La fecha hoy parece lejana, pero en realidad, está demasiado cerca como para olvidarla. Con la llegada del 2019, el acercamiento del Bicentenario de la Independencia del Perú es una realidad cada vez más apremiante. Seguramente esta fecha histórica será motivo de conmemoraciones y celebraciones,  pero asimismo lo será de reflexión e investigación. Es aquí cuando el asunto se torna complicado: ¿Cuál es la visión que se debe tener de nuestra historia? ¿Cuál es la perspectiva que asumir con respecto a las lecciones y pautas de acción que nos ofrece?  ¿Siquiera sabemos cómo interpretar algunos momentos de nuestra historia que nos permiten tejer una narrativa nacional? ¿O es que la “implosión” de la realidad pluriétnica y multi-diversa en los últimos años ha convertido en insostenibles todo tipo de narrativas nacionales? Podrían parecer cuestiones superfluas en la coyuntura histórica actual –la crisis política e institucional del Estado-, pero en realidad están íntimamente relacionadas con ella.

En efecto, hoy tenemos –como sociedad- una auténtica crisis de identificación socio-política.  Convivimos con muchas maneras distintas de observar a la nación y el papel del Estado, de entender nuestra cultura política y el nivel de intromisión que puede tener el ámbito público en el privado. Esta crisis general nos impide colocar certeramente un identificador étnico-cultural en un censo (2018), nos hace incapaces de comprender la problemática regional (distinta según el caso), nos dificulta el acercamiento entre posiciones ideológicas contrapuestas (no solo izquierda y derecha, sino los múltiples cruzamientos entre liberales y conservadores), le añade tensión a nuestra capacidad de elección política (crisis de representación política) y reduce nuestros significantes comunes como nación a productos culturales moldeados por el mercado y el mass-media (el fútbol y la comida peruana, por ejemplo).

Por estas razones, la elección de una interpretación historiográfica “nacional” para el Bicentenario resulta un problema sin virtual solución. La narrativa solo puede ser plural y se puede buscar reconocer en ella a las diversas tendencias de aquellos que buscan reconocerse como peruanos sin, por ello, renunciar a unos principios básicos. Pero, ¿en qué podemos ponernos de acuerdo sin enfrentarnos mutuamente? Será posible, tal vez, que entendamos mejor esta reflexión apelando a la historia. 

La celebración del Primer Centenario de la Independencia, en 1921 durante el Oncenio de gobierno del presidente Augusto B. Leguía, la visión que predominaba de nuestra historia era la de los grandes héroes que habían forjado la nación. Simón Bolivar, San Martín y el resto del elenco libertador, hoy parte del Panteón de los Héroes nacionales, a quienes se dedicaron monumentos y festividades –de parte de peruanos y extranjeros-, aparte de discursos como el muy sonado “Elogio de Simón Bolivar” de Germán Leguía y Martínez. En este discurso  se recordaba a Bolivar como un ser de “justicia insospechable, pero presta a tornarse en inflexible, hallándose de por medio la razón de Estado, y más que todo, si la patria está en peligro; que decreta la guerra a muerte, y la cumple”. La nación de los héroes representaba al Perú y le daba su razón de ser en 1921. El Perú, así, había obtenido la independencia por acción de los libertadores y les merecía su respeto, pero la nación peruana no había obtenido su libertad sin luchar –como antes y después se ha dicho en algunos libros de historia-, sino que tenía una trayectoria de rebelión contra la autoridad española. Esta tesis la sostenia La Revolución de la Independencia en el Perú, libro reeditado por Luis Alberto Sánchez para esas fechas y escrito por Benjamín Vicuña Mackenna, un historiador chileno que antes de la guerra entre ambos países tenía simpatías por el Perú.

Esta visión romántica de la historia de la independencia se entrelazaba con una visión pesimista y combativa producto de la Guerra con Chile, la cual se expresaba en el indigenismo del Oncenio (producto de la reivindicación del indio), y el anarquismo de la prédica de Gonzáles Prada. Pero no solo ellos sostuvieron posturas antagónicas para expresar el sentir nacional en la época. Si para Gonzáles Prada, al Perú lo haría resurgir como nación grande “el odio a Chile”, para Victor Andrés Belaunde, “Nuestra cuestión con Chile” no distaba en mucho de esa interpretación.

Así, la Generación del 900 sostenía dos tesis contradictorias: el Estado-nación mestizo, por un lado, acuñado por Belaunde y otras figuras, y el Estado-nación indio sostenido por figuras como C.D. Valcárcel, entre otros. Asimismo, la visión de la historia era la de los héroes y sus biografías, y se le había añadido a la epopeya de la independencia, el mito de la Guerra con Chile. Así fue construido nuestro “ser nacional” por la historiografía impartida en la escuela, al menos hasta que el discurso crítico nos despertara a mediados del siglo XX. Este último hizo surgir preguntas como: ¿por qué el Perú celebra su independencia al final en Latinoamérica? ¿Fue realmente la independencia deseada por los peruanos? ¿Túpac Amaru y otros movimientos rebeldes no deberían considerarse como intentos de independencia? La crítica historiográfica (y cultural) de los 60’s y 70’s vino a renovar estos puntos de vista, pero los dejó excesivamente sedimentados como narrativas pesimistas de la nación. Esta parecía no existir, nunca haber existido, o no haber deseado existir.

La idea crítica, valgan verdades, ayudó a de-construir la historia de los héroes, pero dejó un campo infértil de identificación nacional para el futuro. Las naciones –hoy lo podemos reconocer- se hacen y se construyen, no nacen con su unidad política ni la preceden, sino que son realidades en permanente reconstrucción. Esa es una idea que no nos puede dejar; la preocupación por un futuro político menos corrupto, por la limpieza de la “nación”, por no “manchar la camiseta”, etc., son todas demandas de una sociedad civil que dentro de la confusión entre lo que es nación y lo que es Estado, reclaman por un cambio total, un cambio en la forma de manejo del Estado, en la representación política, en la administración económica, en las relaciones entre conciudadanos y en los ejemplos culturales. Asistimos, de verdad, a una crisis total. Pero, al fin y al cabo, esta expresa la voluntad de cambio de una nueva generación cuyas banderas de lucha conservan el color de la esperanza por una mejor nación futura.