«Hola oscuridad, mi vieja amiga, he venido nuevamente a hablar contigo …». Así inicia una de las canciones más magistrales del dúo estadounidense Simon & Garfunkel. Comenzar la entrada con estas palabras tiene bastante sentido: el mundo actual ha vuelto a acercarse a la –negativa– oscuridad. Esta oscuridad es, a su vez, un conjunto de incertidumbres, malos momentos, crisis humanitarias y económicas, entre otras cosas. No obstante, siguiendo la letra de la canción, es una oscuridad que nosotros, con toda nuestra intención, hemos venido a buscar y con la que queremos hablar. Aunque nuestra oscuridad se basa, en todo lo dicho y más, esta vez me decidiré por hablar de una de sus formas particulares: la de la crisis de los inmigrantes.

Desde hace poco menos de un año, siento total interés por el tema de la crisis de los refugiados que se ha estado dando en Europa en la última década y sobre todo en los últimos cuatro o cinco años (momentos en los que se dio la conocida Primavera Árabe). Millones de refugiados, no solo de Arabia y el Medio Oriente, sino también de la antigua Yugoslavia (Kosovo, Bosnia, Serbia, etcétera) y de muchas otras partes del mundo que hoy se encuentran en estado de alerta y emergencia. Las guerras consumen paulatinamente estos países y lo único que puede hacer la gente es huir a lugares donde tengan una mejor calidad de vida. Alemania es uno de esos lugares y Merkel lo tenía claro; lo que no tenía claro, sin embargo, era cuántas personas iban a entrar a su país. ¿Centenares? No. ¿Millares? Tampoco. Millones de personas han seguido la ruta balcánica para llegar a Alemania y cumplir el deseo de vivir una vida de nueva –y relativa– paz. No obstante, la cantidad de personas que han llegado a Alemania (y no solo ahí, sino a otros países, en menor medida, como Francia, Inglaterra, etcétera) ha tensado notoriamente la situación, pues el número de refugiados es innegablemente enorme y por ello, tanto los refugiados, como los ciudadanos han perdido cierto grado de confianza y de tranquilidad: recordemos los casos en Colonia, en Ankara, Idomeni y en otras partes de diferentes países. Por todos los sucesos, implícitos en cada nombre de cada lugar que he escrito, añadiendo la constante marcha inmigratoria, las muertes en el camino, los cierres de las fronteras; es que esta crisis se llama así y cada vez tiene una intensidad significativa y simbólica más fuerte.

Cabe decir que, de todas maneras, es plausible el hecho de que muchas fundaciones e infinidades de personas quieran apoyar lo ocurrido mediante todos los medios posibles: así como sentimos que nos hemos deshumanizado, también esta intensa coyuntura aparentemente eterna demuestra el lado más humano de una buena cuantía de gente. Así, vale regresar a una de las letras del mismo dúo, Simon & Garfunkel, para darse cuenta de que aunque la oscuridad ataque, siempre habrá una que otra mano que vaya a ayudar a cambiar la situación: «Estaré contigo, oh, cuando la oscuridad llegue y el dolor sea lo único que está a tu alrededor…».

Ahora bien, para concluir, he de mencionar que recurrí a estos pequeños enunciados de estas canciones para apoyarme en demostrar que así como estas dos canciones del mismo conjunto de autores, la crisis humanitaria también tiene ese lado, redundando, humano ávido para el combate contra lo más desagradable e indeseable de la oscuridad, de la guerra, de la inmigración, de la renombrada crisis; en otras palabras, del enemigo que aparece con diferentes nombres pero con el mismo trasfondo. La vida no es una canción; sin embargo, tenemos herramientas para convertirla, cuando queramos, en una. En una buena, claro.