Editora: Massiel Román Molero

Últimamente me he cruzado con adolescentes casi a diario. De regreso a casa suelo coincidir con la hora de salida de varios jóvenes que caminan agotados por el paso del día. Me gusta camuflarme entre ellos y escuchar sus conversaciones cuando mis audífonos quedan olvidados en algún rincón de mi bolso.

Hace unos días, cuando hablaba con una gran amiga sobre la molestia que trae hacer todo el papeleo que conlleva realizar la convalidación de las prácticas preprofesionales, me di cuenta que nuestra generación ha crecido sobreprotegida

Alguien nos ha metido en una burbuja rosa y nos ha dado una patada en el culo con la tonta promesa de que todos conseguiremos un trabajo fijo con un sueldo digno que cubra, al menos, nuestras necesidades básicas y, sobre todo, que la gran parte de nuestros sueños serán cumplidos con el chasquidos de nuestros dedos.

Lo cierto es que hemos crecido despreocupados. Todos estamos bajo el amparo de un gobierno que no vela, ciertamente, por los derechos de todos sus ciudadanos, pero con unos padres que suelen tirarnos el tejo de súperhéroes, de que todo lo podemos

Entonces, llegas a los 20′s y, como un trueno en altamar, tu vida es golpeada por la realidad. La burbuja explota: la vacante para trabajos reduce y los sueldos dejan de ser lo “justo” … Y esos jóvenes felices y despreocupados se convierten en niños incapaces con pocas oportunidades. 

A lo largo de la universidad, he visto cómo el pago de las matrículas se multiplicaban y decenas de compañeros se retiraban con el corazón en mil pedacitos. Otros tantos se vieron obligados a trabajar para poder darse el lujo de continuar con sus estudios. 

Así también, hubo quienes no se enteraron de nada porque sus padres siguieron protegiéndolos. No los culpo porque yo fui parte de ellos. Otros, por otra parte, despertaron de golpe y su capacidad de reacción les obligó hacerse adultos. Ahora estoy en esa etapa. 

Me consuela saber que este país caerá en las manos de quienes ya están acariciando este choque. El exterior es cruel. Nada lo consigues fácil. Es justo ahora cuando comprendo realmente el esfuerzo que hacen mis padres para darme todo este lujo de educación. Es justo este maldito momento que entiendo a la perfección lo que esconde la frase “quiero un descanso” después de llegar del trabajo.

A veces, quiero darme un respiro, pero luego recuerdo lo mucho que me ha costado obtener un trabajo, un proyecto de sueño y una carrera, y se me pasa. Así que después de las 11 p.m. –hora aproximada que llego a casa del trabajo– me doy un break de una hora y continúo laborando hasta que mis ojos cierren cortinas.

Yo no sé si esta sea la generación mejor preparada para afrontar todo lo que se viene, pero, al menos, espero que cada joven que choque con esta realidad salga lo menos herido posible.