La holandesa de bellos ojos y perfilada nariz lo miraba con atención y, ante cada ocurrencia suya, soltaba una sonora carcajada. El señor De María, sentado cómodamente a su derecha, si no fuera por la chompa azul, el blue jean, la pancita abultada y la barba y el pelo canos, hubiera pasado como un infante que escuchaba a un adulto dar lecciones. Ocurría que en el cuarto piso de un edificio de San Isidro, el escritor argentino Hernán Casciari, sentado al medio de los dos, daba agudas reflexiones que a uno lo dejaban con la oreja parada.

Ese jueves 5 de junio, Hernán Casciari, a quien la editorial italiana Mondadori denominaba tiempo atrás como “el escritor virtual más leído en lengua española” (cosa que luego criticó), era invitado por la PUCP para el Festival de la Palabra, evento que conmemoraba los 20 años del CCPUCP. Conversaría aquel día con César de María y Els Vandell, ambos dramaturgos especializados en trabajo con niños, sobre precisamente un tópico de sus especializaciones: ¿Cómo hacer de los chicos grandes lectores? Sin embargo, Casciari decidió desafiar tal precepto y le metió el tiro por la culata a los organizadores. No obstante ello, como se dijo líneas arriba, dejo lecciones muy suyas.

Responde, por favor

A ver, ¿quién aprende más? ¿Un niño que lee concentradísimo el Movy Dick  de Melville en la soledad de un cuarto o un niño que, acurrucado en la cama junto a sus padres, ve la serie Avenida Brasil? Para Casciari, el primer niño conocerá de cómo se cazaban ballenas a mediados del siglo XIX o, a lo mucho, las redes de comercio marítimo de las naciones europeas. Mientras que el otro sabrá de relaciones humanas, de afecto, cariño y comprensión, en suma de la Vida, con mayúsculas. Con tal audaz ejemplo que ponía a prueba la, digamos, sobreintelectualización de nuestras sociedades; Casciari desestimaba la valorización que hacemos sobre la cultura libresca. ¿Un escritor contra los libros? ¡Qué locura! Señoras y señores, les presento a Hernán Casciari.

Historia de un escritor

Hernán Casciari es así de polémico. Lector empedernido desde su natal Mercedes (“leo más de una hora en el baño”, ha dicho), prematuro editor de revistas en el colegio con su amigo Chiri –compañero de la infancia y el Sancho de este Quijote con sobrepeso en cuanto a aventuras literarias se refiere-, Casciari dejó la literatura por hacer más literatura, por cumplir un viejo sueño de infancia: sí, el de hacer una revista. Nos explicamos.

Este argentino franco, de lentes, barba, pantalón y mochila deportiva, chaleco y zapatillas con barro en la suela, es toda una figura en la narrativa latinoamericana y lo es también en las redes desde el 2003, año en que creó, junto a otros compadres gauchos, la blogonovela, literatura en internet de sencillo acceso para el internauta. La potencia del formato catapultó a Casciari a la fama, pues diariamente lo leían miles de personas de 15 países alrededor del mundo. Así llegaron los contactos de editoriales y medios de prensa que lo invitaron a publicar. Más respeto que soy tu madre, Diario de una mujer gorda, El pibe que arruinaba las fotos, entre otros, eran los títulos que salieron a la luz. Casciari también ganó el Premio Juan Rulfo en el 98’ por su cuento Nosotros lavamos nuestra ropa sucia. Para eso viajó a París donde conoció a una catalana que le movió el piso. Desde el 2000, radica en un pueblito de la ciudad condal junto a ella.

Nació su hija y trabajo no le faltaba. Pero para un tipo como él, que guarda a un niño que solamente quiere divertirse, la presión por publicar, la lejanía que pronto llegó a tener con sus lectores, la soledad pronto fueron horadando su buen ánimo. Un día, para ser algo más exactos una noche del 2008, decidió dejar todo para abocarse junto a su banda de amigos argentinos de la niñez,  que a la sazón se habían ido a vivir a Barcelona a petición suya, a formar parte de un proyecto: crear Orsai, una vasta  revista cultural.

Ahora sí están en el juego

La primera edición de Orsai (una particular pronunciación del tecnicismo futbolero “off side”) vendió 10.080 en todo el mundo. Fue un tremendo éxito. Un latino viviendo en una comarca asiática podía obtener la revista, cosa que no ocurría antes con el absoluto economicismo de las editoriales. Más adelante, el equipo de Orsari redujo la impresión a 6.000 ediciones bimensuales. El resto de gente que no podía tener acceso a las presentaciones físicas podía, con solo un click, obtener Orsai en versión PDF. Casciari, junto a su team, estaba contento: finalmente hacían lo que les gustaba.

Los lectores, que en palabras del gordo de Mercedes se pusieron la 10 para sacar adelante el proyecto, no solamente demandaron las revistas, sino que, insólitamente, levantaron un barcito de nombre Orsai en San Telmo, un conocidísimo barrio de la capital argentina. Lamentablemente, el año pasado cerró por motivos de mudanza. Aunque, como la revista, fue un tremendo éxito cultural.

La borrasca que significó Orsai no impidió que Casciari desatienda a su familia. Su hija crecía y Casciari buscaba inculcarle la emoción de la literatura. Por las noches le leía cuentos y para él era un verdadero desafío –que era un deleite además- mantener curiosa y expectante a la niña. Aquellas noches que compartía con la nena fueron incubando una idea: ¿Y si hacía una revista literaria para niños? Fue así que dejó Orsai y creó Bonsai, una revista no solo para un público infantil sino para toda la familia; también en edición impresa y vía internet y también elaborada junto a amistades; además de ser ocasionalmente asistida por la mirada brillosa de un niño que hace de exigente editor, pues ellos son los que más saben en estos casos.

