Así no lo parezca, a la fecha de publicación de este artículo estaremos a dos semanas y cuatro días del inicio de los comicios electorales. No solo eso, estaremos a cinco días del inicio de los debates centrales que organiza la ONPE donde cada candidato expone sus propuestas y además tiene la oportunidad de poder refutar y comentar los planes de otro político en frente de la televisión nacional. Las elecciones están más cerca de lo que pensamos aunque queramos pensar que aún siguen siendo distantes, pero tenemos que comenzar a entrar en razón acerca de lo crucial que va a ser este proceso, y que no solamente el electorado no está listo para definir su voto, sino que la clase política que participa tampoco aparenta estar preparada para la campaña. ¿Por qué es esto sumamente preocupante? Si no saben cómo administrar su propia imagen y manejar su partido, es cuestionable que se pueda estimar que están listos para administrar un país entero. Cada candidato tiene un problema particular, y algunos son más consternantes que otros. Por un lado tenemos a una candidata soñadora que está lista para poder elaborar políticas públicas de la mano con Alexandria Ocasio-Córtez en Estados Unidos, y por otro lado tenemos a un conjunto de candidatos que tienen complejo de gerente y argumentan su capacidad de manejar un país con el éxito empresarial que han tenido. En el Jardín del Edén encuentras de todo, y en el Perú encuentras de todo y más. Sin embargo, ¿Se puede decir que realmente tenemos una clase política lista para competir para poder hacerse del sillón presidencial, y a partidos lo suficientemente fuertes como para colocar bancadas contundentes que definan lo que sucederá en el país en el siguiente quinquenio? Estos últimos días han resuelto aquellas preguntas por medio de los debates y las grescas políticas que se han dado tanto en la calle como en redes sociales. A modo de adelanto, las respuestas han sido de todo menos alentadoras.

Por el lado de los candidatos presidenciales, hay un fuerte problema que se mantiene como una constante: siempre hay un error crónico en las candidaturas que han visto que afecta a la reputación del candidato, pero no tienen la capacidad de subsanar este error y siguen insistiendo en la misma conducta. Ello se ve por medio de dos situaciones, en las que el candidato se expresa de forma poco realista y repite propuestas que ya han sido criticadas o incluso han sido declaradas inviables por diversas organizaciones, o bien recurren al clásico “mutis” que pudo haber sido útil en el último trimestre del 2020 para candidatos como Forsyth, pero que ahora no le hace ningún favor a la candidatura, ya que crea una imagen de cobardía y de alejamiento del electorado, lo que ahuyenta toda intención de voto sincera que puede darse. Por otro lado, al evaluar las listas de candidatos al Congreso, todos cometen errores distintos que no solamente perjudican a su número sino que a su partido. Los errores van desde incongruencias entre la postura del candidato y la postura partidaria, lo que crea un distanciamiento imaginario que se implanta en la mentalidad del electorado y genera una inestabilidad que realmente no existe, además, también se dan errores dentro de su discurso donde se muestran confrontacionales hacia sectores del electorado que potencialmente pueden convencer pero que por una estrategia mal armada tienen un antivoto que cada vez incrementa más. No vemos un proceso como el de 2016, o incluso como el del 2011, cuando veíamos un diálogo más alturado que prioriza el diálogo y la promoción de propuestas propias tanto en los debates como por redes sociales. Con esto no quiero decir que la confrontación no existía, incluso esta llegaba a ser más fuerte con la presencia de más partidos de derecha y la unidad de la mayor parte de la izquierda en el Frente Amplio, sino, quiero decir que el diálogo llegaba a opacar a la confrontación y finalmente lo que definió la victoria de la bancada fujimorista fue la colocación de los primeros lugares en Lima y el gran porcentaje de popularidad que aún mantenía Keiko en 2016. A día de hoy, estamos en un evidente descenso en la calidad de nuestros nuevos políticos, y si bien puede ser por la falta de reelección consecutiva, ello también puede ser porque ahora se busca el voto de una forma más vulgar donde el ideal de partidos “atrápalo-todo” llega a su punto máximo donde ya no les importa alinearse a una ideología, sino llegar al poder a cómo dé lugar. Por ende, en la siguiente columna se analizará cómo es que los eventos recientes como el #DebateDefinitivo del domingo 21 de marzo del 2021, el debate de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y las entrevistas que han tenido los candidatos presidenciales durante la última semana. Más adelante, se discutirá cómo es que el ausentismo puede ser un perjurio más que un favor dentro de la campaña, especializándose en el caso de Rafael López-Aliaga. Finalmente, también se discutirá cómo ciertas actitudes partidarias pueden estar adelantando el resultado de la elección al Legislativo, donde es muy posible que veamos una elección reñida sin una bancada absoluta, pero aún así mayoritaria y con potencial para conseguir alianzas fuertes. 

