La fiesta del Señor de Ánimas: fervor y alegría en Chalhuanca Los orgullosos bailarines que necesitan de ambulancias. Los castillos, el fuego de la chamiza y el baile de la juventud. El señor que baja a la ciudad. Sobre la policía cusqueña y el alcalde. El padre que moja y el vecino que dice las verdades. La interrupción y los gritos; el familiar que mata. Tarde de toros y una “digna” pisada.

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Por cuatro días ininterrumpidos, la beneficiada ciudad minera de Chalhuanca se viste de fiesta y recibe a cientos de personas para la celebración en honor al Señor de las Ánimas, conocida también como la Fiesta Mayor de Apurímac.

La víspera del aglutinador evento, grupos de jóvenes bailarines, con uniformes muy vistosos, recorren ordenada y orgullosamente las calles principales de Chalhuanca. Ninguno de ellos pasaba los dieciocho salvo uno que otro experimentado. La gente del lugar, los devotos o la descendencia limeña llegada a Chalhuanca, miraban el entusiasmo de estos muchachos. Los grupos se hablaban en español y en quechua. Una damita de un grupo de bailarines vestidos de con trajes claros empezaba a cantar en quechua con voz muy alta y resistente mientras llevaba una parlante negro de mediano tamaño. Ella, como los otros, bailaba con mucho fervor mientras proseguía su caminata. Sorprendía la energía que dejaban al bailar, más todavía con el sol inclemente que empezaba su salida a horas del mediodía. Una fila multicolor, como una serpiente variopinta y danzante, dejaba la plaza y se dirigía a lo más alto de la ciudad de Chalhuanca, donde se encuentran la iglesia donde reside el  Señor de las Ánimas y la Plaza de toros, lugares centrales en la  fiesta, para ofrecerle sus atractivos estilos de baile.

 Hasta que el cuerpo resista en el concurso

Los danzantes bailan hasta que el sol parte. El público se agolpa par a ver el espectáculo. La plaza de toros abre sus puertas. Se puede contar a miles, lo llenan todo y las laderas del imponente cerro aledaño son llenadas hasta la mitad. Incluso la parte arbolada, más alejada, es ocupada por los curiosos. Todos celebran a los bailes de los danzantes, quienes con el pecho hinchado de orgullo mueven sus cuerpos y recuerdan historias que solo se dan en Apurímac.

A las puertas del coso hay un viejo vehículo pintado de rojo y blanco: es la ambulancia. De ella, van y vienen bomberos en dirección a la pista de tierra, debido a que muchos bailarines se desploman ni bien la danza ha culminado.  Tanto mujeres como hombres, son llevados en andas y el público los despide entre gritos de aprobación. Hay quienes creen que eso es una injusticia, pues consideran que los organizadores del concurso de danzas más bien son unos desorganizados pues no les dan de comer a esos jóvenes que han permanecido ansiosos por bailar durante más de cuatro horas bajo el fuerte sol de la sierra apurimeña. Pero, consultados los bailarines, dijeron que sí habían comido. La hipótesis del hambre cede ante la del lógico cansancio que pueden sufrir los jóvenes que bailan como si fuera la última pieza.

Las luces de arriba y abajo I

Ya es de noche y se puede seguir viendo a  personas en el cerro, pero en menores proporciones. Con algo de abrigo extra, las personas esperan expectantes la quema de portentosos castillos que se encuentran estratégicamente situados la blanca iglesia del Señor de Ánimas y la Plaza de toros. En medio de ellos, los lugareños han dejado abundantes ramas para formar una pira. Basta una pequeña rama ardiente sobre los ramales para que estos despidan implacables bocanadas de fuego por todos lados. Pronto el humo empieza a poblar el lugar y el cielo robándole por momentos el protagonismo a las  hermosas estrellas chalhuanquinas. No sucede lo mismo con el plateado cuerno lunar que constante se mantiene.

La acción lleva por nombre la quema de chamiza, la cual, según contó una señora mientras bebía un ponche gratuito de almendras junto a su esposo, es una acción que evoca a los antepasados. Encenderle fuego a la chamiza representa a los antepasados que vuelven y se mezclan con los vivos tal como el humo lo hace al despegar al cielo y disiparse por el ambiente.

La orquesta sigue interpretando los mejores huaynos y las lenguas de fuego no intimidan al público quienes sin miedo alguno se acercan al vivo fuego y beben cerveza. Las fogatas que se apagan son prendidas para que la quema continúe.

Las luces de arriba y abajo II

Una vez terminado la quema de chamiza, uno a uno los castillos son incendiados con bailes como intervalos. Las luces multicolores (verdes, amarillas y rojas), las cascadas de brillo esplendoroso y una paloma de un rojo ardiente parecen disputarse la estelaridad del momento. Cohetes lanzados al firmamento revientan en chispas infinitas (rosas de fuego las llaman los chinos, Nelson Manrique dixit), de las cuales solo unas cuantas llegan a dar al piso o a las espaldas de algún incauto. Lo mismo ocurre con un pequeño círculo de fuego y luces, que es disparado producto de la candente fuerza del castillo, cae de la misma manera: apagado ya, donde la gente baila atrapada por la música.

