El desarrollo de la investigación es central en la mejora de la educación. Nos debe causar un enorme placer saber que hay varias instituciones educativas nacionales que promueven la investigación con premios, con becas, con concursos, etcétera y en resumen, con todos los medios posibles. Las tesis de licenciatura, maestría y doctorado de muchas universidades atraen con temas muy interesantes y que aportan al desarrollo del país en cualquier materia a la que hagan referencia, tanto en el campo de las letras como en el campo de las ciencias. Así, se pueden hacer trabajos de una rigurosidad académica que versen sobre tópicos referidos a desde la música andina y su relación con las redes de comunicación social hasta la importancia de plantas de tratamiento de agua en la Amazonía como parte de un proyecto integrado del desarrollo económico sin afectar el medio ambiente. Estas investigaciones, tales como la del guano a mitades del siglo XIX, luego traen riquísimos aportes al Perú en todos los sentidos. La investigación aporta a la formación del estudiante no solo un espíritu de conocer más, sino también un espíritu de necesidad de siempre tener la mirada completa acerca de cualquier tema que se le aparezca en frente. Mientras más se investiga sobre algo, más se puede hablar de eso y más se puede investigar. Por eso, debería parecernos algo menesteroso investigar, sin lugar a dudas, aquello que se nos presenta como nuevo y trivial, incluso. Mediante la investigación, aquel término trivial se convierte en uno de peso. “¡Tonterías estás hablando!”, me gritarán por ahí. Argumentaré, brevemente, que no es así. ¿Mis fuentes? Los periódicos de países que le dan a la investigación un papel central.

Una de las potencias mundiales más cuestionadas y la quizá más poderosa actualmente, los Estados Unidos, tiene en su haber a uno de los periódicos más consultados del mundo y también uno de los más leídos diariamente: The New York Times. Aparte de publicar noticias de relevancia de todo tipo para el lector estadounidense y occidental (y para cualquier lector en general), muchas veces comparten notas de periodismo de investigación con un valor de formación e información bastante alto. Este año publicó un artículo acerca de la “Internet de las Cosas”, es decir, cómo los objetos que, actualmente, se pueden controlar por redes inalámbricas tecnológicamente desarrolladas pueden ser equiparados con cierto mito de la cultura moche –esta investigación se desarrolló con la ayuda del arqueólogo peruano Luis Jaime Castillo Butters– en el que los objetos creados por nosotros empezaban a controlarnos. El año pasado publicaba, por estas épocas, una investigación hecha a familias canadienses que adoptaban diversos refugiados sirios. El ámbito privado le estaba dando una mano al ámbito público en el apoyo a los refugiados que llegaban y llegaban en incalculable cantidad. La investigación, que no es de un tema trivial en un país en donde el flujo de refugiados es suficientemente alto como para alarmar a la sociedad civil luego fue traducida a otros idiomas como el español para lectores, sobre todo, latinos, para países en los que el problema no atañe tanto ni al Estado y casi nada a la sociedad civil directamente, implicó un ampliar los horizontes para cualquier lector, pues informaba sobre cómo se sentían los acogidos y los que acogían, de dos sociedades tan distintas a las de los lectores muchas veces, incluso a los estadounidenses. Este caso nos sirve para entender que, luego de que se haya hablado poco o bastante poco del tema de los refugiados en Latinoamérica, una simple traducción de una investigación de meses de preparación y de gran validez informativa puede poner, en boca de algunos, el tema de los refugiados y esos algunos pueden ponerse a pensar en qué, quizá, se pueden buscar soluciones a partir de esa investigación y de las posteriores. Mayor conocimiento es igual a mayor facilidad para buscar una solución. Esta trivialidad es, no obstante, media en un país como el nuestro. Hay trivialidades mayores aún más marcadas en nuestro país y, podría parecer, en cualquier país.

Revisando periódicos europeos, me percaté de que la importancia que se les da a temas aparentemente triviales en países como Inglaterra o Alemania está muy presente. Diarios como The Guardian, en Reino Unido, o el Süddeutsche Zeitung, en Alemania, muestran pequeños artículos referidos a temas que, a simple vista y a lo mucho, podrían parecernos interesantes y entretenidos. Pero van más allá. Mientras aquel versaba sobre Herbert Marcuse y su pensamiento en una serie de notas de filosofía que se publican de cuando en cuando, este trataba, en una página, acerca de el significado de las propinas tanto en Alemania como en Francia y Estados Unidos; en la página siguiente, había una pequeña explicación del porqué de la importancia creciente, en Alemania, del maquillaje a partir de las redes sociales como Facebook y su interminable galería de fotos que cada persona puede subir. ¿Hablar de un filósofo de la teoría crítica que mencionaba que la represión sexual era condición para la civilización hoy en día en un periódico o tratar sobre la influencia de las redes sociales sobre la nueva y creciente importancia en el maquillaje de personas en Alemania? Nos parecería descabellado, lo sé, encontrar un fuerte valor tradicional de lo que se consideraba una investigación rigurosa a la antigua (o incluso, a la moderna, en términos de ciertas universidades y/o centros de educación). Pero aquí lo que es relevante no tiene que ver en absoluto con la rigurosidad tradicional, sino con la creatividad de investigación. Marcuse, propinas, refugiados adoptados por familias canadienses, la cultura moche relacionada con el mundo contemporáneo y la Internet de las cosas: quizá no estemos hablando de una escolástica o de una Academia, en los sentidos medievales o antiguos, pero sí estamos hablando de un disfrute, incluso, mayor, pues cada vez sabemos más sobre diversos temas de los que antes no se sabía nada y que nos dan luz para verlos un poco mejor y, de esta manera, que no se nos sigan ocultando.

No sabemos qué podrían pensar un historiador centrado en procesos históricos de gran magnitud o un investigador científico que quiere analizar el origen del Universo acerca de esto. Les parecería probablemente una babosada, pero estas investigaciones son tan humanas y tan válidas para el desarrollo intelectual de la humanidad que valen como una de las primeras herramientas para llegar a un mundo mejor. Son humanidades o, en alemán, Geisteswissenschaften, “ciencias del alma”. Como siempre, los alemanes tan acertados en sus términos.