Estamos todos debidamente acomodados para escuchar los comentarios, ojalá palabras nuevas, sobre José María Arguedas, aquel gran investigador de la identidad peruana. Por el momento, minutos antes de que empiece el homenaje a su persona por los 104 años de su nacimiento. La mayoría son personas mayores, pocos jóvenes, lo que cambiaría conforme el tiempo avanzaba. Mientras tanto, como queriendo acelerar la iniciación, un señor de mayor edad, ubicado en la parte trasera del auditorio, da sendas e impacientes palmas de “apúrense, pues”. Varios voltean para observar al señor que apura.

De súbito una voz femenina pero robótica se oye. La voz da cinco recomendaciones en caso de sismos y también en casos de que alguien quiera fumar. La ansiedad por el inicio del homenaje hace que me convierta en un rabioso neoliberal, de esos que acostumbramos leer en los diarios peruanos: “¡Hasta para soltar avisos el Estado es burócrata!”. Es que demora mucho.

Como si las palmadas hubieran surtido efecto, Gabriel Rimachi, representante de Lima Gris, colectivo que convoca y ha organizado el evento –junto a Piscosour.com y la gestión cultural de Petroperú-, da algunas palabras.

Máximo homenaje a Damián

Se tenía previsto llamar al reconocido violinista Máximo Damián para que forme parte del evento. Desafortunadamente, Damián se fue hace una semana. “Obligación moral”, dice Gabriel Rimachi, que el violinista máximo del Perú sea también galardonado este viernes. A manera de anécdota, recordó que cuando fueron a buscarlo a su casa para invitarlo al evento, se armó en ella una fiesta que puso a zapatear a todo el mundo. Seguramente, Máximo había dicho que sí. El representante, que tiene voz muy seria, no pudo evitar que se le escape una risa.

Las palabras iniciales sirvieron para cuestionar la eterna labor del Estado cuando un artista hijo de la tierra muere: “Llegan cuando ya no deben llegar”.

A Gabriel Rimachi le siguió Carlos Del Águila, director del área cultural de la empresa. Sin mucha profundidad en sus palabras, dijo en referencia al violinista y al escritor andahuaylino: “Ya están juntos en el más allá”. Aprovechó la oportunidad para comentar que con este evento se iniciaban las series culturales, así como también dio noticia de que preparan ediciones en braille de las obras de Arguedas y del poeta peruano César Vallejo.

Al finalizar, la palabra fue nuevamente para el hombre de Lima Gris. Conocedor del ambiente cultural en el que vivimos, contaba cómo en Chile se hacía un homenaje al afamado y frontal Roberto Bolaño, escritor mapuche. Quiso decir cómo convocaba gente su nombre, y lo dijo para señalar que en el Perú había un vacío. Por eso se hizo una pregunta: “¿Cómo acercamos la cultura a la gente? Quizá la palabra vista tenga la respuesta”. Acto seguido, desde la parte del fondo, se reprodujo un video en dos franjas antepuestas de la pared. Algunas piezas que sostenían partituras o instrumentos musicales impedían, no obstante, que el público asistente pueda leer fehacientemente los subtítulos.

“El tajo de humedad que le atravesaba la cara…”

Aparecen ante nuestros ojos imágenes de una marcha fúnebre. Hay mucha gente y suena, también, un sonido que hace amar. La música que se escucha se introduce en uno, es simplemente hermosa. Lo que se ve es el entierro de José María Arguedas. Hay dolor y pena que pasan mejor con arte. Aparecen los titulares de la época, en donde se informa del suicidio del escritor. También puede se podía escuchar la voz de Arguedas que canta una canción muy bonita.

