I

La puerta de la casa se abre. Mi padre entra. Detrás de él oigo voces; de entre ellas la de mi tío:

Lili, llama a Aro, dile a que el fumón está en la puerta de Dorita.

“¿El fumón?”, pienso. Me levanto del asiento para ver qué sucede. Mi tío y mi hermano ven, en dirección a la esquina, a un hombre manipulando la chapa de una puerta. A la mierda, presencio un robo.

A ese fumón hay que denunciarlo-digo ofuscado.

La respuesta de mi tío es un desengaño con los ojos. No servirá. Como ve nuestra desazón, suaviza la situación con un comentario: el de esa casa está en la nota.

Salgo de nuevo y el pata sigue. Lo vemos paltearse cuando escucha los ruidos de jóvenes del barrio que se van de parranda. Después de imposibles segundos se va para su madriguera. Decido, entonces, enviarle un mensaje a “Joao”, un amigo de la zona: “Tan robando por el barrio”. Él me llama y por lo bajo le digo: “Ven, pe. Búscame”.

Llega con su perra bien amaestrada. Me despido de mi viejo y bajo. Salimos. Son las 10:30 pm.

II

Le pregunto quién es. “Ese conchesumare de Cánepa”. Descubro su nombre. “Joao” me empieza a contar de sus roces con el fumón, de que alquila habitaciones a gente de mal vivir de los alrededores y que su casa es un nido de fumones que van a malograrse a toda hora, especialmente por las madrugadas y las tardes. “¿Y la directiva del barrio?”. Bien gracias, está en litigio. Mientras tanto, se aprovechan de ese limbo judicial y cobran su buena plata de lo ganado por la renta del complejo deportivo del barrio. Entre tanto, el Cánepa se ha vuelto un serio peligro para los vecinos pues además de ser su casa una zona liberada, roba casas del barrio al introducirse a ellas por los techos. La directiva de Los Pinos, de la que quedan 20 socios, no puede hacer nada porque estructuralmente nació para que solo algunos privilegiados estén en el poder. En teoría, el poder no es heredado por los hijos de los socios (el poder muere con ellos o solo es transplantado a sus esposas) y los nuevos vecinos no pueden participar de las “decisiones” de la comunidad. En la práctica, la participación es nula y en cuanto a los jóvenes que viven más el barrio, “Joao” me dice que estos saben de las fechorías pero se hacen los tercios pues manyan al Cánepa. En lo que respecta a los socios y a la fuente de dinero, me dice “Joao”: “Cuando mueran, viene la Municipalidad, remata la cancha y…” sanseacabó.

Pero quizá no es solo el hecho de que lo conocen lo que hace al Cánepa un tipo intocable, sino el aura de miedo que parece rodear a este delincuente.

III

“Jaime” es un pata base 3. Él se cachuelea haciendo algunos trabajos de manualidades y domésticos. Tiene hijos y con su trabajo los mantiene. Una vez, se encontraba haciendo un trabajo en la capilla del vecindario. Ese día, su hijo fue a ayudarlo en skate. Para poder entrar, dejó el juguete en la puerta de la capilla y entró. Cuando salió el skate no estaba: el  Cánepa se lo llevaba en dirección al barrio contiguo: Roma.

He visto a “Jaime”. Pensé que ante eso iría donde el Cánepa y le partiría la madre. No ocurrió eso. Se le acercó pero en tono conciliador. Cánepa hizo la clásica: hacerse el huevón. La cosa no fue a mayores porque se sabe que el Cánepa está rodeado de gente del hampa. Imagínense, qué persona no tiene cierto status si es microcomercializador de Pasta Básica de Cocaína (PBC), presta su casa como fumadero y da cobijo en sus habitaciones a delincuentes. En pocas palabras, este men tiene contactos: le haces algo y fuiste.

“Jaime” le creyó o fingió creer. Ahí quedó la cosa.

IV

Sigo caminando por el barrio con mi amigo. Me sigue contando la historia de este delincuente. Su familia es de plata. Hasta donde se sabe, esta le pagó un proceso de rehabilitación en los EE.UU; pero el Cánepa se escapó y se vino para el Perú. Por razones filiales y sanguíneas, me dice “Joao”, la familia le compró la casa en la que vive como modo de desentenderse del problema.

Precisamente pasamos ahora por su casa. Es de dos pisos con azotea. Es un lunar en la cuadra. Una tela vieja hace de cortina en el cuarto de luz amarilla. La otra habitación tiene una ventana rota. Lo más llamativo es la puerta, que está pintarrajeada. Mi amigo me comenta que antes pintaron una cruz blanca, pero que luego le repasaron un color negro. En horas de la tarde, puede verse más claramente ese inusual adorno en la puerta fea.

V

Al dar la primera vuelta al barrio, mi pata me sugiere que le diga al vigilante lo ocurrido. Lo llamamos y este se hace el loco. Insistimos y se queda parado. Vamos. Le comento lo que sucedió. El vigilante solamente corrobora lo dicho por mi amigo. Para él lo mejor es denunciar al mal elemento; pero no sucede. Por ejemplo, una vez se metió a una casa y robó los relojes. Días después, campantemente iba a la panadería a comprar algo con el reloj puesto. Coincidentemente, el vecino hurtado estaba ahí y lo vio. Se le achoró feote. El Cánepa no tuvo otra opción que devolverle la gracia. Pese a eso, el Cánepa sigue sin una denuncia que lo ponga tras las rejas.

