Una amiga me etiquetó en un post que, al parecer, citaba a Paulo Coelho diciendo que Ulysses, la novela clásica publicada por James Joyce en 1922, era solamente estilo y nada más. Que podía diseccionarse en un tweet y se quejó de que una parte del libro (a la cual aún no llego) carecía de signos de puntuación. Como si el señor no supiera qué es un stream of consciousness (técnica en la cual los pensamientos de la persona son transcritos. No hay un “pensó que: _____”, sino que el pensamiento aparece directamente en la obra, a veces sin ningún orden). Pero más allá de eso, y de los paralelismos entre la vida y la muerte, la juventud y la vejez, y todo aquello que marca a los personajes de la novela, sin ningún tipo de juicio a los personajes más allá del que ellos mismos hacen, considerando que no son tan confiables como parece (Dilly es juzgada por su padre, Simon, como otra sanguijuela. Puede ser, sin embargo, que la conozca mejor que a su primogénito, Stephen, pero hasta la página 312 éste no ha refutado la afirmación de su hijo: Those eyes that wish me well, but do not know me), no les suecede nada trascendental. Nadie salva al mundo, porque ni siquiera hay un plan para eso.

Uno de los puntos del libro es justamente ese: los personajes son simplemente gente común. Personas que van a trabajar, a casas de empeño, a almorzar, a prostíbulos, que alimentan al gato y emplean activamente (al menos aquellos a quienes les leemos la mente) sus neuronas -ya sea para pensar en lo que ocurre a su alrededor, para recordar o para ocultarse de alguna manera-, algo que muchos hacemos y que no he visto recogido en la literatura.

Las primeras historias, al menos las occidentales (vieja herencia griega), tenían de protagonistas a personas muy distintas al público objetivo. Vivían en un tiempo en el cual los dioses se manifestaban más: a veces descendían de ellos, o eran dioses ellos mismos. Aquellos dioses eran mucho mejores, y si podías intentar ser como ellos, mejor. Se inició así una larga tradición de héroes mejores-que-tú con existencias realmente extraordinarias. No eras un tipo normal, eras El elegido y tenías poderes. Mejor si pertenecías al estrato más bajo de tu sociedad o de tu micro-sociedad, cual high school gringa. Sus morales solían ser altísimas. Siempre se quedarán con la chica, claro, una vez que llegaron al cénit de la sociedad, ya sea como rey de un territorio o de la fiesta de prom. Pero sus vidas no eran cosas con las que se pudiera identificar el público.

Es más, ¿cuántos no se han frustrado porque su vida no es como en sus libros, porque no les llegó la cartita de Hogwarts o porque no hay un Edward Cullen en el colegio? Hasta yo he caído en eso. No con esos textos (Potter nunca fue mi taza de té y, si bien leí Twilight, no quería un Edward ni nada de eso, mi yo de doce años no era tan babosa), pero sí con otros. Yo hubiera querido tener un Dean Moriarty e irme con él por la carretera sin rumbo fijo, siendo honesta. No me hubiera fastidiado tener por pareja a un Julien Sorel porque podría hablar con alguien y no estar sola. Es imposible haber sido feliz al 100% con tu vida durante todo el transcurso de la misma, o al menos así funciona la gente que conozco. Solo queremos que nos acompañen, nos escuchen o nos consideren. A veces solo queremos una chance de hacerlo mejor. Y otras, solo se quiere ser famoso y tener dinero. Es raro que alguien sea 100% feliz, y eso no está mal, no todo funciona bien y hay que reaccionar contra ello. El problema es quedarse soñando con lo irreal (descubrir que te adoptaron y tus padres son ángeles caídos, o que un millonario algo sociópata quiera contigo) sin tratar de ver el significado detrás de eso. Intentar buscar compañía es más fácil en la universidad, o ir a la biblioteca y trabajar para subir el CRAest, labrar tu propio destino dentro de lo que eres. Porque todos podemos ser personajes interesantes. Quítales los poderes y, si es un buen trabajo, serán muy similares a nosotros, ya que buscan lo mismo. Todos queremos ser felices, aun si hay más deseos que estrellas.

Si es necesario un estímulo más, piensa esto: la que es, posiblemente, la mejor novela en lengua inglesa escrita en el siglo XX habla de gente como tú. No políticos ni militares ni nada de eso, sino gente como tú. Eres un gran personaje en potencia. Y, claro, teniendo la vida propia en primer plano, una pequeña fantasía no está de más. Espero que, siendo un tipo de circa 22 años en 1904, Stephen no tenga algún problema tomando café con una mujer.

*Deja de escribir por ponerse a fantasear*