Es posible que el antropólogo más apegado a la tesis del “extrañamiento” resulte muy extrañado al leer el artículo La posición del antropólogo en la revalorización del patrimonio. El dilema de la “participación observante” en la Batalla Naval de Vallecas. Y es que una de las tesis que esboza Elizabeth Lorenzi, primero trabajadora social y luego doctora en Antropología por la Universidad Complutense de Madrid, es que, más que preocuparse por la valoración ética que pueda tener el  intervenir en la investigación realizada, la tribulación vendría a radicar en si es ético no participar.

Un poco de historia

Para ello, la autora desarrolla toda una trama de dilemas alrededor de un caso específico: el suyo propio al relacionarse con la Batalla Naval, importante fiesta que aglutina en la mitad del mes de julio al barrio de Vallecas. Como buena antropóloga, Lorenzi ofrece un marco histórico del evento. Surgida en los 80′ por fuerza de movimientos sociales inclinados a la izquierda que, entre otras cosas, querían entretenerse -y con la venia inicial de un ayuntamiento permisivo-, la fiesta de la Batalla Naval recuerda y refuerza el anhelo de libertad y autonomía que pretendían y pretenden el grueso de habitantes del barrio madrileño de Vallecas. Es con el avance del tiempo y con una administración conservadora como el Partido Popular en el que surgen los cuestionamientos hacia la fiesta en la que por un solo domingo los vecinos inundan las calles de agua y de vitalidad. Sin embargo, lo que para algunos es una forma de reivindicar algunos valores, para otros es vandalismo. Se clausura entonces la fiesta durante los 90’, en parte aduciendo las reales amenazas de sequía. Poco importa que en lugar de agua, los colectivos empleen espuma o aguas tratadas: igual, el ayuntamiento no levanta la prohibición. Es por efectos de la creación de la Cofradía Marinera de Valleka en el año 2000 que el Municipio no resiste más la prohibición y faculta a la Cofradía para que administre la fiesta, labor que ha ido realizando inclusive durante los años de “paralización”.

Empiezan los conflictos…

Es en este contexto en el cual Lorenzi se introduce. Como afirma, siente un gran interés por la constitución de los movimientos sociales y la acción emprendida por ellos. En este sentido, la Batalla Naval es un gran laboratorio de estudio de cómo, tal cual ella dice, un determinado evento logra instalarse en un ambiente de gran dinamismo como es la metrópoli española. Sin embargo, también afirma que los problemas se le hicieron más presentes cuando termina su labor y presenta su tesis, que se convertiría luego en un libro, con el apoyo justamente de editoriales de carácter autogestionario y social. Dada la aceptación que tiene la fiesta entre la gente y los medios, prontamente es convocada para que difunda y comente su publicación. Siendo antropóloga, se le solicita su avisada opinión. Es,  pues, un momento difícil para ella ya que siente en carne propia el fantasmagórico dilema del cientista social –más crudamente vivido en el antropólogo-: ¿tomar partido o no de lo estudiado?

Resuelvo los conflictos…

Al final ella argumenta en medios que no se derrocha el agua, sino que se usa, y que además es un aglutinante social. Ella se decide: defenderé mi trabajo y defenderé lo mucho de ciencia que puede tener. Se defiende también a sí misma, a la identidad creada al calor de las actividades en Vallecas y a su decisión por valorar y participar en lo que ha visto. Ciertamente, en el texto procura mantenerse objetiva, ¿pero por qué no creer que, a la vez, está contenta con lo que hace?

La herencia naturalista

Como vemos, ella apuesta por un proyecto que excede sus conclusiones de investigación. Ella participa  y toma postura. Es esta elección por la cual empieza a discutir la prestancia que tiene en la metodología antropológica la observación, técnica entendida como heredera del Naturalismo, la cual se basa en observar al objeto en su estado natural e identificar patrones, movimientos, etc. Claramente, una cosa es ver células y otra es ver a seres humanos. Aunque también sobre el primer caso los científicos han dicho que para que puedan ser vistos esos elementos microscópicos, estos sufren una afectación en su estado natural. Quiérase o no, se influye.

Por ende, la autora habla de cómo esta mirada ha trascendido y muchas veces ocasiona conflictos. De ahí que hable de una mistificación de la extrañeza. Del “choque” como impronta importante en la labor antropológica. Es como si “sin choque no hay paraíso”. Sin embargo, ¿es necesario tenerlo tan presente? En contraposición, llama la atención sobre la afinidad, sobre la semejanza de intereses y que si eso puede motivar a un mayor y mejor arreglo investigativo. En ese sentido, considero, no podemos pensar que si nos “acercamos” demasiado a nuestro sujeto u objeto de estudio perderemos nuestra capacidad crítica. Pensar así es, por decir lo menos, soberbio. Por esta razón, la autora habla de las herramientas de la carrera y de la capacidad de abstracción como presentes insumos para poder seguir identificando e interpretando materias que podamos estudiar. Sin embargo, es un debate que está pendiente y que merece mayores acercamientos en nuestro país. Si no…

– ¿Profesora, puedo investigar el espacio de acción de los mimos?

– Sí, claro, Humberto.

– ¿Pero como mimo? Tengo mi grupo. ¡Utilizaré el concepto de habitus!

