Tras la renuncia a la cancillería de Héctor Béjar, hemos podido percatarnos de que no era merecedor de tal puesto en el gobierno. La realidad es que en el Estado peruano contamos con dirigentes que son la encarnación de la ineficiencia: sin experiencia ni estudios requeridos, aceptan y son aceptados en puestos con salarios que cualquiera desearía tener.

Uno de estos personajes bien podría ser el ministro Íber Maraví, a quien se le acusa en diversos atestados policiales de haber participado en actos insurgentes junto a la camarada Edith Lagos durante los años 80 en la ciudad de Ayacucho. Por si fuera poco, esta última semana, un informe del diario La República expuso que dos exsenderistas identificaron a Maraví como un exterrorista que enseñaba a los iniciados en Sendero Luminoso cómo armar bombas con la dinamita que robaban de las minas. Ahora bien, dejando de lado el pasado senderista del ministro de Trabajo y Promoción del Empleo —pasado que, por cierto, debería ser motivo suficiente para que deje el cargo— en el CV del flamante ministro se indica que estudió Derecho y Ciencia Política en Ica, pero la realidad es que Maraví solo se ha desempeñado como docente escolar y, algunas veces, como músico o productor. Sin duda alguna, este hombre no parece dar la talla para ocupar el puesto de ministro.

Otro caso es el del ministro de Cultura, Ciro Gálvez. Más allá de ser un ex candidato presidencial y dar algún discurso en quechua, alegando el querer reivindicar a los pueblos olvidados del Perú, tampoco cuenta con el peso necesario para ser ministro. De hecho, según otro reporte del diario La República, el único desempeño de Gálvez habría sido trabajar como notario personal de Vladimir Cerrón para una compra de terrenos en Junín. Nuevamente, estamos frente a un hombre que no es apto para tan importante cargo.

El tercer personaje de esta lista es el presidente de EsSalud, Mario Carhuapoma. Si bien cuenta, hasta cierto punto, con los méritos necesarios para ser presidente de una de las instituciones más importantes en el país, no se puede decir lo mismo de las personas que lo rodean. Entre sus acompañantes está Melva Romero, jefa del área de comunicación e imagen institucional, quien únicamente cuenta con el grado de bachiller en psicología, el cual no cubre los requisitos del puesto que ocupa. También está Milca Cruz, una diseñadora de modas que, si bien no ha sido seleccionada para ningún cargo en la institución de salud, se pasea por la misma con total libertad. EsSalud, además de parecer que ha caído en las garras de la corrupción, demuestra un nuevo nivel de ineficiencia a partir de los trabajadores en el sector administrativo.

Por último, está el caso del premier Guido Bellido, a quien se le acusa de tener vínculos con el Movadef y ser la mano derecha de Vladimir Cerrón. Para agregar a su CV político, Bellido declaró esta última semana en el programa de Ricardo Belmont que la mujer que sufría abusos por parte de su marido o su pareja debía de pensar en ellos o en su honor familiar antes de poner una denuncia, ya que podía destruir a su familia. En Lima, una de las ciudades más peligrosas para ser mujer, estas declaraciones misóginas deberían ser inadmisibles.

No es la primera vez que tenemos a personas incapaces en ciertos sectores del Estado; sin embargo, la presencia de estos personajes era ignorada, asolapada por la presencia de buenos cuadros. El gobierno de Castillo ha roto estándares y expuesto esta situación al colocar a personas sin méritos requeridos en cargos de extrema importancia. En plena crisis económica, política y social a nivel nacional no es posible que el jefe de Estado venga con estas selecciones para llenar los ministerios. No es desconocido que la izquierda cuenta con cuadros mucho mejores, mas estos palidecen frente a la presencia de Cerrón y la ignorancia del propio presidente.

Es momento de que la ciudadanía se una, no frente a políticos que tanto daño le han hecho a nuestro país con su corrupción y clientelismo, sino que más bien para evitar que el Perú caiga en las garras de una ineficiencia que genere una disminución en su calidad como país. Lo que menos queremos en estos momentos es terminar en una crisis similar a la del primer gobierno de Alan García.