Editado por Fiorella Germán Celi

Nuestra realidad más cercana es la prueba indudable de los errores e inexactitudes del sistema que nos gobierna. En Ecuador, la movilización de las masas surgió en protesta contra el ajuste macroeconómico ejecutado por el presidente Lenín Moreno. Más al sur, en Chile, lo que inicialmente fue una marcha estudiantil por el incremento de la tarifa del metro, concluyó como un movimiento masivo de la sociedad chilena arengando contra las desigualdades económicas generadas por el sistema.

Cabe preguntarse si la justificación de aquellas protestas recae en un modelo económico que se torna desfasado e inútil al momento de distribuir equitativamente la riqueza o en unos soberanos incapaces de considerar el efecto real de sus decisiones en los ciudadanos.

El neoliberalismo, sistema de gobierno económico aplicado en la mayoría de países latinoamericanos, olvidó en sus supuestos básicos incluir la idea de una lumpen desfavorecida. La desigualdad es —y será— el precio pagado por introducir un modelo que prometía un “paraíso de crecimiento económico” para los ciudadanos, pero que detrás del lema “uno es pobre porque quiere” escondía catastróficas injusticias sufridas por los menos afortunados.

Según el Banco Mundial, Chile es uno de los países más desiguales en el mundo; sin embargo, posee el nivel de pobreza más bajo de la región (13,7%) ¡Vaya contradicción! Al parecer, para la receta neoliberal, reducir la pobreza y la desigualdad en simultáneo es incompatible, pues el crecimiento económico promete mayores ingresos para los ciudadanos a cambio de la inequidad socioeconómica.

La falacia neoliberal radica en proponer una suposición demasiado general: todos los individuos desean maximizar su utilidad. Lerda suposición que considera el alcance de la máxima utilidad como eco de la felicidad máxima en la vida y que, en consecuencia, todos deseamos ansiosos encaminarnos hacia ella.

Parece, pues, que los únicos maximizadores de aquella felicidad aparente han sido las grandes corporaciones y minorías económicas, las cuales, en su búsqueda de beneficio íntegro, desglosaron los más avaros y egoístas caracteres de aquella élite que sí logró sacar provecho del sistema.

En resumidas cuentas, es evidente la deshumanización de las sociedades a raíz de un modelo frívolo, inmoral y entumecido. Así ya lo abordaba el poeta José Luis Montoya en su poema Moderna Vía:



“Junto a la escasez económica

Propia de las vías de desarrollo

(fenómeno que ahora estudian los sabios)

Existe la escasez del sentimiento

Del movimiento

De aproximación entre los humanos

Seria deficiencia calórica

Que hoy afecta al planeta”



La escasez económica mencionada por Montoya ha logrado superarse (pues el mundo es mucho más rico que antaño), pero a costa de una victoria pírrica donde se logró vencer la pobreza, aunque dejando demasiadas víctimas en el camino. Son tantas las víctimas que el triunfo obtenido no es justificable: aquellos caídos ahora sucumben ya no en la pobreza, sino en el limbo de la desigualdad.