Quizás sea cierto que los peruanos tenemos poca experiencia escogiendo a nuestras autoridades. Durante la primera mitad del siglo XX, según la Constitución vigente, solo podían votar los hombres mayores de 21 años que no eran considerados como vagos, que no estaban en quiebra o que presentasen sentencias judiciales (1). Esto dejaba fuera de la población electoral a las mujeres, a los analfabetos y a un diverso grupo de personas rechazadas por su “incapacidad moral”. Por si esto fuera poco, las alcaldías municipales usualmente eran elegidas por el Poder Ejecutivo, dejando al ciudadano con menor participación en la política electoral.

Sin embargo, hacia fines de la segunda década del siglo XX, el panorama comenzó a cambiar. La política de masas finalmente estalló en la cara de las autoridades del país, y los partidos modernos demostraron, mediante mítines y convocatorias, la importancia del pueblo en las elecciones. No obstante, la educación seguía siendo el factor fundamental para obtener los derechos políticos necesarios para votar. Así, conforme fueron creciendo los sectores que accedían a una educación básica, especialmente debido al efecto de las políticas educativas de los años 50’ y 60’, se comenzó a formar un nuevo grupo social educado, el cual representaba una fuente importante de apoyo político para las intenciones de los candidatos. Debido a que muchos notaron el gran alcance de este nuevo grupo electoral, surgieron varias estrategias políticas para encausar las energías de estos jóvenes. Una estrategia era el antiguo recurso del paternalismo y el clientelismo político, lo mismo que realizan algunos políticos hoy en día cuando regalan “tapers” con dinero. Manuel Odría fue quien vio de forma más nítida esta oportunidad, especialmente mediante la política de formalización de las primeras “barriadas” (término de la época). Otra estrategia era la politización mediante la propaganda y la formación de organizaciones de base, como fue el accionar común de los diversos partidos de izquierda o del APRA. Finalmente, otra estrategia –para muchos la más siniestra- consistía en la captación de grupos populares descontentos con las promesas incumplidas del Estado, para la formación de grupos guerrilleros. Como diría la canción, un grupo de jóvenes dieron esfuerzo y dedicación para que terminaran pateando piedras. Estas tres estrategias, sin embargo, no fueron exclusivas de algún grupo. En realidad, varias agrupaciones utilizaron estas estrategias en diferentes momentos a lo largo de la historia.

Los jóvenes de este nuevo grupo social educado tuvieron una participación frustrada en la política de su país. Los nuevos electores no tuvieron su “bautizo de fuego” como ciudadanos electores hasta que se sancionó la Constitución de 1979, la cual reconoció el voto de la población analfabeta y reinstaló la posibilidad de las elecciones municipales. Esta nueva ley electoral, sumada a la ley del sufragio femenino de 1955, significaba la sanción, la aceptación definitiva, del sufragio universal en el Perú. Lamentablemente, el idilio democrático no duró mucho. Fue justo cuando se organizaron las primeras elecciones municipales de carácter universal, que en un pueblo llamado Chuschi, en Ayacucho, Sendero Luminoso anunciaba su presencia quemando las ánforas electorales. Así fue como los años 80’ y 90’ del siglo pasado, se inauguraron como los de mayor violencia de nuestra historia. En el plano político electoral, significó el asesinato de líderes sindicales y de autoridades municipales y comunales en las regiones del sur y centro del país, con lo que las elecciones municipales se volvieron a paralizar. En algunas regiones del país la estabilidad del sistema democrático no regresaría hasta la renuncia del presidente Fujimori, y el fin de los regímenes administrativos cívico-militares. Entonces, ¿cuánto tiempo ininterrumpido llevamos los peruanos ejerciendo nuestro derecho a voto?, ¿cuánta experiencia hemos podido obtener de este proceso?, ¿cuántas alcaldías consecutivas cuentan algunas regiones del país?. Todas son preguntas válidas que nos permiten comprender el fragmentado panorama político electoral del Perú. Aunque aún falta un último detalle.

Como cereza del pastel, habrá que recordar que el régimen fujimorista culminó con la severa crisis de partidos políticos, lo que en el marco de la debacle ideológica mundial de los 90’, significó el fin de la hegemonía de la estrategia de propaganda y formación de grupos. Si con la derrota del terrorismo murió la tercera estrategia –esperemos-, entonces nos queda por argumentar que la mayoría de elecciones funcionan todavía bajo la primera estrategia. ¿Cómo solucionar el círculo vicioso? La respuesta final sigue siendo un misterio. Por ahora que nos baste con tomar acciones concretas –como la aprobación de la reforma electoral- como medida para la reconstrucción de nuestro desgastado sistema de mediación entre gobernados y gobernantes.

Notas

(1) Otra constitución fue sancionada en 1933, pero mantuvo las mismas consideraciones en cuanto al electorado.