Termina el episodio del deceso de Arguedas, que finaliza también con las palmas del respetable. Y aparece ante nosotros un rostro conocido: Eduardo Galeano. Con esa voz pausada y entrañable que lo caracteriza, el cronista montevideano cuenta  la vez que llegó de viaje a su patria, antes de que el exilio persiga a los que dicen la verdad, y se dirigió a la casa del escritor Juan Carlos Onetti. Galeano tenía en su poder “un libro, libro último” de Arguedas, libro en que cuenta todo: El zorro de arriba y el zorro de abajo, en donde le dedica unas líneas al escritor uruguayo. Con esa intención, va Galeano y le pregunta a Onetti si puede transmitir el testimonio; Onetti accede. Arguedas dice por la voz de Eduardo: “Ahora estoy en Santiago de  Chile y no tengo fuerzas para hacer lo que quiero, y lo que quiero hacer es irme a Montevideo y encontrar a Onetti para apretarle la mano con la que escribe”. Galeano mira a Onetti. Este, por unos segundos, intenta ser estatua. Galeano, “por pudor”, va bajando la mirada… “para no ver el tajo de humedad que le atravesaba la cara…”.

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Conocer el espíritu del niño

Cuando todo termina, sin mirar al público, el de Lima Gris nos dice: “Va a ser una noche muy bonita”. De inmediato, previo nombramiento, aparecen cinco hombres que estaban sentados entre el público. Un director de una escuela de folklore, un antropólogo, dos escritores y un cronista. Ellos hablarían de José María Arguedas y de lo que también deseen.

Benjamín Loayza, director de la Escuela Nacional de Folklore “José María Arguedas”, opina que la labor literaria de Arguedas ha opacado su acción como educador, labor que prodigó durante 28 años y que lo hizo recorrer las aulas de colegios como el Alfonso Ugarte, el Guadalupe o el Mariano Melgar; así como en Sicuani, Cusco; y en las universidades San Marcos y la Agraria.

El profesor pide que los asistentes le auxilien con el sistema de audición. Él nos ha traído una grabación de Arguedas en la que se le escucha hablar. En el audio, el maestro da una semblanza de opiniones sobre el folklore, que es un “material para la educación misma”, pues da “informaciones para conocer el espíritu, el modo de ser del estudiante” (y del pueblo donde trabajan). Arguedas da una sentencia fundamental: “No puedes conocer a los niños si no se conoce su espíritu”.

Habla, al rato, de la diferencia natural de los niños de Lima, de los de la costa norte cercanos al puerto, los de las aldeas andinas. “El mundo todo que nos rodea es diferente”. Seguidamente, Arguedas cuenta que cuando se le pidió ser maestro, se le brindó también un programa del curso de gramática y castellano. ¡Qué sorpresa para este escritor de prestigio! Con algo de inquietud se dio cuenta de que se había olvidado de muchas cosas de esas ramas del lenguaje y, sin embargo, sentía que tenía cierto dominio sobre él. “El conocimiento no es tan importante”, pasa a reflexionar.

En consecuencia, Arguedas, que habla de la educación, postula que son tres cosas las que debe tener en cuenta un maestro. Lo primero, conocer lo que se va a enseñar; en segundo lugar, reconocer el alma, el modo de ser del niño; y por último, la manera en que se debe de educar. Todo esto lo dice porque se ha dado cuenta de cómo ve en los centros de formación un excesivo apego al método. A esto, Arguedas contrapone la necesidad de ganarse la amistad de los pequeños.

La grabación termina y Benjamín Loayza empieza con lugares comunes, redundancias de lo que dice Arguedas y también lo que parece ser una labor propagandística de nuestro Minedu.

El de Lima Gris, cuando ya había finalizado el olvidado Loayza, dice, en referencia a lo escuchado por Arguedas: “esas son las diferencias entre profesor y maestro”. Los segundos: comprometidos y conocedores de las semillas, los formadores de personas.

La mochila del antropólogo Arguedas

A su lado, Renato Merino da inicio a su alocución: “Arguedas, el etnógrafo de la cultura peruana”. Merino, antropólogo de San Marcos, comenta que la vena antropológica de Arguedas puede ser rastreada desde sus primeros escritos. Esta vena no es otra que la disposición para conocer y comprender al otro. “Establecer puentes”, cita a Carmen María Pinilla cuando la estudiosa de la obra arguediana considera al escritor andahuaylino como una persona “especialmente dotada” para la sensibilidad.

