¡Fujimori nunca más! ¡Que el autogolpe jamás se repita! Cinco de abril, vergüenza nacional. Frases como estas han sido repetidas hasta el hastío tanto en medios de comunicación como en redes sociales. No sería arriesgado sostener que, si se emplean como focos de análisis tales ámbitos, la batalla por la memoria ha sido ganada por los demócratas. Sin embargo, aquello dista de ser lo más cercano a la realidad. Escuchar a periodistas o líderes indignados por el auto-golpe no implica, necesariamente, que sus respectivos seguidores se compren el discurso institucionalista. Que esta última semana diversos políticos hayan afirmado que “el golpe se pudo evitar” no es sinónimo de que las personas a las cuales, supuestamente, ellos representan, condenarían un hipotético cierre del Poder Legislativo. Creo que existen muchos más indicios para pensar que, a pesar de haber transcurrido más de dos décadas de aquella histórica fecha, la gran mayoría de peruanos apoyarían una iniciativa autoritaria de aquel tipo.

No nos engañemos. Fujimori y una buena parte de sus colaboradores estarán en prisión; no obstante, gran parte de los peruanos ha interiorizado la idea de que para gobernar este país se necesita “mano dura”. Perú es uno de los países que exhibe los índices más bajos de respaldo hacia valores democráticos, incluso en el contexto latinoamericano. Según el Latino barómetro (2013), solo el 25% de peruanos se encuentra satisfecho con el régimen democrático. El 36% cree que es posible una democracia sin la existencia de partidos políticos. Asimismo, según la misma investigación, casi la tercera parte de la población considera que es posible vivir en democracia sin un Congreso nacional. Por último, solo el 19% manifestó sentirse interesado en la política. Así es, una democracia sin equilibrio de poderes, ni fiscalización de por medio, ni partidos que canalicen demandas, ni ciudadanos interesados en discusiones públicas, todos ellos baluartes fundamentales de cualquier democracia consolidada. El “ritmo del chino” ya no sonará en la televisión, pero los legados de su gobierno autoritario permanecen vigentes. Nuestra economía crece a ritmos asiáticos(o mejor dicho, crecía), pero el fortalecimiento de las instituciones, y sobre todo, la confianza de la población hacía tales, no van acorde.

La batalla por la memoria sigue siendo ganada por aquellos que promueven y defienden un modelo carente de cualquier atisbo de respeto hacia valores democráticos. Tal sector de la población se manifiesta diariamente, aunque solo suele ser tomada en cuenta cada cinco años, cuando un candidato de talante autoritario amenaza la estabilidad, no de un país, sino de determinados “bolsillos”, por supuesto. Esperamos que cuando los agentes involucrados en este tema sean conscientes de su rol preventivo de eventos infaustos como el 5 de abril, no sea porque estemos “lamentando” otra emprendida autoritaria.