Hoy es el día.

Puedes sentir una incomodidad en todo tu cuerpo. Hoy es el día. Sabes que te encuentras solo, y que, por más que grites o llores, la ayuda no llegará. Hoy es el día. Los nervios te invaden, pues estás a punto de embarcarte en una aventura nueva y posiblemente llena de peligros inminentes. Hoy es el día.

El momento ha llegado para que pruebes tu valor al mundo, a todos los que te dijeron que no podías, a ti mismo -pues hasta hace unos momentos estabas seguro de que no lo lograrías-. Pero tienes que hacerlo, tu propio cuerpo te lo pide. Sientes las ansias que nacen desde la zona de tu abdomen, a un nivel más interno y que no puedes comprender del todo. Aun así, esta no es una sensación nueva para ti. Más bien, es una sensación con la que vives día a día. Solo que hoy, oh, hoy, tienes que tratar de calmar estas ansias por tu cuenta.

Estás solo -una vez más recuerdas este detalle- y sudas de nerviosismo. Las gotas caen por tu sien como si la cuestión no fuera con ellas, pero rápidamente desaparecen entre los mechones de cabello que cubren tus orejas. Sientes cómo, de a pocos y con el pasar de los segundos, tu corazón empieza a bombear con mayor fuerza, y las ansias se esparcen por todo tu cuerpo hasta llegar a tus piernas. Ahí es cuando avanzas. Te diriges hacia un ambiente privado, pero afortunadamente de buen olor, y te dispones a asear tus manos. Sabes que no puedes enfrentar ese tipo de situación sin haber quitado cualquier rastro de suciedad de tus extremidades, o sino nada tendría sentido.

Buscas una tela suave con la cual eliminar cualquier gota escurridiza de agua que pudiera quedar entre tus dedos, y procedes a apretujar un pequeño mecanismo hecho a base de plástico, que yace sobre un mesón. Un líquido no tan escurridizo como el agua, sino más compacto, cae en la palma de tu mano, y lo remueves por toda la extensión de la misma. El olor a mandarina invade tus fosas nasales, y tu mente divaga, olvidando por un minuto todo el estrés que te causa la situación que estas a punto de vivir. Recuerdas cuando tu madre solía pelar esa misma fruta para ti, y te la mandaba el colegio. Ah… ahora recuerdas el colegio; esos tiempos en los que disfrutabas comiendo mandarinas mientras te relajabas con tus amigos en el recreo. ¿Qué sería de la vida de María o de Diego? No los veías desde hace mucho, y justo en ese momento lo recuerdas.

Pero un sonido inusual -aunque no por ello desconocido-, parecido al rugido de un dragón, te sacó de ese espacio nostálgico, trayéndote de vuelta a la cruel realidad. El líquido había sido esparcido por toda la superficie de tus manos con éxito. Recuerdas que nunca lo habías usado antes, aun cuando ese era su lugar de fácil acceso desde hace dos meses. Tú solo querías oler las mandarinas, para ver si ayudaban a relajarte. ¡Y funcionó! …por unos minutos.

Ahora sí, te preparas. Avanzas con pasos decididos, tratando de ocultar el miedo que quiere invadir tu cuerpo una vez más y que podría paralizarte si es que dejas que te afecte demasiado. Sales de ese espacio privado que terminó oliendo a mandarinas, y avanzas a uno más amplio y de olores diversos. Aprecias que en el mesón ya se encuentra todo preparado.

Todo está listo. Solo faltas tú.

Lo que necesitabas para entrar en acción, y a esa situación que detestas con toda tu alma, yacía sobre un recipiente amplio aguardando pacientemente como si te observara y quisiera probar tus agallas. Pensar en algo tan absurdo como ello tuvo mejores resultados de los que esperabas, pues tu orgullo te impedía perder frente a esos objetos inanimados.

Avanzas una vez más, y te detienes frente al recipiente. Lo observas fijamente, pensando una y otra vez que ese era su momento. Destruirías a esos pequeños objetos que osaban burlarse de ti. Así que tomas la máquina que serviría para liquidarlos, escurriendo un líquido grasoso sobre la superficie de la misma. ¿La sentencia de muerte para esos malditos? Ser quemados vivos.

Alzas una mano y tomas un puñado de los condenados a muerte, dirigiéndolos sin piedad hacia la superficie, que ya se había calentado lo suficiente como para llevar a cabo la sentencia. Sientes tu corazón latir con fuerza, pero ya no tienes miedo. Estás feliz de poder presenciar la situación. No obstante, cuando sueltas a los pequeños objetos color crema sobre la superficie caliente y empiezas a escuchar sus gritos de dolor, te das cuenta de tu error.

Gotas de líquido similar a la lava caen sobre la desnuda piel de tu brazo derecho, y sueltas un grito de la sorpresa. Tu expresión es de puro desconcierto, para luego tornarse en una de terror. Lo habías olvidado. Esos objetos pequeños no se burlaban de ti, sino que trataban de advertirte. Tu verdadero enemigo era todo lo que yacía en esa máquina asesina. El líquido grasoso, que ahora burbujeaba alrededor de los objetos alargados y cremas, encargándose de dejarlos bien presentables para cuando fueras a seguir con el plan que te habías propuesto. Gruñes, molesto por tu falta de preparación, y por haberte dejado llevar por las ansias, que ahora parecían controlar tus acciones.

Te agachas un poco, y avanzas de esa manera, hasta que tu mano herida dio con un objeto metálico: un escudo. Retrocedes un poco y encuentras una fuente de la juventud. Inmediatamente insertas tu brazo ya casi carbonizado, y el dolor desaparece. AHORA sí, estás listo. Vuelves a la escena de batalla, en donde esa sustancia grasosa termina su labor, pero persiste en atacarte. Sin embargo, ahora estas preparado. Divisas un arma a la distancia, y te arriesgas a estirar tu brazo y tomarla. Lo logras, por suerte, sin mayores contratiempos, y utilizando el escudo a tu favor, logras reducir los ataques de esa sustancia a casi un 100%, siguiendo con el proceso que no podías dejar de lado por nada del mundo. Habías cometido un error, pero sabías que debías terminar tu trabajo.

La contienda duró aproximadamente veinte minutos, en los que luchaste arduamente y no te rendiste. ¡Lo lograste! Ahora disfrutarás de los frutos de tanto esfuerzo.

Los pequeños objetos, inmóviles y grasosos, ahora yacen sobre una superficie plástica, la cual tomas y diriges hasta una base de madera. Tomas asiento frente a la misma y miras tu creación. Era perfecta. El sudor, sufrimiento y -casi- lágrimas que derramaste habían valido la pena. Ahora serías capaz de saciar tu hambre, disfrutando de tu tentempié preferido. Tomas un objeto metálico similar a un trinche y comienzas con el festín. En ese momento te das cuenta de la realidad: habías logrado tu cometido. Te jactas de que podrías hacerlo en cualquier otro momento, que no fue tan difícil, ¡y es porque no lo es en realidad!

Solo son papas en una sartén.