Merino establece dos momentos en la obra arguediana. El primero, centrado entre los años 30 y mediados de la década del 40’, en el que Arguedas relata viajes y los rituales de los centros que visita por el Perú. Habla de la cerámica india, del charango, de la lengua quechua y su poesía. Describe, analiza e interpreta. Va apareciendo el recurrente “observador externo” de la antropología, que forma parte de la fluidez liminal y que, por ello, le da la posibilidad de ser parte de lo que observa. Si bien esto es motivo de controversia en la antropología actual (es decir, sobre la capacidad “real” de ser fielmente parte de lo observado sin “contaminar”), la genuina sensibilidad de Arguedas le brindó las facilidades para hacer de sus obras un gran retrato del mundo andino.

Son estos rasgos, empero, lo que lleva a Merino a diferenciar la obra literaria de la obra antropológica. La primera sería importante pero llena de metáforas; la segunda, una representación objetiva, “o por lo menos pretendidamente –enfatiza Merino- objetiva”.

El segundo momento establecido por Merino sería durante inicios de la década de 1950 en adelante. En 1952 se traslada a Puquio para realizar trabajos propiamente académicos. Como resultado tendrá: “Puquio, una cultura en proceso de cambio”. En este estudio realiza un análisis que comprende las relaciones interétnicas e intergeneracionales, los procesos de modernización encontrados entre la relación Estado-escuela-comunidad, etc. Aquí, Arguedas plantea la voluntad de cambio existente entre los indios y, asimismo, la desaparición del indio, producto del mestizaje.

Estas tesis producen escozor entre tres sectores: los socialistas, los indigenistas y los desarrollistas. Los primeros temen que el campesino rebelde (ubicado en la pirámide marxista) desaparezca y, con ello, todos sus esquemas de lucha revolucionaria. Los segundos temen que la identidad nacional se pierda: “¡Ya no hay indígenas!”. Los terceros dejan de ver antes sus ojos a los seres atrasados y que deben de ser modernizados por sus elaborados programas. Qué osadía.

En 1955, se va al Valle del Mantaro, donde piensa escribir una tesis sobre la evolución del indígena. Va a la Feria dominical de Huancayo y ve ahí el emprendedurismo de sus gentes. Hay capitalismo y modernización, que no son nada ajenos para el lugar. ¿Cómo explicar eso si no hubo aculturación?

La situación del valle, en donde las correlaciones de fuerzas hicieron que sean los mestizos e indios quienes se encarguen de la administración del lugar, así como del acceso a las tierras y la propiedad de las mismas. Situaciones no exentas de conflictos, las mismas que hicieron que haya una suerte de convivencia entre indios, mestizos y mistis. Todo este cuadro da como resultado un mestizaje que arrastra suma complejidad. Lo que se ve en la costa norte será otro ejemplo del camino lleno de complicación.

En 1958, Arguedas es becado por la UNESCO y parte para España para realizar su tesis doctoral “Las comunidades de España y del Perú”, que es un análisis comparativo de las comunidades de España y el Perú que busca hallar las relaciones que pueden guardar ambas organizaciones sociales. Merino subraya que este es un punto para destacar pues tradicionalmente la lógica de los trabajos académicos funciona bajo el tipo de centro-periferia. Es decir, personajes procedentes de los centros sociales de poder acuden a las periferias (no geográficas, sino las relacionadas mediante los circuitos de importancia: por ejemplo, Perú por ser exportador de materias primas) para realizar los trabajos. En el caso de Arguedas fue distinto. “Es una alteración de la geopolítica del conocimiento que se sigue dando hasta nuestros días”, dice Merino.

Merino finaliza con unas palabras referidas a la labor etnográfica: “Este es un ser que camina con la mochila al hombro, que se encarga de entender las guías simbólicas de las sociedades. En ese camino de descubrimiento, el etnógrafo, ser humano al fin y al cabo, tiene la oportunidad de perderse, pero también de encontrarse.”

