Colaboración de Soledad Castillo

No soy una gran aficionada a las comedias americanas; sin embargo, decidí ver The Interview debido a la tensión provocada alrededor del retraso de su estreno. Pertenezco, como seguramente varios de ustedes también, a una generación que creció recordando los ataques del once de setiembre y escuchando comentarios acerca de lo complejo y poco predecible que es el nuevo orden internacional. Por lo tanto, las amenazas de terrorismo que siguieron al ataque cibernético contra Sony Pictures y los discursos hostiles, tanto de Washington como de Pyongyang, captaron mi atención. En estas líneas expondré mis impresiones sobre la película y sobre el rechazo norcoreano frente a ella. Debo adelantar que no me referiré al film como obra de arte, sino más bien a su contenido político. Espero contar con las disculpas de aquellos cinéfilos interesados en otros detalles como la actuación o el manejo del tiempo.

Pasando por alto las numerosas expresiones de doble sentido, el humor de esta película radica en presentar los extremos de la propaganda política y en resaltar los aspectos humanos (más corrientes y menos heroicos) de un líder considerado por la población como un dios. La escena inicial es el ejemplo perfecto de lo primero. La niña vestida con ropa tradicional incita al nacionalismo. Su canción es corta y exageradamente fácil de entender: el gran líder (Kim Jong Un) es bueno, sabio y fuerte, mientras que el enemigo (Estados Unidos) es un país de malos, tontos y arrogantes. Al líder supremo se le desea paz y alegría mientras se espera que los americanos enfermen, vivan mendigando y mueran cuando su país explote. La canción termina y la multitud observa el lanzamiento de un arma que puede alcanzar la costa oeste de Estados Unidos. Solo ha pasado un minuto y ya tenemos en escena los principales elementos de la propaganda usada por regímenes totalitarios: la exaltación del propio grupo, el enemigo común y la simplicidad del mensaje. La escena parece sacada de los escritos de Goebbels o de la más famosa obra de Orwell.

Para seguir con la comparación entre 1984 y la película que aquí nos ocupa, mencionaré la escena de los alimentos falsos. David Skylark, uno de los periodistas encargados de asesinar a Kim Jong Un, ha llegado a Corea del Norte y la propagandista oficial del régimen le ha dado un recorrido en auto por las calles del país. Él -como el ciudadano americano promedio- llega con una imagen negativa de Corea del Norte; piensa que encontrará personas pobres y escasez de comida. Sin embargo, ve por la ventana del auto una tienda llena de víveres. Varias escenas más tarde, David sale a dar un paseo por su propia cuenta y encuentra que los alimentos, que supuestamente se venden en la tienda, son falsos. La propaganda del gobierno ha llegado así de lejos. Los números sobre la producción de patatas y los alimentos en sí mismos son tan falsos en el país de Kim como las cifras sobre la producción de botas o el aumento de la ración de chocolate en Oceanía. Del mismo modo que Oceanía, Eurasia y Asia Oriental de 1984, Corea del Norte aparece retratada en The Interview como un estado fallido incapaz de satisfacer las necesidades de su población, pero sumamente dedicado a la industria bélica y a la propaganda.

Esta imagen no es nada halagadora para el gobierno de Kim Jong Un y, en ese sentido, no sorprende el rechazo norcoreano a la película. Sin embargo, después de una hora y veinte minutos, salta a la vista que las implicancias del film van más allá. No solo se cuestiona la calidad del gobierno, sino también el culto al líder, ese sistema de creencias que ha servido de base a muchas dictaduras a lo largo de la historia. El dictador en los totalitarismos es como el héroe en las sagas épicas: es perfecto, completo e ideal; las preocupaciones cotidianas aparentemente no lo alcanzan; no admite cuestionamientos y sería irrespetuoso reírse de él. Mientras exista el culto a la personalidad, la dictadura puede mantenerse; pero una vez que el gobernante no es más que el común de los mortales, el camino para el cambio está preparado.

En este proceso de desmitificación, tanto como en la propaganda, el cine y la televisión juegan un papel central. The Interview, a través del personaje de David Skylark, se encarga de exponer al público un Kim Jong Un con las mismas características humanas que cualquiera de los ciudadanos norcoreanos que ven Skylark Tonight. Como corresponde a una comedia típicamente americana, hacerlo llorar cantándole una canción de Katy Perry cumple muy bien con este propósito desmitificador.

Si las acusaciones del FBI son ciertas y el gobierno de Corea del Norte ha estado implicado en el ataque contra Sony y los posteriores mensajes intimidatorios, entonces estaríamos frente a una más de la larga lista de veces en que dicho país amenaza a Occidente. En todo caso, es evidente que el rechazo del gobierno de Kim Jong Un frente a The Interview es fuerte y, a mi entender, es el segundo contenido del film el que más preocupaciones causa en Pyongyang. Esta película es un tema sensible porque toca ciertos miedos norcoreanos. Respecto a ello, Anna Fifield ha escrito un interesante artículo en The Washington Post. En él, entrevista a un opositor al régimen acerca del impacto que la película tendría si fuera posible que los norcoreanos la vean. Su respuesta es que “abrirían los ojos al enterarse que su líder es objeto de comedia en otras partes del mundo”.

En otras palabras, el efecto desmitificador que llega a los norcoreanos ficticios en el film alcanzaría a los norcoreanos reales y ello definitivamente no está en los intereses del régimen de Kim Jong Un. La negación de la libertad se debe a los miedos; en este caso, al miedo a la caída. Por lo pronto, la censura contra los filmes chinos y rusos en Corea del Norte me parece lamentable y no solo escribo esto porque esté en contra de que los estados intervengan a ese nivel en la vida de los ciudadanos, sino también porque he disfrutado por mucho tiempo de la belleza del cine ruso y no puedo imaginarme un lugar en el que dicho placer esté prohibido por política de estado.