Somos el resultado de millones de años de evolución, el pináculo de la ingeniería natural. Con la ayuda de nuestra inteligencia y una capacidad de razonamiento única en el reino animal, los seres humanos nos hemos alzado por encima de la naturaleza y ocupado nuestro justo lugar en el centro del universo. Con la insaciable curiosidad que nos caracteriza, a lo largo de los años hemos  logrado formular innumerables respuestas para las innumerables preguntas que siguen apareciendo, llegando a formar un mundo con amplias bibliotecas y cada vez menos misterios. Gracias a esto podemos saber qué se encuentra más allá de las nubes, en las cimas de las montañas o en el corazón de los más profundos bosques. Sabemos que la lluvia y el rayo no son producto de la ira de Dios. Sabemos el origen de las enfermedades e incluso podemos entender un poco más a la misma muerte. El conocimiento, el estudio y la reflexión son las armas que usamos para mantener en total control el mundo que nosotros mismos hemos creado.

Sin embargo, no importa que tan leídos o pragmáticos podamos llegar a ser, todos seguimos sintiendo al menos un ligero escalofrío al pasar por un corredor oscuro en el silencio de la noche.

Lo desconocido es un tema recurrente en la literatura de terror. Por naturaleza, los seres humanos rechazamos todo lo que no podamos controlar, tememos a lo inesperado  y, a lo largo de la historia, cuentos y novelas han explotado esto con el fin de darnos experiencias inolvidables. Las primeras historias de fantasmas, bosques encantados, novelas clásicas como Frankenstein o Drácula e incluso la misma Biblia jugaban con lo que resultaba desconocido en esos tiempos. Temas como el miedo a la muerte, la fragilidad del cuerpo humano y la incertidumbre de no saber hasta donde podía llegar la tecnología resultaban perturbadores debido a que el público no se encontraba acostumbrado a estos ni tenia las herramientas correctas para abordarlos. Así, los monstruos que gobernaron el pasado nacieron producto de la ignorancia de la época.

Pero la humanidad nunca se detiene. Ya para el siglo XX se habían alcanzado grandes descubrimientos científicos y la información resultaba cada vez mas accesible. Esta nueva corriente de respuestas, sumadas a los horrores de las grandes guerras, empezaron a alejar a las personas de la literatura de terror como se había conocido hasta entonces.

Entra Howard Philips Lovecraft.

Ferviente admirador de la obra de Poe, Lovecraft llevó el género de su maestro a un nuevo nivel. ¿Cómo aterrorizar a una generación que aparente ya lo había visto todo? ¿Cómo usar lo desconocido en un mundo que se revelaba un poco mas día a día?

El autor toma prestado mucho de la narrativa de Poe: escenarios siniestros combinados a una narración en primera persona con el fin de generar una conexión fuerte entre el lector y los personajes. Estos últimos siempre resultaban ser seres perdidos, enfermos o condenados ya desde el principio de la historia. Lovecraft desarrolla bastante lo que sucede en la mente de sus protagonistas, nos permite introducirnos a su psiquis y entender como esta se degenera con el pasar del tiempo y los distintos eventos que mueven la historia. Como ya se dijo, estos son elementos recurrentes en las historias de Poe y, siendo completamente sincero, este supera a Lovecraft en casi todos los aspectos.

Pero entonces, ¿por que seguimos recordándolo? ¿Qué diferencia a este autor de los otros tantos que se escondieron en la sombra del gran Edgar Alan Poe sin encontrar fama ni gloria? La respuesta es relativamente simple: Lovecraft trascendió “lo desconocido” para llevarlo a su máxima expresión: lo incomprensible. Hasta ese momento, todos los autores del género habían jugado con la ignorancia de las personas, las supersticiones, lo inesperado y aquello que permanecía escondido en el mundo. Sin embargo, una ráfaga de información fue suficiente para catapultarnos a la cima del conocimiento. La gente ya no temía a fantasmas, vampiros ni monstruos tradicionales. Incluso la muerte, la eterna enemiga, había llegado con el tiempo a ser aceptada como una parte natural de la vida. Con el fin de causar un efecto memorable en los lectores, Lovecraft decidió atacar directamente la esencia de lo que significa ser un humano: nuestro rol en el mundo.

Lovecraft representa al humano como un ser intrascendente, un simple niño a merced de la forma mas pura del caos. No importa nuestra inteligencia, nuestras organizaciones ni como desarrollemos la tecnología bajo la cual nos escudamos de los peligros mundanos, al final del día, todos estamos condenados y, lo que es más aterrador, estamos condenados por algo que es superior a todos los conocimientos que hemos acumulado a lo largo de nuestra existencia. Leer los cuentos de Lovecraft es sentirse insignificante y es ahí donde encontramos el verdadero terror. Los monstruos que crea con este fin resultan más efectivos en estos tiempos, que aquellos de los relatos clásicos. Mientras otros autores usan a sus criaturas como un simple obstáculo que ha de ser superado por el héroe de la historia, los monstruos lovecraftianos son infinitos, indestructibles e indiferentes a la historia del protagonista. No son seres físicos o paranormales, ya que esto seria limitar su alcance. Los monstruos de Lovecraft son ideas, terrores existenciales que sobrepasan nuestra dimensión y le mente humana. No podemos enfrentarnos a ellos, estar en su presencia es caer en la más terrible de las locuras. No nos aterra que sean poderosos, nos aterra que sean poderosos en una escala que supera todo nuestro entendimiento.

Si buscan una experiencia distinta, lean a Lovecraft. No los hará ver por encima de su hombro ni los obligara a permanecer con todas la luces de sus casas prendidas. El terror que se esconde en las páginas de Lovecraft no necesita esconderse en la oscuridad.