Tomados de la mano, los jóvenes apurimeños y de zonas cercanas, danzan en ronda con una alegría increíble. Según la brava felicidad del conductor, la ronda puede tomar formas diversas. Nadie es rechazado en este baile pues basta que una mano solicitante toque la ronda para que esta se abra y se vea alimentada por alguien que solamente quiere pasarla bien. En el centro unas cuantas parejas también bailan con idéntica pasión a como ocurre en las “periferias”. La alegría de este baile solidario y colectivo es única y solamente es interrumpida por otro castillo destinado a alumbrar la noche con su vigorosa pirotecnia y a asombrar a los ojos que admirados lo ven.

La fiesta 

Llega el 31, día central en donde el Señor de las Ánimas deja su alto lugar y baja a la ciudad para recorrerla en andas cargado por hombres y unas pocas mujeres. Sus fieles lo veneran. Las estrechas calles chalhuanquinas están debidamente adornadas y guardan gran parecido con las calles limeñas por fechas de octubre. Otro signo más del ornato que despierta esta festividad son los hilos que recorren los tejados y los segundos pisos de las viviendas cercanas a la plaza con las imágenes del Señor de esta ciudad.

En la plaza de la ciudad, artistas acróbatas esperan al Señor de las Ánimas, como también el público y las principales autoridades de la ciudad. Con excepción del alcalde, que un mes antes fue buscado enardecidamente por la población para recibir su merecido por necesarias obras inconclusas de agua y desague, todos están: los jueces, las autoridades eclesiásticas, los policías y un padre de la patria que ha venido a dar una noticia fabulosa: desde esta celebración en adelante, la fiesta mayor de Apurímac es considerada, por ley, patrimonio cultural de la nación gracias a sus gestiones. Mientras llega el Señor llega, el grupo de acróbatas forma castillos humanos, desde lo alto saludan y hacen saltos mortales.

Agustín Molina, congresista apurimeño electo por la región Cusco, fue muy conciso en sus palabras oficiales. Saludó la nueva condición de la fiesta, la cual haría que el desarrollo turístico aumente las arcas de la ciudad y la generación de nuevas oportunidades. Dicho esto, la banda musical de la policía interpretó unas melodías y el Señor de las Ánimas, que escuchaba las palabras desde su gran altar de oro resplandeciente, dejó la plaza que era un hervidero de gente y siguió su camino por las calles estrechas.

Frente a la casa de los Zegarra-Dongo, la familia a cargo de la fiesta, una pequeña tropa de policías fue la encargada de llevar las andas. El sol golpeaba fuerte los párpados y solo uno tuvo la precaución de llevar lentes. A su lado, jóvenes mujeres policías se tomaban fotos para inmortalizar el momento en que vinieron desde Cusco para resguardar el orden de la fiesta mayor. Detrás de la foto salían las familias de la casa del cargo portando ricas empanadas de carne para ofrecer y también gaseosas y agua mineral para el calor.

Más tarde un chalhuanquino me comentaría que la fuerte presencia policial se debería a hechos recientes en que la población de la ciudad, descontenta, paralizó la ciudad por dos días, el 20 y 21 de junio, por, entre otras cosas, la no realización de la fiesta conmemorativa de la ciudad que todos los años se da en junio y que, creen, fue por otra inoperancia del alcalde. Si recordamos la anécdota de la frustrada persecución de este, el señor Jaime Torbisco, por parte de la población para darle su merecido (ya lo había hecho con dos trabajadores de la obras minutos antes) sobran razones para la convocatoria de policías del Cusco.

La prédica húmeda y la palabra que quema

Todo esto era ajeno para la procesión y el sermón del padre, el cual hablaba sobre la necesidad de seguir yendo a misa, la importancia de la familia y la creencia en Dios. La imagen, que se detenía en cada casa que tuviera un arreglo floral, hacía que el padrecito desgaste su discurso como ocurría con los hombros de los señores y cada vez se hacía más escueto en su prédica. En donde sí exageraba con suficiencia era a la hora de arrojar agua bendita con su racimo de flores sobre los fieles que anhelaban que esa agua sacra toque y limpie sus personas. El paso del padre dejaba empapados fieles.

Una de las cosas más resaltantes de la procesión fue cuando se detuvo en un restaurante de la plaza de Bolívar para que se le rinda homenaje correspondiente a la imagen. El encargado de dar las palabras, hombre maduro y recio con algunas copas de más, soltó un discurso explosivo y muy crítico con las autoridades, aunque atenuado por sus esperanzadas ganas de que por fin estos se decidan a llevar a la ciudad por el camino de la paz y justicia. Lo que decía abría heridas pues muchos tuvieron gestos de incomodidad y hasta quisieron que aborte su improvisado discurso. Sin embargo, muchos asentían con la cabeza y sonreían aprobando su coraje. “Has hablado bien”, fue lo que le dijo un hombre de casaca beige y gorro de vaquero. En la parada anterior, una maestra había expresado un bello discurso en quechua.

