— ¿Te molestaría que me siente un momento? –le pregunté–. En ese instante, sentí que el tono de mi pregunta fue demasiado duro. Se trataba de una mujer de la tercera edad, pero no sé por qué me dirigí a ella hablándole de tú a tú.

El pasado domingo 7 de mayo me encontraba caminando por las calles de Miraflores que dan hacia la Vía Expresa, en el límite con Surquillo, en las que uno puede observar a la gente andar en bicicleta o correr por la vereda, sin la menor preocupación por la vida.

—Sí, sí. No hay problema –me respondió sin preguntarme qué es lo que quería saber al sentarme a su costado–. Tal vez pensó y dijo en su mente: “¡Qué joven tan confianzudo!”. Lo único que sé es que el mueble en el que estaba tenía una historia. Charlamos sobre lo que se nos vino a la mente.

Cabello blanco, estatura mediana y una sonrisa que irradiaba un poco de ternura. Así era la madre de Fanny, la mujer con la que, repentinamente, pasé la tarde del domingo hablando sobre su colección de anticuarios. Ambas se encontraban en el primer puesto de venta de antigüedades de la calle Alfonso Ugarte, en la intersección con la calle Colina. Comenzó diciéndome que solo hablaba conmigo porque a esa hora del día, el número de clientes disminuye; por la mañana, en cambio, no tiene tiempo ni para darse un respiro. Se trata de un pequeño conjunto de puestos de venta de antigüedades a los que la Municipalidad de Miraflores dio una mano desde el mes de octubre del año pasado. Al principio, conversaron con cada uno de los vendedores, y al ver que también les interesó la propuesta, se comprometieron a concretar la iniciativa. Es una cuadra y media de recuerdos del siglo dieciocho, diecinueve y veinte.

—Tu hija me comentó que no siente ningún vínculo sentimental por las antigüedades. ¿Cómo es esto posible, estando rodeada de varios objetos interesantes? –le pregunté–.

—Supongo que se tomó muy en serio el papel de comerciante -dijo entre risas-. Pero en realidad, al pasar el día entero al lado de tanta belleza, es imposible no sentir algo. Nosotras empezamos a comerciar con objetos antiguos ya cuando teníamos la edad avanzada, pero toda nuestra vida hemos vivido rodeadas de anticuarios. Supongo que la mayoría es por herencia familiar, pero también los hemos ido adquiriendo a lo largo de los años en subastas y ventas repentinas. Ah, todas son europeas, por cierto. Nos gusta ese estilo.

Si algo me causó gracia fue que a tan solo dos cuadras de donde nos encontrábamos, había dos lugares en los que vendían artesanías peruanas. El mundo europeo occidental versus el precolombino, al parecer han sabido coexistir pacíficamente a pesar de encontrarse a dos cuadras de distancia.

Fanny, la hija de la mujer con la que me encuentro hablando, nos mira de rato en rato. Pensó que estaba interesado en una de las piezas de colección, así que llamó a su madre un momento, y ella le dijo que solo nos encontrábamos charlando, que una charla un día domingo a las cuatro de la tarde no tiene nada de malo. A diferencia de su madre, Fanny tuvo un contacto con las antigüedades a una edad mucho más temprana. Hoy en día, sin embargo, noto que la mayoría de los asistentes al punto de venta son personas mayores. Muy mayores.

—No creas –me dijo Fanny–. Si hubieras venido por la mañana, te habrías dado cuenta de que hay muchos jóvenes de tu edad a los que también les gusta esto. Pero me agradaría que tuviéramos más cultura sobre la historia de los objetos antiguos.

—Pero a ti no te gustaban las antigüedades cuando eras pequeña –le respondí–.

—Sí, pero muchas veces es como el hábito de la lectura. Uno no sabe que le gusta leer hasta que, por casualidad, compra un libro interesante o descubre una revista con un tópico que te entretenga. Eso me pasó a mí. Las personas que pasan por aquí miran los objetos antiguos, hacen un par de comentarios y luego se van. Pero hay otros que ya han venido repetitivas veces. Eso es muestra de que hay algo en esta pequeña feria que les gusta.

Dos personas interrumpen nuestra conversación. Una le dice a la otra, señalando una vasija: “Oye, ¿te acuerdas de esta? Como la que tenía mamá”. Ese es el tipo de sensaciones a las que Fanny se refiere. A pesar de que ella no sienta mucho afecto por las antigüedades, las personas que las compran, sí. De alguna manera, les hacen recordar a una madre, un padre, un abuelo o algún amigo que ya no se encuentra en este mundo.

—Retroceden cuarenta o cincuenta años atrás, y les entra la nostalgia -me dice mientras les explica los precios-. Lo entenderás cuando seas mayor. Yo no lo entendí cuando era pequeña, así que todavía estás a tiempo.

— ¿A cuánto el de acá? –le pregunta un comprador–.

—Doscientos soles –le responde Fanny–.

Sigo caminando por los puestos de venta y me abro espacio entre la gente. Cada vez son más los que vienen a comprar, a observar, a pasar el rato. Un tocadiscos, dos pinturas, vasijas, sombreros de los años veinte, una bicicleta (de esas que tienen las ruedas delgadas), el casco de un buzo, el timón de una embarcación, una pequeña imagen de Buda, llaves oxidadas y un portarretratos con una imagen que dice: “Las tendencias desaparecen, el estilo es eterno”. Repentinamente, me encuentro con otra mujer de cabello corto y piel un poco arrugada, que está sentada hablando con su hermana gemela. No sé a cuál de las dos dirigirme.

— ¿El espejo de allá está en venta? –pregunto–.

En realidad solo trato de entablar una conversación vaga.

—No. Este es el único que no se encuentra en venta.

Unos segundos después, descubrí que aquel espejo le pertenecía a su madre, cuando todavía se encontraba viva. Siempre la veía peinarse y arreglarse para las fiestas. Ahora que ella no se encuentra a su lado, la única manera de recordarla es a través de los objetos que usaba. El espejo, que solo lo exhibe como una forma de atracción al cliente, es uno de ellos. “Tendrían que pasar muchas cosas para deshacerme del espejo de mi madre”, me dice sin titubear. Luego agrega: “Por el momento, yo lo amo, lo quiero. Es parte de la historia de mi familia”. Le creo.

Mientras me retiro y me despido de las mujeres de los anticuarios, no puedo evitar escuchar a una abuela y a su nieta que caminan en dirección a la avenida Ricardo Palma. Me acerqué lo más que pude, sin levantar sospechas, y descubrí que hablaban sobre una plancha de carbón.

—En mi época, la usaban los sastres. Tenemos una en la casa, ¿no? ¿O está en la de tu tía? Creo que se la llevó porque ya nadie la utiliza.

Cosas del pasado.