A las 2:28 a.m. suena el celular, pero no contesto. Misteriosamente, a esa hora he quedado profundamente dormido. Al despertarme, veo una llamada perdida, mas no le tomo importancia. Salgo rápido para la universidad; luego, hay mucha chamba por delante.

Llego del pesado trabajo que me absorbe gran parte de mis horas a las 10:00 p.m.  y la abuela sigue en el primer piso. Ella me acompaña hasta la cocina para decirme de qué va la cena. Mientras intenta servir la comida –algo que le evito hacer en tanto ella coge el cucharón-, refunfuña sobre la visita que hay en esos momentos en casa: “¿Por qué no se van ya?”, se queja de los amigos de mi tío Eduardo, que han ido para conversar un rato. “Ya se van, abue”, le digo, mientras me llevo una cucharada de sopa a la boca. Mi abuela mantiene su hosca mirada. No pasa para nada a los amigotes de mi tío.

Al término de la cena, sirvo dos tazas de té. Una para ella y otra para mí. La abuela ha hablado del gobierno, de la televisión basura, de las empleadas pasadas de la casa. Ahora se detiene en algo que me sobresalta por segundos.

-A la señora Herrera le ha dado un derrame ayer -dice con voz muy queda y triste-. ¿Has hablado con Chalo?

La señora Herrera es la abuela de Chalo, mi amigo del barrio que vive a dos casas de la mía. El derrame ocurrió ayer en la madrugada, me entera mi abuela. La llamada de las 2:28 pertenecía a Chalo. Bebo mi té y beso a mi abuela en la cabeza, quien sigue molesta por la visita.

Subo al quinto piso y saludo a mis padres. Mi madre me pregunta si ya comí. “Sí”, le respondo y me lanza otra pregunta: “¿Supongo que ya te enteraste lo que le ocurrió a tu amigo…?”. Le cuento que sí y que voy para allá, pero en realidad no sé nada de él. Uso el poco de saldo que tengo en el teléfono y lo llamo: “Cholo, ¿qué fue?”, le pregunto de inmediato. “Nada…la abuela… Ha tenido un derrame”. “Chucha…”. “Sí…”. “¿Dónde estás?”. “En la Taboada”. “Habla, te caigo”. “Ya pes, te espero”. Cojo mi casaca y un billete de diez soles por si acaso. Salgo.

Chalo silba antes de salir y lo veo. De lo gordo que estaba ahora luce más agarrado. El rostro alegre ha dado paso a uno que es pura consternación. Sus ojos saltones lucen perdidos. Chalo procede a contarme lo de su abuela. Él la encontró tirada en el piso. Su abuelo, el señor Herrera, la vio en aquel lugar e intentó infructuosamente cargarla. Tuvo que bajar Chalo y recién ahí la doña pudo dejar el frío suelo e ir a la cama. “No sabía qué hacer -me dice-. No tenía ni la menor idea. Mi abuelo me dio varios números de hospitales, pero ninguno contestaba, conchasumare. Y más, putamadre, que hay huelga… Casi llamo hasta a los bomberos. A las tres recién llegaron y se la llevaron pa’l Almenara. Con la abuela solamente pudo irse un tío. A mi abuelo no le dejaron ir. Chapé un taxi y me fui con él nomás”.

Lo escucho con atención y no puedo evitar sentir pena por lo ocurrido. Siempre que veo a la señora Herrera, ella me ha saludado con cariño y confianza. Aunque también me siento un poco más confortado: saber que está hospitalizada sin problemas en el Almenara, pese a esa injusta huelga del sector salud, que divide al Gobierno y a los médicos, me tranquiliza mucho. De repente, por eso, sin prudencia alguna, le pregunto por cómo ve lo de su abuela. Pero una cosa es la atención y otra la salud del paciente. Él me ha dicho que es difícil que salga indemne. A sus más de ochenta años, el ataque ha dejado como saldo que no pueda mover la pierna y el brazo izquierdos . Tiene hemorragia interna. El diagnóstico es reservado.

Chalo me dice que se desesperó un poco al momento de hacer las llamadas a mi teléfono. “A la próxima, insísteme más, huevón”, le digo. Me dice que normal, que ahora está más calmado. Que felizmente en estos momentos es fuerte y algo “sangre fría”. Sin embargo, la llamada de un tío suyo, como él mismo dice, lo cagó. “Puta, me ha dicho que le diga que su viejita está bien, pero le dije que le mentiría si le dijera eso, que solo eso lo saben los médicos. Me ha dicho que no le mienta sobre lo que le pasó a mi abuela y le he tenido que decir. Se puso malísimo. Que no le va a pasar nada, que no le va a pasar nada, me dijo que le prometiera y, puta, se puso a llorar, cholo. Eso me cagó”, me contó Chalo con voz controlada, sin verme a los ojos.

Detrás de él, en la sala, está parte de la familia que se ha quedado en el país. Posiblemente, sus tíos que están en España vengan; también su madre que por allá está. Una hemorragia a esa edad deja pocas dudas de lo que pueda ocurrir con la vida de quien la sufre. Los hijos quisieran verla por última vez.

El más afectado es el señor Herrera, su perenne esposo y compañero. Sentado en la sala, junto a sus familiares, el señor Herrera es consciente del escaso optimismo que puede tener sobre la situación de su esposa. “Solamente Dios sabrá”, se repite él, absorto en sus pensamientos. Chalo ha utilizado la misma frase al momento de abrazarnos en despedida.

En setiembre de este año, el señor y la señora Herrera cumplirían sesenta años de matrimonio.

31-05-14