Héctor es taxista. En una fría mañana, se encuentra manejando por las calles de Miraflores. De copiloto lo acompaña Rafael Quesada, quien con un elegante traje tiene como destino el hotel Marriott con vista al mar. En aquel lugar se reunirá para brindar con un grupo de empresarios y funcionarios públicos por el inicio de un megaproyecto minero. Su rostro muestra una sonrisa pronunciada. Antes de bajar, comenta: “La minería trae plata para todos” y se despide. El rostro de Héctor es tan frío como la mañana y no demuestra tanto optimismo, pues tiene que seguir trabajando hasta altas horas de la noche. Antes de partir, se pregunta en qué momento le llegará el dinero que menciona Rafael.

El arquetipo del peruano está caracterizado por una sonrisa en el rostro; sin embargo, constantemente surge la pregunta: ¿realmente somos felices? Aquella conjetura puede abordarse desde distintas disciplinas. Desde la filosofía hasta la literatura, la sociedad ha tratado de explicar la cuestión de la felicidad. Algunos resultados económicos del Perú pueden acercarnos a analizar las razones detrás del problema.

¿Son felices los peruanos? ¿A qué se debe nuestra falta de felicidad? ¿Tiene la economía alguna relación con nuestros niveles de felicidad? Sin exagerar de pesimistas, y simplemente realizando una tarea intelectual, estas interrogantes serán abordadas en los siguientes párrafos.

Entre el 2002 y 2013, la economía peruana creció a pasos agigantados: el ingreso medio se elevó, la pobreza se redujo y tuvimos el privilegio de ser denominados como “el tigre de Latinoamérica”. En nuestro país se vivía un ambiente de optimismo. Aquella bonanza económica nos otorgaba la primera oportunidad del siglo XXI para consolidarnos como nación.

Los resultados indicaban que la felicidad —tomada como el nivel de satisfacción sobre la calidad de vida— se encontraba asegurada, más la realidad era otra. Un gran porcentaje de peruanos se encontraba insatisfecho con su condición de vida a pesar de que sus ingresos hayan aumentado. Esta situación es lo que Alfredo Torres denominó en un artículo de 2008 como la “paradoja del crecimiento infeliz”[1].

Héctor, nuestro personaje del párrafo inicial, es un ejemplo de esta paradoja, pues forma parte de la comunidad de individuos que saben sobre las mejoras económicas pero que, sin embargo, no se encuentran totalmente satisfechos con los resultados del modelo vigente. Es por ello que Torres inicia el artículo citando —de manera oportuna— al filósofo y economista John Stuart Mill: “Los hombres no desean ser más ricos, sino más ricos que los demás”.

¿A qué se debe? La respuesta puede ser evidente: la desigualdad. El modelo neoliberal nos permitió crecer y mejorar nuestra condición si la comparamos con la debacle económica de las últimas décadas del siglo pasado. No obstante, el incremento de nuestros índices de desigualdad entre ciudadanos fue el precio que se necesitaba pagar. Como resaltaba el politólogo Alberto Vergara: “El neoliberalismo no nos prometió un país más igualitario, tampoco uno más democrático; ni prometió uno más justo, tampoco una comunidad de ciudadanos fortalecidos”[2]. Ya que su promesa se vinculaba con el progreso económico de la nación y, al parecer, cumplió.

La desigualdad genera que ciudadanos como Héctor tengan la perspectiva sobre la existencia de un grupo social —miembros de los niveles socioeconómicos A y B como Rafael— con ingresos superiores y mayor bienestar. A ello se suma la mejor calidad de vida y el acceso a más oportunidades. De esta manera, se genera el descontento de individuos como Héctor, pues concluye que no todos se han beneficiado ampliamente y de igual manera del modelo económico. Un informe del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) concluyó que las personas, al compararse con otras sobre la mejora de su situación económica, se encuentran menos satisfechos con aspectos materiales de su vida[3].

La situación tratada se evidencia al medir los niveles de felicidad entre peruanos. De acuerdo a un análisis realizado por el centro Arellano de Consultoría e Investigación de Mercados, los grupos socioeconómicos A y B son mucho más felices que personas del nivel C, D y E.

Entonces, mientras se mantenga el statu quo y el Estado no se enfoque en resolver los altos índices de desigualdad, Héctor seguirá trabajando hasta altas horas de la noche y Rafael continuará asistiendo al hotel Marriott para celebrar con un brindis por el progreso económico del país.


[1] Torres 2008

[2] Vergara 2013

[3] Ganoza y Stiglich 2015