Welcome my son,
welcome to the machine
where have you been?
it´s alright we know where you´ve been…

Pink Floyd, Welcome to the Machine

 

No fueron más de 20 minutos y ya lo había mostrado todo: “Koyaanisqatsi” manifestaba toda su bellísima furia en la pantalla. En la clase donde proyectaron una parte de esta película, la cual pertenece a una trilogía del director estadounidense Godfrey Reggio; los gestos de nosotros, los espectadores, reinaban sobre el silencio. Una obra maestra, sin duda, aquella vorágine audiovisual.

No se trata de una película con una trama estructurada –aristotélica, en todo caso-, sino más bien de características alegóricas que exprimen la mente a fin de obtener nuevas sensaciones, saberes, y en una tan simple pero forzada armonía, que convierten a esta película de culto en una gran visualización de la humanidad –el Yo de la humanidad-, entremezclada con los sinsabores de la sociedad consumista en la que se maneja. La luna, a pesar de todo, seguirá apareciendo siempre.

Sin narraciones, sin guión, nada: así es nuestro mundo y Reggio nos lo va a enseñar tal cual. Al empezar la película vemos la naturaleza, lenta y sutil; el hombre aparece después “jugando” con ella, y la interacción macabra de ambos hace notar que la tecnología ha entrado en todos los planos posibles. ¿De qué desarrollo estamos hablando, entonces?

 

 

Seguido, la cámara muestra edificios, grandes construcciones- aparentemente de grandes empresas- que van mostrando en un ritmo tranquilo lo obvio: es una ciudad que intenta no dormir. Poco a poco, la música de Phillip Glass va cobrando sentido mientras que la velocidad de la cámara aumenta (time-lapse). Aparecen luces, señales, tráfico, carros, demasiados carros y muchísima gente. Todas las autopistas no son más que diáfanas líneas coloridas, ondeantes y, en cierta medida, eternas.

 

 

En esta secuencia, hay algo que nunca deja de existir: el ritmo de trabajo. Se respira, se siente el movimiento laboral en cada parte de la ciudad de distintas formas. Las personas salen, entran, trabajan en fábricas, en la calle, en las casas, vendiendo periódicos… y todo es consumido. A su vez, el tráfico, omnipresente en varias ciudades del mundo, contradice y alienta a la vez la música minimalista de Glass que continua in crescendo y, hasta alguna forma, frenética.

 

 

Las fábricas, atolondradas, no dejan de funcionar y siguen sacando productos, quesos, salchichas de origen dudoso; en yuxtaposición con  nuestra imagen, la del hombre sometido al ritmo de las grandes ciudades, yendo a trabajar, yendo, en un futuro, a un destino muy claro y perceptible en largas filas: filas de productos, filas de salchichas en una fábrica, filas de personas y siempre será así. ¿De qué estamos hablando, entonces? ¿Es esto una llamada a gritos de la vida moderna?

 

                                                                   (Nótese la similitud con el gif posterior)

Tuve muchas reflexiones al respecto, desde el ritmo de vida que llevo, lo que como, lo que visto, lo que leo… es una suerte de auto-observación que, en sentido figurado, es vomitado en esta grandiosa película que sigue y seguirá conforme sigamos nosotros. “Koyaanisqatsi”, al igual que las dos películas que completan la trilogía “Qatsi” (“Powaqqatsi” y “Naqoyqatsi”, en ese orden) nos quiere decir algo, y ya está en cada uno interpretar el mensaje de impacto que nos transmite. La luna, a pesar de todo, seguirá apareciendo siempre.

No la vean con canchita.