– Es preferible que no, Humberto. Es que perderías objetividad. Tú sabes, hay que tener ciertas distancias…

– Pero, ¿y cómo Wacquant[1] puede…?

– Humberto, él tiene un doctorado.

Es lo que digo. Se tiene muy presente la idea de “choque”. La cuestión se problematizaría más ya que se arguye hoy en día que las poblaciones que otrora eran representadas por el antropólogo ahora tienen ellas mismas a sus interlocutores. Incluso hay antropólogos nativos. ¿Cómo conciliar la empedernida idea de que “hay que extrañarnos” con la de un investigador que quiere estudiar a su propia cultura?

Intervenciones e intervenciones

Pasemos a otro tipo de afinidad, la sociopolítica. Lorenzi conceptualiza la idea de patrimonio cultural. Indica de cómo al inicio las valoraciones sobre algo surgen de unas cuantas personas para que, posterior y políticamente, este gane relevancia y sea tomada en cuenta más allá de su valor comercial. En este proceso hay una “toma de conciencia” por sobre el objeto. Mucho tiene que ver la opinión de alguien informado; en este caso, el antropólogo. Es lo que ocurrió con Lorenzi: al dar una opinión desde su estatus de académica, la fiesta pudo ganar un mayor respaldo. Ahí radica una de las potencialidades del antropólogo. Ahora bien, sería ingenuo confiar en que siempre nuestras obras tendrán este tipo de efectos. Creer en la influencia política de una obra a como dé lugar relieva que se carece de una mirada de contexto. En nuestro país, son muchas las obras con gran contenido crítico pero que, sin embargo, pocos efectos han tenido en la realidad. Afirmar lo contrario puede deberse a dos cosas: i) a que no se conoce verdaderamente el rol que juega la academia en el país, o ii) a que, a sabiendas de lo que pasa, se quiere uno mantener en una postura cómoda –la de investigador financiado por instituciones privadas– y mantener sus privilegios sin intervenir en la realidad.

Si le preguntan, Lorenzi sí interviene. Interviene con los grupos con los que trabaja al presentarles su obra, dando como resultado un ambiente rico en críticas y en comentarios de reconocimiento (cosa que no siempre ocurre), e interviene también al presentar talleres en instituciones juveniles a los jóvenes sobre la historia de la fiesta y al darles a conocer la valía que tuvo el trabajo organizado para la constitución del barrio, facilitando con ello el diálogo intergeneracional. En esta parte, Lorenzi concilia dos inquietudes: la académica y la social, que no siempre tendrían que estar desligadas si atendemos que existen metodologías participativas y que podrían ser mejor ligadas con un enfoque de afinidad[2].

Siguiendo con ello, Lorenzi reflexiona sobre la importancia de tener referentes más allá de la academia (o sea, antropólogos que laboren en el Estado, los barrios o instituciones privadas de carácter social), suponiendo de esa manera que con sus experiencias podría ponerse más en tela de juicio la regla del “choque” y, por otro lado, buscando maneras de que en la Antropología se tengan más estrategias de investigación participativa.

Colofón

Refiriéndome ya al tema que estudia Lorenzi, me parece increíble el prolijo desarrollo teórico sobre ideas acerca de los movimientos sociales, sus lógicas de acción, el empleo que pueden tener de la cultura o el arte –y sus significaciones–, así como la idea de patrimonio cultural. Lo que ella narra se parece mucho a lo que sucede actualmente en el cerro La Balanza de Comas, donde diversos colectivos artísticos y sociales se involucran con los vecinos del lugar para generar espacios de convivencia vecinal enfocados en el arte, la cultura; en resumen, en un desarrollo comunitario integral. Creo que esta lectura les sería muy provechosa para ellos. Finalmente, incentiva mucho lo que viene ocurriendo en España cuando menciona ella cómo profesionales formados en la “intervención” (como “la enfermería, el trabajo social, la educación social, pedagogía,…”) ven a la Antropología como un campo para continuar sus estudios. Me parece descollante la idea de relacionar ambas ramas profesionales y por eso saludo y dedico este texto a Loli Toribio, educadora social, y a Anna Juanola, docente de inicial, inmensas mujeres de las tierras españolas que intervinieron mi vida. En especial, claro está, a mi queridísima e inolvidable… Dolores.

 

12-11-15

 

 

[1] Loic Wacquant (1960). Sociólogo francés especializado en temas urbanos que se adentra en un gimnasio del gueto de Chicago para comprender los mecanismos de segregación y racismo. Al final, termina estudiando las formas en que un boxeador se hace. Para poder entender mejor ello, Wacquant termina aprendiendo de jabs y ganchos. Se convierte en boxeador. Como concepto clave usa el habitus, un, por momentos, impreciso concepto de su maestro, Pierre Bordieu que quiere dar a entender el modo en cómo toda una gama de aprendizajes sociales toman forma en el cuerpo de un ser humano. Recomiendo intensamente una entrevista que le hacen a Wacquant: Pensamiento crítico y disolución de la Doxa, la cual puede ser encontrada en Internet.

[2] Afirmar la importancia de la “afinidad”, no significa que desistamos de la capacidad de extrañarnos. Nos mantendremos en esta situación siempre y cuando permanezcamos como sujetos críticos.