Para Mario Vargas Llosa, su primera novela significó la apertura al mundo de la literatura peruana y mundial. “La ciudad y los perros” (1963), además de sus premios, formó parte de los títulos que dieron inicio al ‘boom latinoamericano’. Al tener múltiples ediciones y haber sido traducida en una lista larga de idiomas siento que esta novela, además de “Conversación en La Catedral”, es la insignia por la cual conocen al Nobel peruano. La historia de esta ficción es bastante conocida por muchos, pero no está demás mencionarla a continuación. La obra trata de la vida de un grupo de jóvenes internos (cadetes) en el Colegio Militar Leoncio Prado. A través de distintas focalizaciones, Vargas Llosa pone en cuestión temas como la figura masculina (como construcción de identidad) y la sexualidad, el machismo (dentro de hogares de los personajes), así como la violencia verbal y sexual.

Más allá del análisis propio del contenido de la obra y las técnicas narrativas usadas a lo largo de esta, es importante señalar un tema que ha sido trabajado recientemente por Sergio Vilela en “El cadete Vargas Llosa”: la relación entre la realidad y la ficción. Algunos peruanos recordarán que el lanzamiento de esta novela no se recibió como una noticia buena; fue, prácticamente, todo lo contrario. Una situación que no ha sido comprobada, pero le da bastante importancia a la novela, es la quema de mil ejemplares de la novela en el patio del Colegio Militar Leoncio Prado. Si bien este acontecimiento ha quedado como un mito de fama de la novela, sí existió (y puede que siga existiendo) un malestar por parte de los militares y miembros del Leoncio Prado hacia esta ficción porque “sacó a la luz” verdades que ponen en tela de juicio a su buena presencia social. A partir de este punto parte el problema que quisiera tratar a continuación: ¿cuáles serían (en este caso en específico) los límites entre la realidad y la ficción?

Escojo exclusivamente este caso, porque está discusión ha sido trabajada muy a fondo y con océanos de tinta por críticos y teóricos literarios; por ello, un artículo acerca de ello no haría más que tocar apenas lo que merece más páginas de trabajo.

En “La ciudad y los perros”, Mario Vargas Llosa recoge varios aspectos de la realidad para construir la ficción de la obra. Se escogerán dos puntuales para analizar este tema.

El primer aspecto que resalta a simple vista es el colegio Leoncio Prado. La mayor parte de las acciones durante la novelándolas se llevan a cabo en este ambiente, lugar en el que Vargas Llosa pasó unos años de su vida. Dentro de este espacio, los distintos narradores describen los abusos tanto por parte de los lideres militares (oficiales) como por aquellos que se ganaban la fama de líderes por su temperamento agresivo. Algunas escenas como las violaciones a gallinas y la ruptura de reglas dentro de la institución dejan mal parados a todos aquellos que son responsables por la formación de los cadetes. Aquí es el punto por el que se rigen los críticos militares de este libro: la reputación. Sí, es cierto que se usa el nombre del colegio para orientarse en el espacio y darle coherencia a lo relatado; sin embargo, el simple hecho de que todo esto se cuente en una novela ya lo convierte en ficción total, sin ninguna garantía de que ocurrió al pie de la letra. Puede que sí se interprete con una imagen “falsa” al colegio porque se ha usado el nombre, pero esto sólo sería caer en el juego de la literatura y en la denominación de la novela como una autobiografía.

Un segundo punto a discusión son los personajes. Los autores, en general, basan sus personajes en alguien que han conocido o visto por un segundo en sus vidas. Efectivamente, Vargas Llosa tomó como base de los personajes de su novela a algunos compañeros cercanos (y no cercanos) de su promoción (u otras) durante su educación en el Leoncio Prado. En “El cadete Vargas Llosa”, Vilela comenta esta construcción de personajes con el apoyo de una entrevista que le realizó al autor, en donde esté afirma y revela algunos nombres de inspiración. Los personajes de los que se habla son del Jaguar, un personaje inspirado en un cadete de apellido Bolognesi, y el Esclavo, un joven de apellido Lynch, quien, como cuenta Vargas Llosa, era el punto de burlas y golpizas en el colegio militar. La pregunta es, ¿quién representa al escritor? No existe un personaje en específico, pero sí dos que se asemejan a las actitudes y pensamientos del escritor. Estos son el Esclavo, por su aura callada y tranquila, y el Poeta, por su actividad literaria dentro de la escuela.

Así como “La ciudad y los perros” existen ficciones que han recibido una mala recepción por parte del público lector justamente por este tema. Inclusive, algunas autobiografías, el género “menos ficcional”, pueden entrar en este debate por algunas situaciones que involucran a terceros o a los escritores mismos, pero que puedan afectarlos de cierta manera.

Me gustaría concluir con una cita que engloba lo dicho anteriormente y abre a más interpretaciones de muchas obras. En “La loca de la casa” de Rosa Montero, se narra una especie de autobiografía de la escritora española y sus pensamientos respecto de la escritura en sí, la narrativa y el empleo literario y periodístico. No obstante, debido a la intervención de personas externas a ella -a pesar de haber quedado en anonimato-, así como de escenas sobre ella un poco reveladoras, el final del libro, en el “Post scriptum” dice lo siguiente: “Todo lo que cuento en este libro sobre otros libros u otras personas es cierto, es decir, responde a una verdad oficial documentalmente verificable. Pero me temo que no puedo asegurar lo mismo sobre aquello que roza mi propia vida. Y es que toda autobiografía es ficcional y toda ficción autobiográfica, como decía Barthes.”