El escritor buscó algo para sostener el pesar. El antebrazo estaba al alcance. Sintió su tibia piel pasar por su mejilla y la nariz. Contemplaba desde la banca de piedra las olas y sus líneas que golpeaban el empedrado puerto. Divisaba la lejana cabeza de un hombre, que era un punto negro que se movía con lentitud entre la marea. El punto aquel buscaba llegar mas allá de sus posibilidades, pero las olas pías lo arrastraban de vuelta hacia la orilla, severo lugar el de él. El mar, para ese entonces, era un manto cristalino, y el baño de luz que recibía del sol se reflejaba en una figura semejante a una lámina triangular de tenue color fuego.

El escritor, en esa tarde dominical, veía todo eso frente a sus ojos y buscaba una palabra, una figura, una metáfora que capture tal belleza.

-Una corteza, eso. Parece una corteza- dijo al fijarse en las minúsculas y maquinales olas, en la marea infatigable, en las hebras que se abrían y cerraban y seguían el vínculo juicioso de la madre tierra, y que en su interminable recorrer hacia la orilla tomaba la forma de los exteriores de un árbol nudoso.

Pero el árbol poco es ante el majestuoso reino de agua. El árbol no se mueve y el mar es motor incansable. El escritor buscó otra figura pero no atinaba.

Veía… Veía el mar y su horizonte que gesticula a la esfera inmensa en que vivimos; el sol a lo lejos, el aire enrojecido próximo a naranja, el mar que brillaba más y más como un tesoro plateado y que si se le continuaba viendo, dañaba la vista. Todo eso era; ningún barco o velero, escasos bañistas que ya abandonaban la arena, solo serenas olas que ennegrecían y sobrepasaban los límites de su confín.

Mientras tanto, el escritor no podía, no entendía, no encontraba el adjetivo que describa minuciosamente al mar. Quería decirlo todo, encapsularlo, hacer llevadera semejante eternidad. La escritura -que para él lo era todo- iba chocándose con la fondeada pared de la imposibilidad: su propia ansiedad.

Cuando una corriente naranja cortaba el azulino y oscuro cielo, cuando el mar no se dejaba ver y solo su aroma impregnaba y las olas sacudían los oídos, y la gente de los parques recurría a los tambores y su mística cercana, el escritor comprendía su derrota y, en un arranque de lucidez, ya aliviado de aleccionamientos se decía…

-Es que es el mar, tremendo mar… He ahí su atractivo y mi dilema.

Las olas continuaban yendo y viniendo con abisal voz. El escritor, tan dado a las historias, formulaba en su cabeza el relato homérico, el mástil y el rey, el rey amarrado, la sirena que le llama…

 

*La ilustración de este artículo pertenece a Diego Salazar, del área de Diseño de Letras al Mango.

 

29-01-15