El nervioso escritor y el laurel que dicen que no estuvo

Luis Fernando Cueto, ganador del Premio Copé del 2012 por su novela “Ese camino existe”, experimenta un ligero nerviosismo. Se le ve asombrado y la serenidad no encuentra lugar en él. Cueto dice que los cantos, el sepelio de Arguedas, las palabras de Galeano y la lágrima de Onetti, imágenes provenientes del video que dio inicio a esta mesa, han vuelto su cabeza “un avispero”.

Sobrepuesto del shock emocional, Cueto simplemente fluye. El escritor nos pregunta y se pregunta: ¿Por qué es tan importante Arguedas? Entre sus oraciones va apareciendo la figura del intelectual europeo Walter Benjamin (quien, coincidentemente, también se suicidó) y también el novelista Proust. Cueto señala los dos tipos de memoria que pueden evaluarse en la realidad según Benjamín a raíz de un estudio que hace este de la obra de Proust: la voluntaria y la involuntaria. Sin embargo, esas dos memorias son insuficientes en el trabajo arguediano pues en la obra de Arguedas se muestra, en una compleja simbiosis, una memoria colectiva. Es esa memoria colectiva, que Arguedas pone en el tapete, la memoria que evade las limitantes discursivas que dicta el Perú oficial. Con Arguedas se ve a ese Perú profundo: “¡Arguedas los rescata!”. En ese sentido, a Cueto le sorprende que sea Onetti, parte de la “argolla del boom”, quien sea destinatario del aprecio del escritor ya que los escritores de este movimiento estaban en contra de los maniqueísmos tradicionales que aparecían hasta ese momento en las novelas y a las que, como en el caso de Cortázar, se quiso vincular a Arguedas.

Arguedas protestó a estas acusaciones y “dijo” que podía ser un escritor moderno, darles esa vida interior que, en ese contexto, se exigía en las obras literarias. Por cosas de la vida terminó en la tierra de Cueto, o sea, Chimbote, que en ese momento vivía el boom de la pesca. Arguedas vio ante sus ojos la migración nacional e internacional, subsumida en malos niveles de vida. En esa amalgama de culturas, Arguedas encontró esa “grandeza” sobre la que valía la pena escribir y aplicar su impuesto nuevo método de escritura.

Cueto cuenta cómo Arguedas recorrió y avistó los interiores de esa latente ciudad en el carro del esposo de su sobrina; cómo Arguedas conoce a la fauna de personajes emblemáticos del lugar, como el Loco Moncada o el empresario Banchero Rossi. En ese ambiente desordenado y de ebullición, Arguedas desea darle orden, pero también ficción: en una parte importante de “El zorro de arriba…” se habla de un árbol de laurel en el patio de un burdel chimbotano. Los lectores del libro acudieron a Chimbote para conocer los diferentes espacios que en la obra aparecen, pero no llegan a dar con el afamado árbol. Según Cueto, la regenta del burdel dijo que nunca hubo alguno.

El secreto del violinista

Eloy Jáuregui, cronista del suburbio y la bohemia, no deja pasar el momento para agradecer a Lima Gris y también para cuestionar la sistemática labor del Estado por abandonar a sus artistas. Agradece, por otro lado, a la vida por haberle presentado no solo a José María Arguedas sino a su leal amigo Máximo Damián. No había de otra: los domingos, el padre de Jáuregui organizaba almuerzos en su casa del movido distrito de Surquillo (“¡La esquina más poética!: Dante con Primavera”) a la que iba Arguedas invitado con grabadora. En ese tiempo, Arguedas era uno de los pocos peruanos que llevaba una consigo.  En esas tardes de domingo, entre pláticas y buenos piscos, Jáuregui conoció a Arguedas.

También pudo encontrarse a solas con Máximo Damián. Allá por el 71’, cuando Jáuregui trabajaba de empleado en el Banco Central Hipotecario del Perú, se encontró con Máximo Damián, que cumplía labores de conserje. El puesto en el que Damián se ubicaba lo hacía blanco directo del racismo despiadado y ramplón de los jefesotes.