El día domingo 21 del 2021 se realizó el #DebateDefinitivo organizado por Canal N y América Televisión, donde fueron invitados los seis candidatos punteros en las encuestas. Todos aceptaron y confirmaron su asistencia, pero Rafael López-Aliaga denegó la invitación y prefirió dedicar la noche de dominicales al Canal 2 en Punto Final y a Willax en el programa Rey con Barba. No dedicaré esta sección a resumir el debate, sino daré los puntos más destacados que demuestran que la ponencia de la mayor parte de los candidatos estuvo atiborrada de propuestas populistas, ataques frontales e intentos de venderse a sí mismos como un producto más que reforzar su imagen política ante la población con palabras sólidas y una evaluación coherente del contexto sociocultural. Mediante la constante repetición de la “mismocracia” por parte de George Forsyth, la “ama quella, ama sua y ama llulla” de Lescano y los ataques a la izquierda de Keiko Fujimori, se puede denotar cómo es que los candidatos punteros buscan conseguir un slogan para pegar en la mente de los electores, más que intentar calar en su mente y convencerlos eficazmente. Por otro lado, también se han evidenciado propuestas populistas en el plano económico, donde Verónika Mendoza propone planes sumamente ambiciosos que el Perú definitivamente necesita, pero no puede afrontar en este momento a causa de la caída de nuestro sólido déficit fiscal y la capacidad de endeudamiento limitada que le queda al país. Además, también contempla propuestas sociales como la unión civil y el aborto legal que a día de hoy no podrán conseguir aprobación entre la mayor parte de la ciudadanía al estar aún sumergidos en el conservadurismo. Del mismo modo, Lescano tiene propuestas que van desde solicitar que se le conceda al Perú la patente de las vacunas para poder fabricarlas en territorio nacional, a sabiendas de que la patente es propiedad intelectual y no será liberada hasta que al menos pase una década, y que el Perú tampoco tiene la infraestructura necesaria para producir vacunas a gran escala.  De la misma manera, candidatas como Keiko también proponen que el sector privado e incluso la iglesia católica y evangélica puedan cooperar con el Estado para traer vacunas, a sabiendas de que las mismas ahora son un bien escaso y de por sí para los países ya es complejo el hacer las transacciones con laboratorios e intermediarios de los mismos. Para rematar, el debate se coronó con una ronda de preguntas rápidas que hizo que los candidatos se asemejan más a personajes de un programa de competencia que a candidatos a la presidencia, donde les preguntaron por su color favorito y club deportivo de preferencia cuando pudieron haberse expresado respecto a temas controversiales con respuestas cortas, donde el electorado pudo haber comprendido qué es lo que opinan los candidatos. Fue un trabajo cohesionado tanto por los medios de comunicación organizadores del #DebateDefinitivo y los propios candidatos, ya que la coalición de ambos pudo demostrar lo populistas que son las propuestas que ahora tienen los candidatos y el nivel tan bajo que está sobre la mesa de cultura política, y sobretodo, comunicación. Siendo este el debate más importante antes de los tres días de debate del JNE, es importante despertar de una vez y medir con una vara más alta a los candidatos por los que se votará el 11 de abril, ya que hasta ahora están demostrando un nivel auténticamente decadente. 

