A finales de enero del presente año, diversos analistas políticos avizoraban que la aprobación presidencial aumentaría luego de que se hiciese pública la sentencia final de la Corte de La Haya. A grandes rasgos, resultaba factible pensar que Perú ganaría algo a partir del litigio con Chile; por lo cual, la opinión pública y la población premiaría al oficialismo con algunos puntos de aprobación, dado que Humala había seguido una política de continuismo y profesionalismo en tal materia.  A juzgar por los resultados, al parecer, no erraron en su pronóstico. Es decir, de acuerdo a varias encuestas de opinión, la aprobación del gobierno y del presidente subió no de manera despreciable (por ejemplo, según DATUM, el respaldo a Humala subió a 39%, un aumento de casi ocho puntos porcentuales, alcanzando uno de los niveles más altos desde hace unos meses). No obstante, el intento de reconciliación no prosperó. Luego de casi cuarenta días, y con un Humala que ostenta el índice más bajo de popularidad de su gestión (24%, según la misma encuestadora), creo que podemos hablar de una oportunidad perdida para enmendar una relación deteriorada con la población.

Una serie de errores por parte del oficialismo ha logrado pulverizar los puntos ganados en el inmediato post-sentencia de la Corte. “Lo que rápido viene, rápido se va”, dirían algunos. Pero vaya que Humala también ayudó para que la baja se concretase. Con casi tres años en el poder, Ollanta Humala aún sigue manteniendo la imagen de gobernante anodino y carente de algún atisbo de carácter o rumbo. Su apodo de “Cosito” cada vez se asienta más en el imaginario colectivo. El gobernante que alguna vez prometió durante campaña imponer “mano dura” para “acabar con la corrupción y la delincuencia”, parece no mandar ni en su propia habitación. El gobernante que alguna vez juró y re-juró que la inclusión social empezaría “desde abajo” una vez sea elegido, no dudó en respaldar que se duplique el sueldo de los ministros, so pretexto de “evitar una fuga de talentos; mientras que diversos sectores perciben la tan mentada “inclusión” a partir de miserables bonos. Como dudarlo: ¿acaso no se dan cuenta de que la recientemente nombrada ministra de la Mujer y Poblaciones Vulnerables, Carmen Omonte, forma parte de esa selecta  tecnocracia educada en las mejores universidades del mundo? Oigan, ¿cómo se  atreven a dudar de que la tecnócrata y talentosa Ana Jara pueda ganar más de 30 000 soles en alguna empresa privada de este país? (nótese el sarcasmo y la risa sardónica al momento de escribir las presentes líneas). Luego de presenciar públicamente cómo su ministro de Economía y su esposa jugaban “en pared” para mandar nuevamente a la selva a su otrora primer ministro, mientras que el opáco Humala pasaba desapercibido ante tal exhibición de angurria de poder, ya queda claro que nuestro actual presidente preside poco o nada en este gobierno. Por ello, no debería sorprender la baja aceptación que ostenta.

Mientras, en la orilla de al frente, el mandatario del país supuestamente perdedor del litigio internacional, léase Sebastián Piñera, observa cómo su aprobación ha subido sostenidamente, pese al fallo final de la Corte de La Haya(luego de seis meses de continuo crecimiento, su promedio ronda casi el 50%, es decir, uno de los índices más altos de su impopular gobierno).  Con más muñeca política y con una dosis de populismo, Piñera manejó de manera astuta una situación adversa. A partir del uso político del famoso “triángulo terrestre”, Piñera no finaliza su gestión como el presidente capitulador ante el redentismo peruano. Se puede argumentar que el “tema Perú” no posee la misma relevancia en Chile, como el “tema Chile” en el Perú. Se puede sostener que el oficialismo chileno tienes más obras que mostrar al final de su gestión. Se puede decir que la subida venía desde hace medio año. Pero no pocos negarán lo torpe que resultó ser Humala para perder una oportunidad en un contexto favorable.