política y se basaría en herramientas banales con la finalidad de derrotar al adversario y ostentar el poder.  La situación que atravesamos no debe ser una novedad para los peruanos, pues forma parte de una novela con capítulos repetitivos que ya todos conocemos.

En la política peruana, el funcionario no muestra interés en agrupar las demandas de un grupo social. El político en nuestras tierras basa sus acciones en aprovechar al máximo las oportunidades del cargo para satisfacer el interés propio y para saciar los intereses de su partido, vehículo que le permitió llegar al poder.

Otto von Bismarck y Edgar Alarcón

En la guerra y en la política vale todo. O tal vez la política es una guerra donde toda arma que otorgue ventajas debe ser usada. Otto von Bismarck, padre de la unificación alemana, empleó dicho método y filtró a la prensa el conocido Telegrama de Ems para desairar a Francia, iniciar una guerra y conseguir finalmente la unificación alemana.

Alarcón es el Bismark del Perú. Filtró unos audios del presidente e inició una guerra. Sin embargo, Bismark, lejos de toda concepción moral, buscó defender los intereses de su patria. Edgar Alarcón, por su lado, no buscaba unificar al Perú ni defender los intereses nacionales, sino defender sus intereses propios y, además, tentar al protagonista en una sucia batalla.

“No voy a renunciar”

En el mensaje a la nación, Martín Vizcarra declaró que no renunciará a su cargo y que esperará la posible vacancia con la frente en alto. Su mensaje versó más sobre ataques a Alarcón. Los argumentos de defensa no incluían disculpas sinceras ni abordaban los problemas de fondo. El presidente cayó en la trampa argumentativa de emplear el ataque como defensa.

La poca credibilidad del jefe de Estado se dilata debido a audios que presuntamente demuestran que la banda presidencial puede ser reducida al mínimo de respeto. Como escribió Hildebrandt en su columna de hoy: “usted es una decepción”. A la situación de desamparo se suman los constantes cuestionamientos sobre la inadecuada gestión de la pandemia; excusas precisas para que el Congreso, con antorchas y garrotes, busque su dimisión.

Solo un verdadero estadista puede gobernar en tiempos de crisis, pues tiene el temple y la capacidad de hacerlo. Vizcarra nos ha demostrado lo alejado que está de ser un estadista.

La sociedad peruana está perdida: sus representantes, enredados en disputas que carecen de valor, han olvidado a los ciudadanos, tal como unos padres que discuten constantemente e ignoran el daño que generan al hijo.

A la crisis económica desencadenada tras la pandemia, se le suma, nuevamente, una crisis política que agudiza los problemas en este complejo país llamado Perú.