Hace un mes, estaba caminando por el centro histórico de Lima, deambulando de un lugar a otro como de costumbre. Iba cruzando el Jirón de la Unión y di vuelta por una calle que me llevaría al Jirón Ica.  Mientras avanzaba, vi una pequeña iglesia con detalles barrocos que estaba protegida por unos cercos de metal y que parecía abandonada. Pasé de largo y unos cuantos pasos más adelante, me topé con un teatro antiquísimo, el Teatro de la Triple A. Me acerqué a ver los anuncios y uno de ellos me llamó la atención, pues estaba  la foto de la actriz Sonia Seminario, que celebraba sus 60 años de vida artística.  Justo faltaban unos minutos para que comience la función en la que se iba a presentar, así que me acerqué a comprar mi entrada e ingresé a la sala a buscar mi lugar entre los asientos. Una voz ayudada por un micrófono nos advirtió:

-Damas y caballeros, buenas noches. La  función va a comenzar, y es necesario que apaguen sus teléfonos móviles, muchas gracias –

Varios de los reunidos hicieron caso a la advertencia. Yo, en cambio, no hice nada, casi nunca traigo un teléfono móvil entre mis cosas. Me causa pánico el sonido producido por ese aparato o la interrupción que te provoca en los momentos menos esperados, como si uno estuviera pensando en muchas cosas, y de pronto te despertaran con un balde de agua fría.

Las luces se apagaron, y el público guardó silencio. El telón se comenzó a abrir y se mostró la escenografía despacio, a través de una luz cálida que iba iluminando de a pocos una mesa, algunas sillas y una cama, hasta que inundó por completo el escenario.

La escenografía era bastante sencilla, quizá muy pobre. Pero cuando entraron en escena los actores, inmediatamente atraparon al público con sus diálogos intensos. De a pocos el espectador se sintió compenetrado con la historia de Nina y Alejandro, un amor entre una profesora de literatura de casi 40 años y  su alumno de la universidad, con actuaciones bastantes convincentes, sobre todo la de una excelente actriz como Ximena Arroyo. Esta historia se narra en una época bastante conflictiva en el Perú (entre el año 79 y 89). En los diálogos se tocan temas como el conflicto armado con Sendero Luminoso, el fracaso del gobierno aprista y una historia de vida reflejada en un personaje: Nina.

El final de la obra  fue muy emotiva, el público aplaudió de pie, y algunos se quedaron con una sonrisa muy diferente en el rostro, esa que solo pocos pueden notar. Al rato salí de nuevo a la calle pensando en el nombre de la obra y la frase con la que terminó: “La eternidad en sus ojos”.

Caí en cuenta que hay pocas obras teatrales que son tan buenas como un libro, pues cuando sales de ellas, te das cuenta que ya no eres el mismo, sientes que algo en ti ha cambiado, o está por cambiar.  Por mi parte, no dudaría en recomendarla.

http://diario16.pe/noticia/29728-la-eternidad-en-sus-ojos-vuelve-al-teatro-de-lucaia-fotos