Nomadland es cine itinerante, libre de las restricciones de Hollywood y los parámetros de las producciones de grandes masas. Sin las limitaciones conceptuales y geográficas de un plató cinematográfico, Nomadland prefiere transitar por los espacios recónditos de EE. UU.; indagar sobre la gente de a pie, sus tribulaciones y sueños; filmar los rostros verdaderos de la tragedia del neoliberalismo y entender cada una de sus luchas individuales, las que finalmente componen un mosaico colectivo de resiliencia ante la adversidad y el sistema. Su labor como pieza de docuficción, siendo testimonio visual y mensaje de alerta, merece especial atención. Una vez más concluida la fiebre de la temporada de premios y con su directora aceptando dirigir el nuevo producto taquillero de la factoría Disney, uno podría temer por el legado del film. Por eso conviene echar un vistazo a aquellos detalles que hicieron de esta historia una de las películas más relevantes de los últimos años, para que su mensaje no se pierda.

La propuesta es sencilla. Fern, interpretada con maestría por Frances McDormand, se embarca en una serie de viajes por el EE. UU. profundo. Ella, como otros tantos, ha perdido muchísimo luego de la feroz recesión del 2008, por lo que, sin hogar a donde ir, se sube a la casa rodante y acompaña a otros nómadas en búsqueda de un futuro mejor. En el camino, encuentra una diversidad de personajes, todos en su propio viaje frente a la incertidumbre, dispuestos a escuchar su historia y a relatar las suyas propias, en un intento por confrontar su pasado y alivianar su presente.

¿Por qué nos importan las historias así? ¿Por qué pagamos por ver a otras personas subsistir a duras penas en la pantalla? Quizás se trate de un mecanismo de expiación frente a la crisis acumulada, tanto con los rezagos de la caída financiera, la guerra comercial entre potencias y el azote de una pandemia mundial. Al ver historias de dolor y resistencia, filmadas de forma impresionante, pero aun así genuina, podemos sentirnos reconfortados y más cerca unos de otro. Por una vez, nos vemos representados en la gente de a pie, a quienes la pantalla ha decidido usar de protagonistas.

Quizás eso explique como una pequeña película indie, soporífera en su ritmo y cinema verité en su composición, se ha vuelto el fenómeno cinematográfico del año. Si prestamos atención al contexto de extrema soledad propiciado por el confinamiento, entenderemos por qué un film que celebra el espíritu humano y las conexiones entre nosotros reciba tanta atención de los grandes premios. ¿Podía predecir Chloe Zhao el contexto que se avecinaba en el estreno de su film? Creemos que, más que predicción, se trata de un doloroso recordatorio: un sistema basado en la especulación financiera, la acumulación desmedida de capital a base de la explotación de otros, y la ausencia de verdadera redistribución es, en el fondo, un sistema de incertidumbre permanente, de víctimas constantes, dominado por una creciente sensación de falta de humanidad. ¿No es eso lo que sintieron los nómadas al perderlo todo con la crisis? ¿No es lo contrario lo que siente la audiencia al ver a los nómadas apoyarse unos a otros ante la enorme adversidad, celebrar con lo poco que les queda, basar su rutina en pequeños actos de cuidado y empatía por el otro?

Frances McDormand in the film NOMADLAND. Photo Courtesy of Searchlight Pictures. © 2020 20th Century Studios All Rights Reserved

Podríamos decir que Nomadland busca ser un film naturalista, pero ello no implica apartarse de la alegoría cinematográfica o preferir la austeridad. Todo lo contrario. El filtro estético de Chloe Zhao se centra en capturar, con todo detalle, la luz y color de los páramos estadounidenses, como un territorio en trance, sometido a cierto estado de atemporalidad, como inquebrantable frente a la fuerza destructora del capitalismo y la industrialización. Es un territorio todavía virgen y vital, aún incorruptible, que debe ser filmado con cierto aire de grandeza, casi místico. De esa forma, el espíritu del film, indomable y rebelde, se mantiene reflejado en el escenario.

Pero el estilo de Nomadland va más allá. La alegoría “persona versus naturaleza” se imprime en estos paisajes desoladores, cuyos pocos habitantes parecen yacer desamparados frente a la enormidad del paisaje. La cámara se engrandece con los planos secuencia, que parecen transportar al espectador al mismo espacio agreste y desolado, aun así, capaz de brindarle a los personajes algún tipo de esperanza.  El paisaje recrea con efectividad las disputas permanentes de quienes lo habitan, escenifica el estado de conflicto de los protagonistas. Pensemos, pues, en películas como Nebraska (2013) de Alexander Payne, o Days of Heaven (1978), de Terrence Malick, que también utilizaban a su favor los paisajes del corazón de EE. UU. y que, al igual que Nomadland, se nutrían de las particularidades del espacio, casi como si se tratase de un personaje por sí mismo. Planos generales anchísimos, capaces de captar el territorio montañoso, los enormes campos sin habitar y las puestas de sol teñidas de anaranjado y ocre. Cada detalle ayuda a que la audiencia entienda la experiencia del nómada, su tramitado camino en búsqueda de un futuro mejor.

Así como Bruce Dern debe enfrentar su aparente senilidad y la culpa por el pasado en Nebraska, y los amantes deben evadir un destino cruel en Days of Heaven, aquí, los miles de nómadas deben aceptar la traición del sistema y la aparente pérdida de identidad producto de la crisis. Los nómadas han tenido que reconstruir su identidad a pesar de la pérdida, han tenido que reconfigurar sus rituales, su rutina y hasta sus ídolos. Si el dólar y el American Dream son insuficientes, uno debe hacer lo que pueda. En el film, por supuesto, la lucha es subjetiva y amplísima: ningún conflicto es igual al otro. Cada persona tiene una voz que merece ser escuchada.

Fern, personaje que parece haber sido elegida como protagonista por mera coincidencia, se sienta con cada uno de ellos, y los escucha. Cada uno tiene el tiempo de contar su historia. La cámara se vuelve registro permanente de sus vivencias y de su luto, la cámara, por una vez, le presta atención ininterrumpida a lo que se narra. La cámara indaga en el dolor de Fern, en su propio luto. A través de los planos medios y close-ups a Frances McDormand, nos sentimos recibidos en lo más íntimo del personaje. Aquí McDormand no actúa, sino que resignifica una vivencia perfectamente universal -el desamparo- con los matices propios de Fern: su silencio, su culpa, sus dudas.

La parábola de Zhao no se limita a contar las historias, sino a indagar en su significado. Fern es, pues, el personaje adecuado para esto. ¿Podría Fern conciliar su identidad nómada con una vida en la ciudad, enmarcada dentro del sistema? ¿Podría ser feliz así? En los últimos minutos de Nomadland, la pregunta parece hacerse cada vez más relevante. Fern ha encontrado a otro nómada como ella, quien ha decidido establecerse como un hombre de familia. Fern está invitada a su casa. A pesar del cariño mutuo, y del recibimiento de la familia, Fern no parece estar en el lugar correcto. Sigue frente a la incertidumbre. Su nueva identidad no aparece admitir espacios para su vida anterior.

Aun así, tiene a la carretera a su lado.

Una oportunidad.