Las nueve de la noche es la hora propicia para asistir a otro mundo ubicado detrás del poder (quiero decir, detrás del Palacio de Gobierno). Encontramos una paleta de colores y pintorescas expresiones de la cultura peruana resumidas en un solo espacio: la Alameda Chabuca Granda.

Hay algunos vendedores de globos con gas de helio que, portando un racimo en el aire, atraen incautos niños y, con suerte, unos padres listos para adquirirlos; por  otro lado, retratistas cuyo arte fácilmente podría comprender una gran colección en los museos parisinos, vieneses o neoyorquinos, cualesquiera, pero “aquí estamos bien, joven”; los canillitas, los lustrabotas institucionalizados, los cómicos con lo grotesco hasta el hastío. Allí, la fragilidad del habitante de la ciudad que a golpe de verse reflejado sonríe (¡qué más se puede hacer si nos da miedo nuestra propia vida, nada más que reír!). Todo bajo una tenue lluvia de finales de julio, una lluvia que no es lluvia. Es como la ciudad, un conjunto indefinido; sin saber qué es nos va golpeando imperceptiblemente. He aquí la capital, he aquí su dorso desnudo.

Por la alameda que mira de reojo al río se visualiza, por los dos flancos, una congregación de dulzura y buen sabor. Es un desfile de mazamorra morada,  arroz con leche, champús, picarones, guargüeros; además de  otras opciones como butifarras, anticuchos con choncholí y así.

Pero, entre ellos, cobra notoriedad la señora Ana Quiroz. Ella no ostenta el estandarte de la mejor vendedora, ni genera las mayores divisas del entorno; doña Ana solo guarda una antigua receta, se trata del “ranfañote”, una delicia fechada en la Colonia. Decir que es una de las pocas que conserva la receta original de este postre limeño no es descabellado. Aunque este dulce se ausente de las cartas regulares de Lima, Ana Quiroz lo mantiene respirando, a flote del olvido.

La señora Ana es, sin duda, quien más simpatía atrae en este recorrido. A pesar del frío y la noche siempre sonríe, le da vida a su edad que es incierta. “Eso no se dice, ni se pregunta”, me dijo en una evidente aura de contrapunto criollo. Se casó en Chancay con un policía ( hoy retirado), tres hijos la iluminan más o tanto como sus nietos, es que, claro, son 47 años de casada que le han permitido ser testigo del crecimiento de su familia.

Ahora bien, el ranfañote es una mezcolanza de las almendras, pecanas, coco rallado, pan semi tostado, queso en pequeñísimos cuadrados, todo acompañado en un baño de miel de caramelo. Una verdadera delicia que Doña Ana le atribuye a su abuela Felicita Ortiz. “Mi abuela espero que me casara para enseñarme a hacerlo. Un día me fue a visitar a Chancay y me dijo que en la cocina estaba todo lo necesario para prepararlo. “Me llamó, me enseñó solo a mí, con nadie más lo hizo”, así recuerda su primer contacto con este manjar.

Su abuelita se llamaba Felicita. Fue una ferviente católica que congregaba a la familia por Semana Santa. En esas fechas, se animaba a preparar todos los dulces que sabía. En tanto, su inquieta nieta, Ana, permanecía observando, aprendiendo cómo cocinaba para sus invitados en homenaje a Dios. De esa forma, bajo el amor y la familia,  la entonces Anita, aprendió a elaborar diferentes postres, entre ellos, claro, el ranfañote.

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Sucede que en los años de la dictadura fuji-montesinista doña Ana Quiroz perdió su empleo de docente de Formación Laboral en un colegio público bajo una etapa crítica por la situación económica del país, por las privatizaciones, por el pasó a otro modelo de administración pública.

Haciéndole frente a este problema, ella vio una iluminación proverbial cuando: “El doctor Andrade convocó a un concurso para seleccionar a las treinta mejores cocineras y ponerlas en la nueva alameda que se estaba haciendo. Participaron un montón de gente en la Plaza Italia, de las que quedé yo. El Doctor me dijo, directo, que haga siempre ranfañote, la tradición no se pierde, así me dijo”, cuenta risueña y nostálgica, como la evocación de un milagro.

El popular alcalde de la ciudad había emprendido una tenaz lucha contra los informales. Empezó por despejar de ambulantes las congestionadas calles del centro histórico, luego prosiguió con el desalojo del antiguo “Polvos Azules” ubicado justo en lo que ahora es la Alameda Chabuca Granda. Definitivamente, eran todavía tiempos convulsos a finales de los 90. La señora Ana, asentada en el populoso barrio de Balconcillos en Barrios Altos, recuerda con estupor que “no se podía caminar por la calle tranquilo, era terrible (…) ahora tampoco se puede estar tranquilo (…) antes no pasaba nada, todo era más sano”. Era una situación límite en la que decide emprender un pequeño negocio pese a la negativa de su marido, a quien le parecía sumamente riesgoso salir a laborar en todo este marasmo de inseguridad y violencia, era “riesgoso para una mujer”.

Es así que se sobrepuso a toda dificultad y se animó a participar en este certamen con algo, a decir verdad, nada conocido e impopular como el ranfañote. Sin embargo, causó el efecto contrario: cautivó. Fue la historia, fue su sabor que atrajo hasta al alcalde mismo. “Yo le dije al Doctor: no vendo mucho ranfañote, no me sale a cuenta y él me dijo ¿qué más sabes hacer? Sé hacer camotillo, Doctor. Pues ponlo, me dijo, pero no dejes de venderme ranfañote”. Desde ese entonces, casi transitando los 14 años, siguió con el negocio.

Su preparación la tiene despierta todos los días desde las siete de la mañana, a veces mucho más temprano aún, porque es una actividad que le apasiona.

Todo lo tiene listo a las tres de la tarde, hora indicada para ubicarse en la alameda con su guardapolvo rojo salpicado de círculos blancos y una pañoleta con las mismas características sujetándole el cabello. Es el sentimiento que le legó su familia, su abuela de la que ella refiere con orgullo, porque fue, además de buena cocinera, una luchadora.

La señora Ana Quiroz apostó por  “el postre más antiguo de Lima”, por conservar una tradición. Aunque prepararlo le apasiona, carga el temor de llevarse la receta a la tumba; sus hijos se desempeñan en actividades distintas, es decir que ninguno tiene el verdadero afán de seguir con esto. “Es la realidad”, dice resignada.

Aquel domingo fue bueno, vendió todo. Era momento de retirarse. Antes de llevarse su tiendecita andante, desconectaba un foco a batería. Pese a tener la triste certeza de que la generación de sus hijos olvidará al ranfañote, susurraba, mientras se perdía a lo lejos, “lo dulcecito siempre queda, hijito, siempre”.