Las historias de terror preceden a la literatura misma. Y es que el miedo es el instinto de conservación por excelencia, nos enseña los límites a los que podemos llegar y mantiene alerta cada uno de nuestros sentidos con el fin de prepararnos para enfrentar un peligro inminente. La fascinación del ser humano por este nos ha llevado a asimilarlo en nuestra propia cultura con distintos fines. Las primeras historias de fantasmas, espectros o bosques encantados nacieron con fines didácticos. Pasaban de boca en boca para enseñar valores o justificar una prohibición, y no fue hasta mucho después que empezó a ser usado como un medio de entretenimiento.

Tengo que admitir que los libros de terror jamás me han producido miedo. No me malinterpreten, yo no soy alguien particularmente valiente ni desprecio el género; todo lo contrario: de niño pasé tres meses sin ir al baño de noche después de haber visto a escondidas el video de “Obedece a la morsa” y soy un gran admirador de los clásicos del horror, los archivos de crímenes reales y las historias de fantasmas y monstruos. Los libros de terror siempre me han fascinado, sí, pero nunca he perdido una noche de sueño por alguno.

Todo hasta la llegada de Poe.

Mi primera aproximación a Poe fue durante la secundaria. Escondido entre las páginas de mi libro de Leguaje se encontraban “El gato negro” y “El pozo y el péndulo”. Los cuentos eran relativamente cortos, así que me dispuse a leerlos mientras la profesora dictaba el correcto uso del hiato y el diptongo. Los disfruté tanto como cualquier otro trabajo de un autor de ese calibre, y con el tiempo fui consiguiendo más obras suyas. Sus cuentos y poemas me encantaron, pero no generaban en mí ningún miedo. Tuvieron que pasar años hasta que entendí el porqué. Leer a Edgar Alan Poe, el padre del cuento moderno, es un arte en sí mismo.

Los cuentos de Poe no consisten solo en colocar una criatura desagradable en un ambiente tétrico y narrar la interacción de estos elementos -ya casi trillados- con los protagonistas. El autor juega con los acontecimientos y las sensaciones del lector, manipula la mente humana como ningún otro antes de él, dándole prioridad a esto sobre cualquier fórmula narrativa ya establecida.  Nos coloca dentro de sus personajes, y el terror no solo proviene de lo que está sucediendo en las narraciones, sino de lo que estos están sintiendo. Un hombre que tortura a un gato hasta matarlo es una imagen horrible, pero entrar a la mente de este sujeto y verlo descender lentamente hacia la locura es un nivel completamente distinto. Una máquina de tortura es solo eso hasta que te encuentras dentro de la piel del condenado.

Su estilo era, en la mayor parte de sus obras, impecable, llegando a acercarse más a la poesía que a la prosa. Solo con el uso de las palabras adecuadas, este autor era capaz de generar un ambiente de fantasía. El contraste entre belleza lírica y el terror y lo desagradable hace que cada experiencia con este autor sea única e irrepetible.

La lectura de Poe es difícil y son muy pocos los que logran aprovecharla al máximo durante el primer intento. No por usar un léxico excesivamente elaborado ni técnicas extravagantes de escritura, sino por requerir un alto grado de imaginación y empatía. El lector tiene que poder separarse de la realidad y la rutina con el fin de asimilar lo fantástico y abrazar lo desconocido. No es algo que se pueda -o mejor dicho, se deba- leer casualmente. Los cuentos de Poe son una danza macabra con el horror, lenta y hermosa. Si no pierden el sueño por el miedo, lo harán por la fascinación.

…o porque sus padres les pegaron por desaprobar el examen de hiatos y diptongos.