La idea, como se lee en un buen artículo simpático e introductorio de Bonsai, es la de recuperar una vieja costumbre del XIX: la lectura compartida en familia. Con Bonsai, disfruta un pequeño como un octogenario, pues las historias son para todas las edades. Pero el intento no es solo el de reunir, sino aprender mediante el contacto y por esta conexión saber de valores, historias y conocimientos que te hagan sentir que has vivido. Por lo tanto, el artífice de esta nuevo proyecto (nada más lejano para Casciari llamarlo empresa o negocio) busca reavivar el calor humano como forma de simbolizar la alegría de vivir social y creativamente, la misma que, según el citado artículo, no solo pudo vivirse tiempo atrás al compás de una lectura hogareña de cualquier familia burguesa de 1856, sino también el que se sintió en los albores de la humanidad cuando “el hombre de las cavernas explicaba a los suyos, alrededor del fuego, cómo logró cazar al mamut”.

Regresando al siglo XXI

Si hay algo que subrayar, entonces, es la trascendencia de las relaciones humanas. Y si se dan bajo la literatura, mejor. Pero el poder de los libros no radica en su formato sino en su contenido. O, más osados aún, esa magia que proviene de los libros, ¿es exclusivo de ellos? Casciari se ha deslumbrado ante los dibujos animados. Las películas de Pixar son buen ejemplo de ello, indica. Además, en este mundo de tránsitos, tecnologías, estímulos y Millenials, ¿se les puede exigir concentración para captar la belleza de una poesía? Casciari piensa en que no hay que subestimar,  que si para él era un imposible caminar derecho y mascar chicle, hoy un adolescente de 14 puede conversar tranquilamente con ocho personas a la vez en Facebook pese al escándalo de su madre. ¿Son necesarios los libros per se?, se pregunta entonces. ¡Hay que valorar más las relaciones humanas antes que nada!, reclama.

El público se ha quedado pasmado. Una profesora toma la palabra y saluda lo dicho por el argentino. Estima ella lo valeroso y lo extraño que resulta para la educación peruana –para la educación en general- que el calor humano se aboque a ella. La profesora quiere saber más del autor y pregunta si Bonsai puede verse, tocarse. “A un par de cuadras, en Sur me parece se están ofreciendo las Bonsai”, contesta el aludido. Y en efecto, cuadras más arriba, una uruguaya buena onda de apellido Sanseviero deja en libertad al visitante para que recorra las entretenidas y bien logradas historias de Bonsai.

Detrás de mí, una elegante señora cuestiona la propuesta revolucionaria de Casciari de dejar de lado la soledad de la lectura por algo más gregario y enriquecedor: “Creo firmemente en la ayuda de los libros para la comprensión lectora, tan vital en nuestros tiempos”. Como si se tratase de defender su terruño, la señora enfila sus argumentos de consumada lectora hacia el argentino. Otro que ha sentido el choque de las polémicas palabras de Casciari es un hombre, todavía no entrado en años, que lleva terno. Señala que le interesa la valoración de las relaciones humanas y que sería productivo ahondar en eso. Solamente un cuestionamiento al autor: por favor, no se meta con mi carrera. El hombre de terno es abogado, una aberración para Casciari. A este le escandaliza que un niño desee ser de grande árbitro o abogado. “¡¿Cómo es posible eso?!”, se exaspera sin perder los papeles. Rumas de papeles, tecnicismos de distopía, saco, camisa, pantalón, corbata y maletín, además de dinero y corrupción: eso es imperdonable para Casciari. Por eso lo tipos malos en Bonsai son todos abogados. Interviene De María, que ha estado escuchando y matizando la conversación. Dice él que no se puede meter a todos los abogados en un mismo saco, que depende más que nada de la moral. Casciari asiente pero en realidad no se la cree. Yo le elevo el pulgar.

Entonces, concuerdan los tres invitados, ¿hay que hacer de los chicos grandes lectores? No, consensúan entre risas. La idea es otra: apostar por las relaciones humanas, por que el niño reciba una educación con afecto, amor, fraternal. Y si de leer se trata, que no sea por obligación. Quizá que sea al modo en que a ella llegó Casciari: su abuelo, prácticamente un nazi de Mercedes, le escondía los mejores libros de una caja llena de ellos. “Serán para después”, resolvió, y mandó a colocar los libros prohibidos en un lugar apartado. El pequeño Casciari hizo lo predecible para un niño: terminó siendo un devorador de libros gracias a la prohibición.

La pregunta del millón

A una chica de chullo, lentes y ropa hipster, que ha estado dibujando mientras los hombres de artes hablaban, no le ha quedado claro algo: “¿Cómo hace la madre que tiene un sueldo paupérrimo y un trabajo de mierda para llegar a casa y ser toda felicidad con su hijo? ¿Es así de fácil, Hernán?”, preguntan sus ojos. Rápidamente, se forma un debate y todos reconocemos que hay causas políticas, sociales, económicas que hay que abordar para apuntar al deseo ese del calor humano como principio de la educación. “¿Y cómo es que se discute esto para un público que lo tiene todo sin que los más afectados estén?”, es más o menos lo que desea cuestionar apretando su cuaderno de dibujo contra sus piernas sabiendo lo jodida de la situación. Nadie ha sabido responder bien eso. La chica se disculpa. Una inquietud natural suya ha terminado en mordaz crítica social. Este artículo es un intento de aperturar lo hablado.

19-06-14

Fuentes: La Nación, La República, La Broken Face, La Mula

Foto: librería Sur