Emprendedor es el que aprovecha oportunidades; el que sabe ver lo que se va a venir, y decide hacer algo al respecto. Alguien que utiliza los pocos (o muchos) recursos que tiene, de la forma exacta para conseguir el éxito en lo que se propone. Es alguien que se pone metas, y las cumple. Y Cesar Acuña se vende como emprendedor. Pero no lo es. Copiar pasajes enteros no es aprovechar la ocasión ya que nadie se dará cuenta: es cometer un delito. Apropiarse de un libro entero (¡!) luego de que el autor te permita publicar su obra bajo tu editorial, es una bajeza. Cesar Acuña no luchó en el camino para lograr sus metas, buscó la salida fácil para acortar el camino. Y esta era su última carta. Podía no saber leer, escribir o desenvolverse “bien” en público, pero nadie podía objetarle su gran crecimiento personal (y de su billetera, claro) porque él era un emprendedor. Era. Ya no. Hoy Acuña es simplemente una persona que basa su presente y su futuro en las mentiras del pasado. En la universidad tenemos las irregularidades en sus cursos y la aprobación de su tesis, en su maestría (tanto en Colombia como aquí en Lima, se han encontrado partes plagiadas sin vergüenza alguna, y el caso de la Complutense terminó de sepultarlo). Todo esto para poder tener el “aval” de sus títulos para poder fundar un grupo de universidades.

Hay una gran diferencia entre alguien que sube de dos en dos escalones, y alguien que utiliza a las personas como escalones. El primero es un emprendedor; el segundo, un delincuente.