Luego de escuchar y bendecir a la ciudad, el altar cargado del Señor de Ánimas fue llevado de retorno a su iglesia. La parte más difícil, la que ponía a prueba a fe de los hombres  iniciaba. Era el camino cuesta arriba y los hombres, adoloridos de hombros, se daban ánimo y caminaban con la mirada fija en la iglesia o con los cerrados, hablando consigo mismos y con quien cargaban.

De la Plaza de toros a la Plaza de armas

En la noche de ese día hubo fiesta en la Plaza de toros.  Dos orquestas de música hacían bailar a la gente que se concitó en torno a ellos. Sin embargo, el coso debía de ser cuidado para la llegada toros de lidia y un torero español para dar la fiesta brava. Como antesala, algunos jóvenes, embravecidos por  el trago de caña con sabor a maracuyá y chisguetazo de este en la cabeza al mejor estilo del chamán, corrían como locos simulando ser toros por entre la multitud que bailaba. También varios muchachitos los perseguían haciendo parte de ese teatro causando más consternación, pánico y adrenalina en la gente.

Otra procesión se dio en la noche, pero esta menos sufrida y sí, más alegre. Por las calles que conectaban a la Plaza de toros con la plaza principal, fue bajando una festiva fila de gente con los cargos encabezándola. Ya eran más de las doce, y la plaza todavía estaba medianamente llena.  Su entrada fue inmediata, alegre, una explosión de júbilo. Los brazos levantados y recepciones en los ruedos que se concitaban en la plaza.

“¡Asesino!”

Conforme la interpretación musical fue finalizando y la gran masa que bailaba se soltaba las manos.  Una presentadora se acercó al micrófono y dio la bienvenida a la fiesta. La gente, que deseaba nuevamente bailar, aceptó tal interrupción como dándose un tiempo para recobrar energías. Fue cuando la mujer hizo referencia a los patrocinadores de la fiesta cuando el público explotó en pifias y gritos. La silbatina fue contundente y la mujer no tuvo otra opción que presentar al siguiente grupo. Rápidamente los músicos se pusieron a tono y armaron de nuevo el baile.

Ella había hablado de Beto Argote, político, empresario de mayólicas y ex militar que tienta la alcaldía provincial de Aymaraes con el respaldado del fujimorismo. Lo acompaña en la candidatura a la presidencia regional, Dalmiro Palomino, al parecer el dueño de la línea de transportes Palomino. Un joven chalhuanquino me dijo que este dúo se  venía venir cuando el año anterior estuvieron como cargos principales en las fiestas de la ciudad. Argote, que pasea por la ciudad un alucinante Porsche y adorna con su nombre blancas paredes acompañado de una “k” gigante, sería el ganador de las elecciones, según el radio bemba chalhuanquino.

Pero lo preocupante de este asunto no era la silbatina, que con toda razón puede darse cuando se mezcla política con alegría contenida, sino los gritos que acompañaron a los silbidos. “¡Asesino! ¡Asesino! ¡Asesino!”, fue lo que se logró escuchar. Y fueron los más jóvenes los que lo hacían durante la fiesta.

Los gritos abrieron una caja de Pandora, pues si bien empezaron cuando se recordó el apellido Argote, todo parece indicar que eran dirigidos para el alcalde o, para ser más exactos, su familiar. Comentaron los vecinos de la zona que, una semana atrás, un familiar del alcalde  había matado en un accidente de tránsito a tres personas: dos profesores y un adulto mayor. Una trabajadora municipal mencionó que uno de los familiares del alcalde Torbisco se ufanaba que pagándole a la justicia quedaría impune. Una vendedora de abarrotes coincidió con la versión de la impunidad y recalcó que Jaime Torbisco, quien mayormente da trabajo a su gente, no goza de popularidad en Chalhuanca.

Tarde de toros…

Al día siguiente, se celebraron más fiestas en la ciudad. Los toros bravos eran llevados en grandes cajas de madera y lanzados al ruedo donde los esperaba el matador. El piquetero, un viejito de cejas pobladas y de panza robusta, al entrar era silbado y enardecía al toro con su lanza. Adentro, los toreros (peruano, colombiano y español) hacían que el público los aplauda y celebre.

Ese día, murieron más de cinco toros. Sus cuerpos descansaban por fin cerca de la puerta de la plaza. Los niños saltaban encima de ellos luego de haber sido bien desangrados. Al rato los subieron a una camioneta azul en espera de ser llevados al matadero para ser despellejados, troceados y servidos para la fiesta. Antes de eso, a quienes cargaban los toros muertos les dieron el almuerzo de rigor y una cerveza al tiempo. Los cargadores comieron y bebieron. Uno de ellos, para tener mayor comodidad, puso su pie en  el hocico del animal muerto. Con el zapato en esa posición se simbolizaba la rutina de honor que es la lucha entre hombre y fiera. Pelea en igualdad de condiciones y un trato merecidísimo para el vencido.

Fotos: Luis Granados Solórzano y Humberto Solórzano Pereyra

09-08-14