Máximo respondía con una “filosofía especial”.

En las reuniones de directivos, Máximo era el encargado de llevar los aperitivos. Libre de vigilancias, Máximo procedía a su calculada y justa venganza. Abriendo cada pan, el violinista depositaba su húmedo y viscoso contragolpe.

-Máximo, ¡qué bueno está el pan! ¿Qué le echas?

-Es un secreto…-decía el violinista que resistía a los “Cholos de mierda” de los encumbrados jefes.

El público celebra el equilibrio de la balanza de Damián con palmas, también la fresca memoria del deschavado Jáuregui.

Una noche en la que Máximo y Arguedas comparten el sueño, Arguedas deja notar su rostro triste. Preocupado, el amigo violinista le pregunta:

– ¿Qué pasa, doctor? – pregunta Máximo al amigo.

– No me diga doctor-responde Arguedas.

– Ya, doctor.

Después un momento, Arguedas le confía:

– Máximo, estoy enamorado.

Y es que por ese entonces, José María Arguedas había conocido a Vilma Ponce Martínez, una mujer con la que tuvo un intenso romance en el Valle del Mantaro. Del amorío nació una niña llamada Victoria. Por el 77’ un periodista huancaíno llamado Apolinario Mayta Inga descubre lo ocurrido y lo publica en un medio de prensa. Jáuregui, ya como periodista, acude a Huancayo para cubrir el tema. Se sabrá con el tiempo que Victoria sí es hija del novelista. Informado como estaba de los entretelones del asunto, Jáuregui logra dar con las cartas de amor que le escribe Arguedas a Vilma; cartas que saldrán a la luz años después y darán cuenta del intenso amor que siente Arguedas. Jáuregui lo define así: “estaba dulce, terrible y enloquecidamente enamorado”.

Del amor se pasa a algo, con razón, más colérico e indignante: “¡Me voy a quejar siempre!”, explota Jáuregui. Molesto está por el maltrato que se le da a quienes dan alegría y reflexión. “Este es el país de los poetas muertos”. Asimismo, lanza sus filudos dardos con la televisión basura que solo aspira a que los cuerpos crezcan desmesurados de vigor y el cerebro nada. A mí solo me queda unirme a su lucha por defender e incentivar los circuitos culturales.

La amistad entre el Rímac y el Danubio

El escritor Carlos Calderón Fajardo, último de los cinco, reconoce que poco tiene que agregar. Sin embargo, hace un pequeño viaje al pasado para recordar a uno de sus escritores peruanos favoritos. Rememora a Ricardo Palma y a su creación del género de las tradiciones, a la que Miguel de Unamuno prologa en una edición del libro para España. También recuerda a Ciro Alegría, quien venció a Onetti en un certamen literario dejando al uruguayo como segundo puesto por su libro El mundo es ancho y ajeno. Ribeyro con sus cuentos también es nombrado: “Ribeyro, el narrador del fracaso”. Mario Vargas Llosa también es comentado. Y llega Arguedas, considerado como quien tiene el mayor reto.

Arguedas, dice Calderón Fajardo, tuvo la titánica idea de llevarse la literatura y la cultura indígena al hombro, aquello que hasta ese momento no estaba ahí. Porque pudieron haber habido indigenistas pero no tipos como Arguedas que le ofrecieron otra mirada, más sentida y real, al indio. Calderón reseña el primer capítulo de “Todas las sangres” como uno de los mejores que ha leído. Y, ya que habla de las obras de Arguedas, califica a “El zorro de arriba…” como una novela posmoderna.

A la hora de recordar alguna vivencia con Arguedas, cuenta que entre el 63 y el 64, ambos estuvieron juntos en un Congreso de escritores en Berlín. Los dos durmieron en el mismo cuarto (“pero en diferentes camas”, pertinente aclaración para la risa del público). Calderón llega a sentir la emoción de Arguedas al hallarse este en el lugar donde se dan los acontecimientos del cuento de “La flauta mágica”. El río Danubio, que pasa cerca, también encandila al escritor, quien le pide ir.