Un punto más que quería destacar, y que siento que es un caso de estudio tan particular y complejo que amerita que se le dedique una sección entera de la columna, es el caso de Rafael López-Aliaga. Como se sabe, él es el candidato que va por Renovación Popular (ex.Solidaridad Nacional) y se le suele hacer referencia mediante un apelativo ligado a un programa infantil pero me rehuso a repetirlo en esta columna por la seriedad que amerita la misma y la severidad del tema a tratar, por lo que se usará “RLA” cuando se haga referencia a su persona de ahora en adelante. RLA demuestra una conducta sumamente inconsistente al evaluarla dentro del plano de la política general. Ya que él no es el mismo político cuando está en Willax y cuando está en Latina, vemos que los periodistas se dirigen hacia él de manera distinta y él puede tener entrevistas más fluidas en Willax, puesto que en este canal él puede realizar una ponencia casi ininterrumpida sin recibir preguntas o cuestionamientos. Incluso, se le hacen celebraciones para enfatizar la imagen de bonachón que quiere proyectar, como el espacio del “Festival de Porky” realizado en Beto a Saber, donde convocaron a personajes disfrazados de Animatoons para que pueda emparentarse con ellos. Por otro lado, en otros canales él muestra una actitud más hostil y se puede decir que la mayor parte del tiempo está a la defensiva, este es el caso de las últimas entrevistas que ha tenido en Punto Final y Al Estilo Juliana, donde acusa que en el primero ha sufrido de una “emboscada” y en el segundo manifestó que la conductora era una malcriada por no dejarlo explayarse a su gusto. En redes sociales y las calles peruanas, él se ha vuelto sumamente popular al concentrar el voto conservador, evangélico y empresarial, algo que no se veía desde la época de la primera elección de Alberto Fujimori en 1990. Asimismo, su actitud política es bastante comparable a la de Keiko Fujimori en 2016, ya que la misma también tenía medios y periodistas seleccionados para darles entrevistas sin que se le sea refutado su discurso. No obstante, vemos una diferencia muy importante: RLA necesitó mucho más impulso que Keiko, ya que mientras que Keiko empezó con más de 30% de intención de voto, RLA empezó en “otros” y aún no supera el 10%. Estas semanas han servido para demostrar que RLA no solo es inconsistente dentro del panorama general, sino que también lo es ahora con su público objetivo, ya que la valentía que él proclama tener no puede demostrarla al asistir a los debates y enfrentar personalmente a sus contrincantes. Por otro lado, también canceló la entrevista a “Amor y Fuego”, un show de espectáculos en Willax que por cierto es el único programa al que aún no asiste el candidato presidencial. Asimismo, ha utilizado para su defensa ante el JNE a Humberto Abanto, abogado que participó como árbitro en las contrataciones entre la empresa brasileña Odebrecht y el Estado Peruano, lo que contradice su discurso de rechazo total hacia dicha empresa y la amenaza de expulsarlos una vez él alcance el poder. El día de ayer por la tarde se confirmó que ha cancelado un debate más, el de la Universidad Mayor de San Marcos, donde tendría que enfrentar a Marco Arana y Julio Guzmán. No se sabe hasta ahora si asistirá al debate organizado por el JNE donde nuevamente tendrá que enfrentar a Julio Guzmán. Si se tiene que usar algún caso de estudio o ejemplo conciso para demostrar la decadencia en la que se encuentra la comunicación política del Perú, se podría usar perfectamente el caso del señor RLA, puesto que él concentra el populismo, la actitud informal y la intención desesperada de atrapar al mayor electorado posible así ello signifique perder toda la seriedad que conlleva una elección presidencial.

