Editado por Fiorella Germán Celi

Un 3 de octubre de 1968, el general Juan Velasco Alvarado, tras perpetuar un golpe de Estado, despojó del cargo al electo presidente Fernando Belaúnde Terry. De esa manera, el Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas del Perú inicia sus operaciones, inaugurando un nuevo régimen militar en nuestra historia. Son pocos los mandatarios dispuestos a ejecutar reformas radicales que modifiquen la estructura social de un país, pues el costo político de aquellas reformas puede ser alto. Sin embargo, la osadía de Juan Velasco Alvarado por buscar un país más justo, independiente y soberano le permitió ganarse un lugar en la historia nacional.

Lamentablemente, aquel idealismo desenfrenado por reestructurar el Perú no obtuvo los resultados esperados: las políticas económicas bajo el Gobierno Militar fueron un fracaso. Como suele suceder en un gobierno populista, el subsidio a diversos sectores y el incremento de los salarios a empleados públicos —sin respaldo en la dinámica de mercado— derivó en el incremento del déficit fiscal.

Buscando proteger la menesterosa industria nacional, el general Velasco adoptó el modelo de industrialización por sustitución de importaciones. No obstante, aquella medida no solo mermo la competitividad interna, sino que elevó el nivel de precios ofrecidos a los consumidores. Se suele afirmar que, al mando de Velasco, el Perú retrocedió treinta años.  

La siempre controvertida reforma agraria

Se ha comentado mucho sobre las causas, consecuencias, defectos y aciertos de la reforma agraria, mas no se ha logrado comprender en su totalidad la transformación social que originó en nuestro país. Tras un año de gobierno, el 24 de junio de 1969 se promulgó la Ley de Reforma Agraria, cuyo objetivo era “entregar al país el más vital instrumento (la tierra) de su transformación y desarrollo”.

A lo largo de los años —incluyendo la etapa colonial—, la lucha indígena sobre el derecho a la tierra representaba una piedra en el zapato para todos los soberanos. Con José Carlos Mariátegui, a inicios del siglo XX, la cuestión indígena formó parte del panorama intelectual. Mientras las revoluciones en países como Bolivia (en 1952) y Cuba (en 1959) permitían el inicio de un proceso de reforma agraria, la indiferencia de los mandatarios peruanos para decretar una reforma necesaria generaba descontento entre la multitud campesina.

Fue con Velasco que, tras décadas de lucha, la tierra fue redistribuida entre los campesinos. Los grandes perdedores de la reforma fueron los oligarcas, pues su principal instrumento de producción pasaba a otras manos. De esa manera, con su enérgico “¡campesino, el patrón ya no comerá más de tu pobreza!”, Velasco dejaba un país que, estructuralmente, no volvería a ser el mismo.

Aún existen muchos cabos sueltos por abordar. Es necesario un análisis más exhaustivo sobre las acciones de un personaje tan complejo como Juan Velasco Alvarado, que aún genera simpatías y no solo en los círculos castrenses.