VI

Vamos a la esquina. Vendrá un pata de mi amigo para ver de qué va el asunto del choro del barrio. Lo esperamos, entramos a casa para sacar algunas cosas. En la puerta, alguien avisa: “Ahí está”. Vemos en ese momento al delincuente de marras, un tipo flaco y de cara y ropa malogradas por la mala vida. Carga un vidrio gigante. Va en dirección a la avenida. Tanto mi pata como el recién llegado, se hacen los locos y sacan sus celulares. Yo no puedo, no soy tan moderno. Cuando el Cánepa avanza, lo empezamos a tasar. Pero el Cánepa no está solo. Metros atrás, en su casa, hay una persona que le sigue los pasos. Advierto. La puerta se cierra, desaparece esa persona.

VII

“Joao” me dice que va a Mirones. Lo empezamos a seguir. Me cuenta que va a vender el vidrio y de ahí a comprar su droga. Cuando el Cánepa se encuentra con alguien por la calle o lo pulsea o le intenta vender algo: “Causa, achórate con 2 ferritos”, “Te vendo esta casaca. Habla. 20 lucas”. El Cánepa se mueve en esas dos cifras, céntimos o soles. La razón es la siguiente. Con los 20 soles compra 30 ketes de PBC en Mirones o con los 20 céntimos llama a su dealer para hacer la transacción. 20, esa es la nota que se pone este mal alumno.

VIII

Mirones, “el barrio de Cachín”. Hacia allá nos dirigimos. Empezamos a conversar del barrio, de la delincuencia, de los choros. En eso, “Julio”, el recién llegado, nos pide que caminemos más rápido. “Te esperamos en la esquina”, dice “Joao”.

En ella, un negrito gordito se siente intimidado por la perra suelta de mi causa. “Pasa, no muerde”, le decimos. El chibolo nos sonríe y se va corriendo. La noche ha avanzado. Los jóvenes bañados y talqueados, bien vestidos, salen para vivir la noche de sábado. También pasan carros policías, serenos en moto. Mi pata empieza a preocuparse por el business de “Julio”.

Pero es una falsa alarma. “Julio” a lo lejos nos llama. Avanzamos. En la esquina, nos sobresaltamos un poco. De un auto viejo, salen como más de 8 chibolos con traza de avezados. Suenan sus voces alharacas, empiezan a pelearse por el sol que termine de pagar la carrera. “Tono en el Norma”, dice “Joao” en referencia al parque cercano. Difícil no imaginarse lo que se vivirá en esa fiesta. Cuando el auto da la vuelta y se enrumba hacia la Colonial, el chofer nos mira por segundos.

IX

Dejamos a “Julio” en un parque rodeado de casas en las que la mayoría de jóvenes fuma droga. Regresamos y nos metemos por los vericuetos de los blocks de Mirones Viejo. En la espalda de uno de esos edificios, aparece un hombre de piel morena que nos pulsea con la mirada. La perra ladra y se adelanta para husmear algún arbusto. El hombre sigue, hoy no nos toca.

“Joao” ha empezado a hablar sobre el uso y efectos que le da la marihuana. Me habla de ella como si le generara esa sensibilidad que tienen los poetas. “Cuando fumo, mi mente se me abre, puedo ver cosas más allá. Por ejemplo”, dice mientras caminamos, “¿ves esa casa de allá que está entre dos palmeras? Ya, desde aquí puedo ver la organización de esa casa, su orden. Sé que en ese cuarto hay una lavado…

Buena, ingeniero.

Nos volteamos para ver quién habló. No hay nadie.

-¿Tu pata?-le pregunto.

Mi causa no sabe nada. Volteamos a ver las ventanas y casi todas están oscuras y sin gente visible detrás de ellas. “Buen análisis”, dice, de pronto, un hombre apoyado en el marco de una ventana. Nosotros nos sorprendemos. Le hacemos un saludo y seguimos caminando por ese patio hasta bajar por las escaleras e ir por el parque. En los peldaños hay tres personas bebiendo ron. El hombre de la ventana les pasa la voz. “Qué loco”, pienso.

X

Avanzamos por las entrañas de un block de pared cuarteada, descascarada. Me pregunto si el 80% de los jóvenes del barrio estarán en drogas. “Todos”, me dice “Joao”, “inclusive los tíos”. A nuestro lado, dos treinteañeros con ganas de pasarla bien miran hacia arriba esperando que baje uno de sus amigos del block.

Manteniendo la idea de un barrio en el que la droga cunde, mi pata me señala a una pareja sentada sobre las gradas.

Mira, tan empaquetando su huevada.

En pleno aire libre, los microcomercializadores dan una lección de verdadero emprendedurismo.

Seguimos caminando, hablamos de la debacle de los barrios, del futuro de los jóvenes, de aquella evitada acera en la que se roba mucho. Doblamos, vamos a casa desde un callejón.

XI

En la avenida, un policía en moto se acerca a una pareja. Les habla, luego se va. Cruzamos la pista. Ya va cerrando nuestra parte de la noche. Al llegar a la puerta de fierro, para despedirnos, vemos que dos patas se acercan. Es Cánepa y alguien más.

-¿Nos quedamos?

Mejor no –dice mi pata- mi flaca me va a llamar.

Se va.

Caminando a casa, siento pasos detrás de mí. Volteo. Un joven me sobrepasa; está apurado. Sus pasos son muy rápidos, a estas horas de la noche, esa y no otra es la velocidad que se espera.

Cánepa y su acompañante cruzan la avenida. Van como a Mirones. Ellos también caminan rápido.

27-08-15