Finalmente, es momento de resaltar que los candidatos al legislativo no se quedan atrás ya que ellos también son un reflejo perfecto de lo decadente que es nuestra clase política, y una muestra de que si la crisis de los partidos ya era grave a inicios de la década, ahora está en una situación insostenible y absolutamente vergonzosa. Para empezar, cabe acotar que la mayor parte de partidos tradicionales ya no existe, pues han perdido la inscripción, o están próximos a perderla al tener a sus candidatos presidenciales muy lejos de la valla del 5 %. Ello significa que casi todos los partidos que se encuentran punteros, exceptuando a Acción Popular, son partidos que han nacido en la década del nacimiento de los partidos “atrápalo todo”, y partidos como “Victoria Nacional” son perfectos ejemplos de un partido que hace función de vientre de alquiler. ¿Por qué es esto importante? Porque esto significa que las comisiones políticas ya no tienen la calidad que tenían antes, y por ende ahora es muy probable que la mayor parte de puestos en las listas congresales hayan sido comprados, lo que les da carta blanca a los candidatos al Congreso para poder expresarse acorde a sus propios intereses sin que tengan mayor interés de preservar la imagen de su partido. Una evidencia de esto puede verse al ver el discurso contradictorio de los congresistas de Avanza País, la actitud hostil de la mayoría de la lista congresal de Fuerza Popular, y los conflictos internos que aparentemente habría en la lista de Victoria Nacional donde su líder acusa que existe una “mismocracia” pero aún así se pueden ver a varios congresistas que iniciaron en Fuerza Popular hace más de cinco años. Además, se puede observar una situación compleja dentro del Partido Morado, donde ni siquiera sus propios candidatos se ponen de acuerdo acerca de qué medidas son aprobables por el partido y por eso pueden verse peleas por redes sociales donde no ayudan a la imágen pública de su partido, y comunican una imagen de inestabilidad más que de unidad. Hace meses se hizo popular una fotografía tomada en Av.Conquistadores de San Isidro en Lima Metropolitana, donde candidatos de varias listas se tomaban una foto juntos mientras hacían campaña. Dicha foto ahora es una ficción, puesto que diariamente se ve que por redes sociales como Twitter y Facebook hay enfrentamientos entre las listas para demostrar la superioridad e incluso acusar a algunas de cierta afinidad con personalidades controversiales, para así intentar que el voto de la lista atacada migre a la lista atacada. Si en algún lugar se empieza a evidenciar la Guerra Sucia neta de esta época electoral, es en la elección al Legislativo, ya que ahora empiezan a verse enfrentamientos fuertes y directos entre personalidades. Por el momento queda esperar a que dicha guerra empiece en las presidenciales, tal vez ocurra una vez terminen de responder si les gusta el ceviche o el arroz con pollo en televisión nacional. 

Recuerdo que durante mi último año de secundaria leí el libro “La Década de la Antipolítica” de Carlos Iván Degregori para escribir mi monografía de bachillerato acerca del régimen fujimorista. En ese momento, muchas cosas que leía en las noticias empezaron a tener sentido, puesto que al fin entendía por qué se dio una transición tan brusca entre el discurso alturado que en el pasado observamos de Haya de la Torre hasta que un candidato pueda ganar las elecciones por aparecer en un tractor y salir bailando una cumbia por los mercados. La antipolítica se ha vuelto una constante no solo en el Perú ni en la región latinoamericana, sino que en el mundo, y se ha ido perfeccionando elección tras elección, hasta llegar al panorama que vemos hoy en día con una antipolítica en su estado más puro, donde ha superado a los partidos “atrápalo-todo”, y obedece a la naturaleza de su propio nombre, donde hacen de todo menos política en pro de la polis, en pro del pueblo peruano. La campaña electoral hasta ahora demuestra que estamos en la decadencia de la política y cómo es que la comunicación política refleja ello con aún más intensidad. Es difícil especular qué más le espera al Perú, puesto que nos encontramos hace ya mucho tiempo en un punto de no retorno. El modelo político peruano no ha evolucionado, sino que ha involucionado, y dada la compleja coyuntura que estamos atravesando ahora, realmente no podemos ver la luz al final del camino. Las cosas ya no pueden mejorar más de lo que ya están.