Isolina Taberna Peruana

Caminando por la esquina de la avenida San Martín uno se topa con la gran casona barranquina, Isolina. Al llegar, agradeces haber reservado un lugar, la cantidad de gente conversando, parada, sentada y  ansiosa por pasar a las mesas. Todo este ambiente crea una importante expectativa. Antes de poder subir al segundo piso, puedes permitirte el placer de detenerte a observar la antigua casona de techos altos y paredes robustas. Vemos cómo esta infraestructura imponente, en el corazón de Barranco, deja una evidente impronta – colonial, de alguna manera – sin embargo, los platos que ofrece son los de antaño y al mismo tiempo los de ahora. Son las recetas de nuestras abuelitas, esas recetas que transcribían a pulso en un cuadernillo, compartiendo espacio con operaciones de las finanzas de la casa y números telefónicos.

Al pasar a la mesa, nos alegramos de encontrar un juego de sillas y mesa de madera; de cierta manera, austeras, lo cual nos transporta momentáneamente al comedor de la cocina de nuestra propia casa. Emocionados, pedimos una jarra de chicha; hojeando la carta decidimos qué pedir. Nos traen crema de rocoto y canchita junto con la chicha para hacer más amena la espera. El rocoto es fuerte de picante y de sazón, enseguida se siente como el estate quieto que te daba tu madre cuando metías la cuchara a la olla antes de tiempo. El sabor envolvente del rocoto nos da luces de lo que se viene: sabores potentes y deliciosos. 

Con gustos muy variados, cada miembro de la familia pide un plato distinto; gracias a Dios la comida criolla se ajusta a distintos paladares y antojos del día. Terminamos pidiendo choritos a la chalaca de entrada, guiso de mollejas, seco de asado de tira con arroz y frejoles, cebiche con chicharrón de pulpo y arroz tapado con huevo frito. Los platos pasan transportados en las manos de quienes atienden nuestra mesa, abundantes, platos amplios tipo fuente de fierro enlozado. 

Los choritos a la chalaca llegan frescos, coloridos y sazonados a la perfección en salsa de limón y ají amarillo. Ojo, hay que tener cuidado con su consumo, ya que estos se están  reproduciendo con dificultad. Estos contrastan dentro de los colores y texturas clásicas de los platos criollos. La chicha morada helada los acompaña con su punto justo de limón, canela y azúcar. Las mollejas llegan tiernas, sazonadas al ají amarillo dulce, como cuando hierves un guiso por bastante tiempo y van acompañadas de pan tipo baguette tostado.

El seco de asado de tira aparece imponente en un plato grande, en el cual abarca casi todo. La carne se separa fácilmente del hueso con el tenedor y los frejoles bajos en sal acompañan bien la salsa a base del fuerte sabor del culantro. La carne se envuelve con facilidad en la deliciosa salsa. El arroz llega caliente y perfectamente graneado; sin embargo, la porción queda algo pequeña para la cantidad de seco y frejoles.

El arroz tapado aparece con su huevo cocido a la perfección y plátanos fritos; definitivamente es un plato para compartir. El relleno de carne es suave y contiene  pasas, pero se excede un poco de dulce al combinarlo con los trozos de plátano. Por último, el cebiche es sabroso y de sabor simple. El pescado está fresco,lo cual hace el 70% del plato. Este viene con un chicharrón de pulpo,crujiente por fuera, jugoso y suave por dentro.

Isolina nos recuerda que la comida criolla puede ser igual de compleja y articulada que cualquier cocina internacional de alta gama. Los precios son bastante aceptables, considerando el tamaño de los platos, el ambiente y el  buen servicio del local. Isolina entendió que la comida criolla debe ser abundante, para compartir, de texturas amables y de olla. José Del Castillo ha tratado de mantener un balance entre ser un lugar que mantiene la calidad de insumos y el servicio de un restaurante de alta reputación; pero al mismo tiempo de sabores caseros y recetas clásicas de una típica mesa limeña. Guisos de larga cocción, sin temor a trabajar con sabores que invaden y alegran al mismo tiempo.