He salido a la calle por primera vez después de estar más de tres meses en casa. Me vi en la obligación de salir de mi agujero, de mi ratonera como le dice mi madre, ya que mi vista comenzó a fallarme de la misma manera en la que siento que lo estoy haciendo con las personas que más quiero.

He estado a gusto en mi trastienda, no voy a mentirles, pues este es mi lugar de trabajo y de emoción y por eso la cuido demasiado y la preparo para momentos de reclusión. En ella hago el amor, lo deshago cuando hace falta, dibujo, escribo y continúo trabajando aunque el estrés y la ansiedad se pongan a bailar en el salón. También abrazo a mi súper can, disfruto de la tranquilidad del silencio y escucho atentamente cuando comienza habitar vida al exterior de mi trastienda.

Siento que llevo años preparándome para un confinamiento mundial; sin embargo, reconozco que es cierto que todo da un giro de 360 grados cuando la puerta se cierra de manera obligatoria y no porque uno(a) lo decide. Entonces empieza así la película dramática del año…

Una mañana -que pensé que sería como otra cualquiera- escuché una conversación ajena. Las palabras que intercambiaban hicieron que parara la oreja estando a más de dos metros de distancia.

Papá, cálmate. No hables tonterías. – decía la mujer que estaba a solo una decenas de pasos de mí mientras la voz se le iba quebrando poco a poco.

Nos vamos a morir. ¡Yo lo sé! Los doctores dijeron que los ancianos no iban a ser atendidos en el hospital porque ya colapsaron. Los jóvenes son los que importan ahora. ¡Yo lo oí! ¡Yo lo oí! – explotaba la voz de un anciano que gritaba de dolor por el móvil.

Ya, cállate. ¡Cállate! Pásame con mamá quiero hablar con ella.

De ahí solo oí unos breves silencios que daba la sensación de presenciar una sentencia de muerte. Una tan dolorosa que terminó con: Ya no lloren por favor. Van a estar bien, yo lo sé. Los quiero un montón.

El corazón se me hizo añicos cuando dejó de llorar el teléfono. Había oído y leído a tanta gente de mi alrededor que me decía que el covid ya estaba habitando en ellos mismos o en gran parte de su familia. No era ajena a su preocupación, pero no lograba entender perfectamente lo que sufrían más allá de saber que yo iba a estar para ellos cuando me necesitarían, pero cuando este virus entra sin aviso a las puertas de las personas más vulnerables que amas desde que empiezas a dar tus primeros pasos, el golpe se siente demasiado fuerte. Se siente como un puñado en la sien. ¿Qué cómo lo sé? Las personas que hablaban por teléfono era mi madre y mis abuelos.

Queridos abuelos, ¿cómo están? Sé que en casa, en Samanco, en su tierra amada, la misma que ahora está tan lejos de nosotros, sus hijos y sus nietos… Los imagino muy asustados e inquietos, así que he pensado en una manera de apaciguar un poco a ese terrible miedo y se me ha ocurrido hacerlo a través de esta columna que sé que nunca dejan de leer porque si bien, a veces, no saben entrar a la página de la revista, le piden a mi madre que les mande la captura de pantalla de cada escrito.

Sé que las noticias que les llegan son muy malas, que los doctores no dejan de decirles que ustedes son una generación herida a la que la vida parece insistir en no dejar descansar, pero quiero que sepan que ahí afuera hay cientos de personas cuidando de las trincheras como la tía Paula. Ella está bien, un poco lejos de ustedes. Está defendiendo a sus compañeros de Trujillo de las balas para que ninguna los alcance.

Sé que el mundo es cruel y la gente aún más, pero personas como la tía Paula y nosotros, tus nietos, estamos empeñados en protegerlos porque ahora y en el futuro seguirán siendo lo más importante. Por eso, no dejamos de fastidiar a las personas de su alrededor para que puedan socorrerlos con los alimentos básicos o el infaltable gas que a mi abuela tanto le preocupa.

Vengo a contarles cosas buenas que han sucedido y que quizás no estén viendo porque la televisión o la radio no pueden mostrarlo. Hay psicólogos que están ofreciendo consultas gratis para personas que, como yo, sufren de ansiedad. También hay veterinarios online gratuitos para Dasi. Ella también está bien, extrañando al bisabuelo para que nuevamente le regale su bisteck.

Y abuela, que sepas que me acuerdo de ti cada vez que veo a mi vecino de enfrente leer los periódicos: se pasa horas, como tú, y a mí me apetece preguntarle qué está leyendo porque es lo que querría que alguien hiciera contigo ahora. Porque sé muy bien que tú no amas la soledad como yo lo hago.

Confieso que los primeros días que se pasaban horas llorando por el móvil solo quería ir a abrazarlos, pero ya he entendido que la mejor manera de protegerlos, a ustedes y a todos los abuelos de los demás, es quedándome en casa, en Lima, y eso estoy haciendo. Ahora ya no tengo prisa: solo ganas. Pero puedo calmarla porque lo que más deseo es que dejen de llorar y sonrían un poco más como en los tiempos, en los que no dejábamos de abrazarnos.

Sé que está siendo difícil para ustedes, pero quiero decirles que todo va a salir bien y, sobre todo, que en casa todos estamos bien. La empresa donde trabaja papá ya hicieron el descarte a sus empleadores. Todos están sanos, no solo papá y eso es aún mejor. Confíen en que se recuperarán al cien por ciento. Sigan cuidándose como lo están haciendo porque son un ejemplo.

En un rato los vuelvo a llamar para seguir contándoles cosas bonitas y si un día se vuelven a sentir frustrados nuevamente o solo quieren hablar: llámenme. Yo estoy para ambos. Siempre. Ustedes son mi prioridad, más allá del trabajo y mis estudios. Los amo demasiado.

Y ustedes que me leen. Cuídense. Cuiden a su gente. Hoy fueron mis abuelos, mañana podría tocarle al de ustedes. No saben lo difícil que es explicarle a una pareja de ancianos, que solo se tienen el uno al otro, en estos momentos, que no se van a morir, que sean fuertes, cuando ni uno mismo puede ser totalmente valientes por ellos.

Dejen de salir por estúpideses y no esperen que alguien a que ustedes aman demasiado los llamen para que les diga: Hola, tengo covid.