Somos inteligentes. Eso es lo primero que te enseñan a la hora de definir a qué especie perteneces en este planeta (aunque basta un animal en casa o un documental en Animal Planet para ver que no es tan exclusivo a la humanidad). Podemos hacer muchas cosas: leer, sumar, razonar, decidir, crear, casi de todo. Podemos elegir cómo expresarnos, todo ello gracias a nuestra condición humana… en teoría.

Si algo he ido descubriendo a lo largo de mi vida es que la inteligencia parece ser privilegio de pocos. ¿Qué opinamos de la clase política cuando cometen errores graves? ¿Qué opinamos de nuestros conciudadanos cuando eligen a alguien que no nos gusta o apoyan algo en lo que estamos en contra? ¿Qué palabra se nos viene a la mente cuando los participantes de cualquier reality juvenil aseguran que Simón Bolívar juró que no dejaría de cumplir sus deberes sagrados con su patria hasta quemar el último cartucho? “Estúpido”, “Imbécil”, “Descerebrado”, “Mononeuronal”… y hay más, somos libres de elegirlas según la ocasión.

En alguna conversación, escuché que muy pocos suelen considerarse genios, pero nadie se autodenominará como idiota, “por más que lo sea” dirán algunos. Lo cual es verdad. El chiste surge cuando vemos qué tan fácil es colocar la etiqueta, cuando de repente, si fuéramos honestos, estamos rayando en el desperdicio cerebral.

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Patricio egresó de la secundaria hace ya unos años. Game of Thrones le gustó lo suficiente como para querer leer los libros. Él sabe que yo suelo leer bastante, y así sucedió nuestro intercambio de palabras:

– Oye, voy a leer Canción de Hielo y Fuego.

– Mira tú, qué bueno.

– ¿Los has leído?

– No, tengo que leer un montón. Quisiera empezar por los clásicos, que en el colegio no nos dieron mucho tiempo, sólo la noción y algo de la trama.

– Ah…

– Por ejemplo, ahora estoy leyendo Madame Bovary.

– ¿Qué es eso?

Si bien no asistí a un colegio top del ranking, asistí a uno pequeño y decente para mi clase media. Con la influencia francesa que nos daba un estatus digno de recibir visitas de embajadores franceses y ex alumnos del Franco Peruano, tuvimos acceso no solo a un libro que daba, sino líneas generales de la trama, fragmentos de ciertas novelas pertenecientes al canon; sino además la chance de leer versiones, primero adaptadas y luego completas, de novelas del canon francés, entre ellas Madame Bovary. Sé que esto no ocurre con el resto, cortesía de un deficiente sistema escolar público, como evidencian los resultados de las evaluaciones docentes. Aunque sé todo esto, no importó, por un segundo, que Patricio fuera fan de series aclamadas y consideradas como buenas narrativas (al menos hasta cierto punto) como Breaking Bad, True Detective o la misma Game of Thrones. No importó que fuera capaz de distinguir diversos tipos de rock, incluso su buen desempeño universitario (ha aprobado todas sus Historias sobre la media) fue insignificante en ese momento. Asumí que todos llevaban libros de Santillana (¿los textos escolares serán ahora de Penguin-Random House?) y pensé, honestamente, que Patricio era un imbécil.

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La sesión de reducción del gimnasio (al que volví tras dejar un largo sedentarismo casi natural en mi persona) dura menos que la de musculación, así que, tras relajar músculos y todo eso, fui a ver en qué andaba mi tía/hermana Johanna, mientras intentaba sobrevivir (sin desear romperle nuevamente el hombro a base de fuerza mental) a un trainer relativamente molesto. Vinieron los saludos clásicos: “Hola, hola, ¿cómo andas? Hace tiempo que no vienes”. Dije la respuesta honesta, previa al ataque sedentario: “Universidad”.

– He estado estudiando bastante, además de los trabajos que me pedían. Tenía que entregar cada semana un resumen para Filo Moderna…

Di ejemplos, como meditaciones cartesianas, diálogos de Berkeley:

– ¿Quién es Berkeley?

– Un filósofo irlandés de 1700s, si no es 1600s, representante del feno… no, era el idealismo.

– ¿Qué es eso?

– Ah, bueno, dice que no hay mundo material, que todo está en las cabezas…

Dije lo que recordaba de las clases. Y aunque nunca simpaticé mucho con Berkeley, me gané alabanzas de ambos. El trainer dijo que yo era inteligente por lo memorizado (mientras, en algún lugar del mundo, los profesores que bajan puntos por detalles memorísticos se regocijaban súbitamente) mientras Johanna mencionó: “La escucho y me pregunto para qué estudié tanta Ingeniería”.

No es tanto así. Como conversamos luego, en Ciencias te enseñan, más que nada, cómo hacer, mientras que en Letras vemos la teoría de lo que se hace. Ambas cosas requieren trabajos diferenciados y distintas disposiciones mentales (más lo que haya reforzado la nurtura). De ese modo, mi tía/hermana ha logrado cosas bastante interesantes, como un máster en Euskadi, ser jefa desde los 28 años y dar conferencias en la Universidad, etcétera. Aunque yo no sé muy bien adónde voy a llegar, va a ser algo distinto, que involucrará variables opuestas en muchos aspectos a las que ella tuvo.

Más tarde me aclararía que lo de inteligente, en verdad, se refería probablemente a la suma de conocimientos que almaceno. Supongo que necesito más tiempo para interpretar eso.

Lo que me queda claro es que hay cierta cultura que hemos aprendido a considerar como inteligencia, de una forma única, cuando en realidad esta no es más que un conjunto de competencias que manejamos en diversos grados. Así, puedes tener una competencia excelente y otra deficiente, y es entonces que una persona, en cierta situación, puede quedar como estúpida. Incluso los contenidos de la competencia pueden volverse medidores de idiotez, como los libros que leen (una captura de pantalla del iBooks de una anónima lo muestra: libros de romance adolescente bajo una copia digital de Cien años de soledad no enfocada) o los programas que llevan. Es fácil juzgar a unos fiesteros como tarados hasta que muestran felices sus altos promedios de clase, pese a ver al Centro Federado como promotor de fiestas. Lo mejor sería no calificar a las personas por sus flaquezas sino también por sus fortalezas, aunque también ayudaría demostrarlas, de modo tal que solo queden buenas noticias en los periódicos y los niños vean en los realities a gente digna de ser imitada.