El Perú ha sido construido y sigue siendo construido bajo preceptos filosóficos. Sobre todo, si queremos referirnos a conceptos filosóficos generales como lo son la justicia, la moral, la política, etcétera. Desde varias perspectivas históricas, al Perú se le ha considerado un país al que la independencia le fue concedida. Esto implicaba que, por más que el país no quisiese independizarse de la Corona, su destino, digamos, por el contexto político y social en el que se estaba viviendo internacionalmente, tal independencia le era inminente. En términos filosóficos y, sobre todo, existencialistas, “estábamos condenados a ser libres”. Sartre no lo podría haber dicho mejor. El Perú se ha ido desarrollando con ciertos conflictos políticos, inestabilidades, equilibrios y desequilibrios, problemas éticos de todo tipo, entre otras cosas. De alguna manera, esta libertad que conseguimos no se ha realizado al cien por ciento o de un modo positivo (aparentemente, no ha habido mucha ampliación de libertades sentida hacia hoy).

La cuestión peruana es un tema realmente complejo de entender y mucho más si queremos hablar de identidad, comunidad y todo aquello que aqueja a los países de primer mundo. Perú es un caso bastante especial: muy diverso en todo sentido y optimista siempre en todo lo que, de alguna manera, implique un progreso. Por eso, la libertad es también un tema complejo en nuestro país. ¿Trae consigo el ser peruano, indefectiblemente, libertad? Esa pregunta trataré de responder a continuación.

Perú proclamó su independencia en 1821. A mitad del siglo XIX, Ramón Castilla abolió la esclavitud y el tributo indígena en su forma expresa. Con el pasar de los años, ya avanzado el ciclo, el poder se libró de los militares y les dio lugar a los civiles. Tuvimos democracia, pero también la dejamos de tener y eso ha sido un patrón permanente. Tuvimos paz y, también, conflicto y guerra. El terrorismo, por ejemplo, fue un momento de conflicto en un punto tan alto, que cambió para siempre cómo se entendía la libertad. Mucha gente, en los noventas, prefirió sacrificar sus libertades políticas, sus libertades de acción, para que el Estado se encargara de acabar con aquello por lo que no podía haber libertad. La idea era curiosa: quitar la libertad para recuperar la libertad. Digamos que nada de esto salió bien en su totalidad. El país se ha quedado, incluso hasta hoy, con terribles estragos en algunas zonas, sobre todo, ligadas al narcotráfico. Y la promesa de la libertad recuperada sigue siendo una promesa.

La realización de la libertad en la historia general del Perú y en la época del terrorismo específicamente se ha visto terriblemente afectada por un virus de desigualdad, sobre todo, económica. Muchos departamentos con menores ingresos económicos tienen, a su vez, menores proyectos de desarrollo y, además, menor calidad de vida y menor cantidad de años de vida. Esto implica, ciertamente y en términos de Heidegger, que la única posibilidad total, la muerte, está más cerca de ciertas personas en términos estadísticos, al menos. Por ello, hay menor libertad (si es que entendemos, claro, la libertad como un conjunto de elecciones o, incluso, en palabras hobbesianas, como la ausencia de impedimentos externos). Otro grupo de peruanos, aquellos que tienen más dinero muchas veces tienen mayores y mejores posibilidades de hacer lo que se propusieron hacer en el momento.

La desigualdad es uno de las primeras condiciones de posibilidad de que no haya, pues, una libertad más allá de en un sentido restringido. Y muchas veces tan restringido que podría parecer que hay vidas que están predeterminadas, de las que no se puede escapar, aunque esto también nos deja un dilema. Muchos políticos peruanos hablan de hacer que desarrolle la sociedad rural para que llegue a tener las mismas posibilidades que la sociedad urbana. Esto significa, también, una limitación de la libertad en el sentido de que el Estado termina decidiendo qué es lo que debería considerarse como una buena vida o una vida desarrollada y qué no. ¿No quisiera aquel agricultor simplemente seguir siéndolo?

A partir de estos problemas a la hora de entender la “libertad” y el “ser peruano”, la cantidad de soluciones propuestas y, a su vez, la cantidad de programas de desarrollo también representa una desigualdad. El Perú se ha visto, como dije anteriormente, como un país muy optimista pero la calidad de sus programas, desgraciadamente, no ha logrado llegar a comunicar a las culturas, crear mejores nexos entre políticos, darles mejor acceso a los buenos estudiantes, entre otros temas más. Estas soluciones no bastan no porque sean “malas”, porque no lo son, sino porque los problemas son muy difíciles de solucionar. ¿Hay una solución más trascendental? Pues se debe tratar de hallar ahí en donde no se ha buscado antes: en dos cosas primordialmente.

En primer lugar, se debe buscar en una verdadera esperanza racional que guíe y proyecte tanto a personas como a grupos a formar organizaciones civiles que tengan bien en claro metas para darles duro a estas dificultades que se presentan a cada rato (sabemos que mientras más hablemos de soluciones, menos hablaremos de problemas). En segundo lugar, se debe buscar la solución en la educación y en la comunicación. Esto funciona en el sentido de que deben entenderse los conceptos y términos interculturalmente de la manera más respetuosa posible en tanto a lo que quiera interpretar cada cultura de las que coexisten en el país.

De este modo, la libertad de ser peruano será no única, pero será una en su diversidad, lo que la hace más rica. Hablaríamos de una libertad diversa que tendría condiciones de posibilidad para la existencia de una mejora en conjunto del Perú y hablaríamos, pues, de un concepto de libertad, valga la redundancia, más libre. ¡Felices Fiestas!