Tomemos al azar a un grupo de intelectuales. Y no me refiero a esos jóvenes iluminados que se reúnen en cafés o bares elegantes para discutir los temas más recientes de interés, armados solo con un cigarro y un florido léxico de diccionario. No, me refiero a aquellos hombres y mujeres que han dedicado su vida entera a la investigación, al cultivo de la mente y la lectura paciente de todo libro que ha pasado por sus manos. Preguntemos entonces a cada uno de ellos si disfrutan del buen arte. Sin lugar a dudas  la respuesta será afirmativa. ¿Quién no disfruta del buen arte? ¿Acaso este no existe con el solo fin de ser una fuente de placer para los hombres? Hablarán todos de la profundidad con la que el Ulises de Joyce cambio su perspectiva del universo y de los exquisitos detalles que se encuentran en la cúpula de Brunelleschi. De cómo la quinta sinfonía de Beethoven fue un deleite auditivo, al igual que la última puesta en escena de Fausto en el teatro local. Algunos incluso se atreverán a afirmar que ellos mismos poseen ciertas dotes artísticas, participando en películas o coros durante su juventud. Una vez terminada la discusión, preguntemos de la misma forma si es que ellos disfrutan del arte  de los videojuegos o, sin tanta sutileza, si consideran a estos como un medio artístico. Evidentemente, esta pregunta no será tan bien recibida como la primera. Los más amables  responderán que no han tenido el placer de experimentar alguno, mientras que la mayoría probablemente se sienta indignada por el simple hecho de haber puesto simples juegos de niños a la altura de las obras de los más grandes maestros de la historia. ¿Por qué ocurre esto? ¿Acaso este nuevo medio esta reducido a ser visto como juegos infantiles y nunca como obras de arte? ¿Acaso los son?

Las preguntas acerca de aquello que merece o no merece ser catalogado como “arte” son tan viejas como el arte mismo e innumerables autores han discutido acaloradamente sobre el tema. A pesar de que la Real Academia le ha otorgado un significado bastante subjetivo a la palabra, los pensadores a lo largo de la historia han llegado al tácito acuerdo de referirse al arte como “aquella actividad humana que produce belleza”, lo cual solo dificulta más la tarea de encontrar un significado, ya que entonces surge la pregunta: “¿y qué es lo bello?”. Esto solo nos lleva un bucle infinito del cual jamás obtendremos una respuesta definitiva. Sin embargo, lo interesante en este punto es observar como la definición de lo que es bello ha ido cambiando a lo largo de la historia, empezando por Baumgarten, el llamado padre de la estética, quien consideraba que la belleza era la perfección  reconocida por los sentidos, pasando por el filósofo Edumun Burke quien la veía como un simple instinto de conservación y sociabilidad, llegando a la más aceptada interpretación de Kant, quien la define como aquello que gusta de una manera general y necesaria, sin concepto ni utilidad práctica. Sin el ánimo de aburrir a los lectores, que seguramente vinieron a escuchar más sobre videojuegos y menos sobre tediosas preguntas filosóficas, podemos concluir que la definición acerca de lo que es el arte y de lo que es bello resulta fácilmente moldeable de acuerdo a la época en la que uno se encuentre y que, eventualmente, todo podría ser considerado un arte.

Entonces, ¿por qué la mayoría de críticos rechazan la idea de los videojuegos como arte? ¿Por qué no permiten que un plomero italiano con sobrepeso pase a los anaqueles de la historia al mismo nivel que miles de libros, pinturas o esculturas a lo largo del tiempo? Existen muchas respuestas para esto. Intentaré abordar las más comunes.

En primer lugar, se sigue viendo a los videojuegos como actividades para divertir a los niños. Este es uno de los argumentos más comunes, debido a que, técnicamente, fueron creados con este fin, y es que la mayoría de críticos ilustrados, personas muy cultas pero criadas en otro contexto temporal, ven a este medio como el equivalente moderno a las chapadas que ellos mismos disfrutaron cuando niños. Debido a esto, muchos diseñadores y programadores que buscan ser reconocido en el medio artístico han empezado a llamar a sus creaciones “experiencias virtuales interactivas” algo que -sorprendentemente- no ha pegado muy bien con el público en general.

Otra de las críticas que sigue saliendo a la superficie es que los videojuegos no pueden ser arte ya que, al ser un medio interactivo, estos carecen de un autor determinado debido al aparente protagonismo del espectador. El reconocido crítico de arte Jonathan Jones fue el primero en afirmar esto y muchos han seguido su ejemplo. ¿Cómo un medio interactivo en el cual el autor no participa del todo puede ser considerado un arte? Podríamos hacerle la misma pregunta a Cortázar sobre su obra maestra “Rayuela”, considerada por muchos como la primera novela interactiva de la historia, o podríamos crear más similitudes a lo largo de esta con otras obras que recibieron exactamente la misma crítica. Para nombrar algunas: “La fuente” de Duchamp,  “Mi cama”  de Tracey Emin y el movimiento completo del Impresionismo desde sus inicios. Todos estos duramente criticados debido a que iban contra el canon estético de la época.

Finalmente, y este es probablemente el argumento más popular de todos: ¿cómo simular ser Cristiano Ronaldo en un partido contra Perú puede ser parte de un arte? ¿Cómo hacer pelear a pequeños animales adorables hasta que uno de ellos pierda el conocimiento puede ser parte de un arte? ¿Cómo cultivar una granja virtual desde una red social puede ser parte de un arte? ¿Cómo, por el amor de Dios, volarle la cabeza a un dinosaurio zombi en el espacio exterior puede ser parte de un arte? Y es que no todos los videojuegos tienen porque ser una obra maestra para que el medio sea reconocido como como una fuente de producción artistica. Pongámonos a pensar que por cada Borges tenemos mil Coelhos, por cada “Ciudadano Kane” tenemos mil “Transformers” y por cada “Symphonie Fantastique”  tenemos mil “Bellaqueos”, pero no por eso dudamos de la importancia de la música, las películas o la literatura en la cultura moderna. Si lo que buscamos es calidad y no solo entretenimiento en el sentido más burdo de la palabra, les recomiendo tratar con Iko, Shadow of the Colossus, Okami, Silent Hill 2, Half Life y otros tantos que son considerados obras maestras en el género.

Después de todo lo dicho, ¿podemos decir definitivamente que los videojuegos son arte? Probablemente no. Debido a la relativa juventud del medio, corresponderá a las futuras generaciones dar el veredicto final. Como se dijo antes, lo que consideramos arte es tan variable como la cultura misma. Quien sabe, quizá alguno de los intelectuales del mañana incluya en su enorme biblioteca, entre gruesos libros y ensayos, cartuchos de Nintendo 64… y los use como referencia para criticar duramente lo que sea que a los niños estúpidos del futuro se les ocurra inventar.