Redacción: Lucas Cornejo Pásara

Edición: Miguel Prado

No creo una casualidad el éxito que ha tenido La casa de papel entre los usuarios de Netflix. Se ha vuelto la serie de habla no-inglesa más vista en la plataforma online y, sin duda, de las más esperadas. Su nueva temporada, a mi criterio, ha sido un nuevo triunfo de nuestros excéntricos atracadores. Me ha atrapado durante toda una noche en la emocionante angustia que supone el sofisticado plan de El Profesor y compañía para atracar el Banco de España.

He escuchado reiteradas veces la absurda crítica a la serie española en base a que “eso es imposible” o “eso no pasaría en la vida real”. Digo absurda porque, desde luego, no tendría el éxito que tiene si fuese “real”. Nadie espera que un grupo de antihéroes disfrazados con monos rojos y máscaras de Dalí atraquen instituciones del tamaño del Banco de España o La Fábrica Nacional de Moneda y Timbre y salgan victoriosos y con un público de fans. No creo que la serie busque eso. La serie más bien se ocupa de construir una estructura verosímil – diferente a lo “real” – que nos muestre cómo es posible un plan perfecto que dentro de su propia lógica funcione y no se contradiga.

¿No es acaso esto lo que ha hecho la ficción a lo largo de la tradición? Desde luego que sí. No me imagino que Homero se cuestione si es real o no que un humano como Ulises sea capaz de enfrentarse a los monstruos y tentaciones que se le presentan a lo largo de diez años, y salir con vida y fuerzas para llegar a Ítaca y acabar con una gran cantidad de guerreros casi sin ayuda. No, nadie va a desprestigiar el valor de la Odisea por un “eso no pasaría en la vida real”. Tampoco valoramos al Quijote por que sea posible en el mundo real que una persona mayor se disfrace de caballero y se vaya en busca de aventuras y que sobreviva tantas veces a tantos problemas. No, tampoco eso es real o posible, pero aun así lo valoraron y lo valoramos. Nadie cree que sea posible dar la vuelta al mundo en 80 días como lo hicieron Fogg y Passepartout o que existe tal monstruo como Moby Dick, o que es posible viajar al centro de la tierra, o que un agente como James Bond nunca muera y sea guapísimo, sofisticado, fuerte e inteligente, o que una mañana te levantes siendo un escarabajo sin ninguna explicación, o que la vida sea tan bella como en las películas de la Nouvelle Vague.

El lugar de la ficción jamás ha sido buscar mostrar situaciones del mundo real tal y como ocurren. Esto sería absurdo y aburrido, puesto que en el mundo real las cosas no son perfectas, no funcionan, no siempre siguen a la lógica. Los humanos y la realidad responden a otras muchas cosas que son, por naturaleza, ilógicas. Es impensable que ante una situación de riesgo vamos a optar en ese instante en la solución perfecta o la más racional. Normalmente nos equivocamos y con suerte acertamos sin que sea la mejor decisión posible. Las ficciones permiten la distancia con el instante en el que suceden las cosas, permiten la construcción imaginaria, y esto hace que todo pueda funcionar perfectamente como una máquina en la que cada hecho conecta con otro y nos lleva a un fin. Así, nos dejan disfrutar de esas situaciones perfectas que jamás creeríamos posibles en la vida real, pero que dentro de la realidad de la obra tienen lógica. Las ficciones nos permiten salirnos del sinsentido que es nuestra realidad para llevarnos a mundos donde las cosas responden a un sentido. Esto sucede con La casa de papel; una serie que cuenta con una gran estructura narrativa que nos atrapa por un preciso tejido lógico y verosímil. El Profesor tiene la capacidad de hacer lo que ni el mejor atracador del mundo real podría… justamente, porque es un personaje ficticio.

No pretendo comparar a la exitosa serie española con las obras que he mencionado anteriormente, pero creo que estos clásicos de nuestra cultura nos demuestran que una ficción no es buena o mala en función a si es posible en nuestro mundo real o no. La casa de papel tiene un manejo prolijo en su técnica narrativa. El dato escondido, lo que nos deciden mostrar y lo que nos ocultan para luego mostrarlo en el momento indicado, hace que nos emocionemos, sorprendamos y angustiemos durante cada capítulo. La serie sabe exactamente cuándo cortar algo y cuándo mostrar algo. Los capítulos tienen un juego magistral del punto de vista de los distintos narradores y un muy cuidado cambio de tiempos y espacios. No es un solo atraco y no es una sola historia, sino que son muchísimas que se conectan y que todas dan sentido a lo que ocurre en los atracos y lo que determina si funcionan o no. Por ello, y por esa magnifica técnica narrativa, nos cautiva la serie y hace que siempre queramos ver más. La estructura y la forma acompañan perfectamente al sentido que busca la trama y nos transmite diversas emociones a través de esta minuciosa y sólida arquitectura. Creo que esto es lo que la hace una gran serie y creo que casi sin excepciones, son estos los valores que determinan que una ficción sea buena o no.

Desde luego, no creo que sea una serie especialmente profunda o erudita, pero eso no cambia su sofisticación estructural que juega tan bien con nuestras afecciones. Tampoco tiene por qué serlo. Encuentro en la serie lo que busco en ella: entretenerme y emocionarme. Creo que si algo se le puede juzgar pueden ser ciertos vacíos en los personajes o el no-tan-cuidado guion, pero, en definitiva, el soberbio “eso no pasaría jamás” habría que dejarlo en el olvido. No me sorprende que la serie haya sido recomendada por nuestro premio Nobel de Literatura y por Isabel Preysler en una lista de series recomendadas para la cuarentena compartida por Tamara Falcó (hija de Isabel Preysler) en Instagram.  No olvidemos que el ideal héroe jamás ha sido el hombre real. A una obra de ficción hay que juzgarla bajo la realidad que la misma encierra, no bajo la nuestra.