– Pero no es azul – le dice Calderón, preso de verdad, a Arguedas.

Van.

Grande es su sorpresa cuando ve que el escritor se acerca al río y, como un poseso, ¡se pone a hablar con él! Calderón cuenta esa habilidad particular de Arguedas. Lo ve en diálogo franco y contento. Solo le queda reírse emocionado.

Cuando Arguedas se para, sumamente complacido, le dice.

– Le he hablado del Rímac.

Añade:

– ¡Estoy seguro de que si se conocieran serían extraordinarios amigos!

En serio  fue una bonita noche

“Va a ser una noche muy bonita” dijo el presentador del conversatorio antes de que se empiece a hablar. Tras una lenta espera, ingresan al estrado la viuda de Máximo Damián, Isabel Asto. Ella agradece la visita y el cariño prodigado hacia su esposo. La acompaña el hermano, también violinista al igual que Damián, un arpista que lleva el arpa colocado sobre su pecho y sostenida por su hombro derecho. Entonan una canción, a la cual Asto le otorga una voz muy aguda. Junto a ellos también están también dos danzantes. Uno es más joven que el otro. Cuando Asto deja de cantar, los danzantes, enfundados en sus trajes y con la montera (sombrero de los danzaqs) bien puesta entran al ruedo.

Realizan diferentes piruetas, saltos mortales, caminan en puntas, y se enfrentan en singular duelo. Sus tijeras de metal resplandecen y mantienen el ritmo del arpa y del violín. Estos dos sonidos son seguidos también por el metálico chocar de las tijeras. Los danzantes, que son como un zorro viejo y un zorro joven, muestran la vitalidad de la tradición y homenajean a quien escribió “La muerte de Rasu Ñiti”, cuento que habla sobre un danzante de tijeras que deja este mundo.

Atrás de donde está el público se han estado preparando un grupo de músicos de camisas blancas. Cuando terminan los danzantes y se van, Asto, el arpista y el violinista agradecidos, entran y tocan melodías del ande. Ellos pertenecen al elenco de música de la Escuela Nacional de Folklore. Seguidamente hacen su aparición danzantes de esa misma institución y bailan e interpretan dos canciones: “Carnaval de San Pablo” y “Acshutatay”, este último del departamento de Junín. Los sonidos de las mujeres, igualmente agudo, resuena en el auditorio.

Cuando terminan de bailar, se realiza un sorteo. El premio es una pintura del artista Hugo Salazar Chuquimango, el pintor-guachimán que en sus horas nocturnas de trabajo es inspirado por el temor y la noche y, durante el día, le encarga al pincel que se dedique a la creadora catarsis.

La señora que se ha ganado el premio no sabe el nombre del pintor. Cuando lo encuentra, acicateada por mí, le pregunta por qué el cuadro con el retrato de Arguedas parece pintado en madera y con el inicio de la veta justo en el ojo derecho del escritor. Salazar Chuquimango es realmente tímido, de pocas palabras. Su respuesta (de que fue coincidencia) no me satisfizo.

Se presenta Ana María Intili, una poetisa argentina. Sus líricos y sensibles poemas son leídos y ella recita uno de Vallejo. Luego, yo recito a Nicómedes Santa Cruz. Los chilcanos no dejan de cruzar la sala y hace mucho tiempo ya que la cola se desordenó en amena búsqueda del diálogo.

“Será muy bonita la noche”. Y es verdad. Ha habido poesía, pisco, conversaciones y bromas. Camino a la salida, en el segundo piso, y también en la puerta del grandísimo local, un grupo de mujeres cantan en quechua con unas voces de indescriptible hermosura. Algunos grupos se van formando. El antropólogo Merino, apoyado en la puerta, se despide con un brindis. No son ni siquiera las 12 del viernes 20 de febrero. Sí que sería una bonita noche.

Imágenes: Lima Gris

03-03-15