Nacer con una salud precaria y un severo caso de mala suerte hizo de mi dulce infancia una etapa complicada. Los contantes viajes a la sala de emergencias, los consultorios de médicos cansados y las noches en vela en las que costaba mas respirar tomaban cada vez más del reducido tiempo que disponía para dar los primeros pasos  y explorar el mundo por mi cuenta, como solo sabe hacerlo un niño. Con el tiempo los días se volvieron tediosos y las salas de esperas en el hospital llegaron a ser más terribles que las mismas enfermedades porque, si bien uno puedo acostumbrarse a los procedimientos médicos, el aburrimiento nunca dejaba de ser un problema. Por suerte, lo que me faltaba en salud mis padres lo compensaban en cariño: mi madre era una fuente inagotable de cuentos propios y papá nunca dejaba mi mesa de noche sin un libro sobre ella. Perdido en las historias de ambos, el tiempo empezó a andar mas rápido y aprendí a apreciar el mundo sin la necesidad de salir de casa.

Sin embargo, aunque encontraba divertidos los libros que me traía mi padre de su colección personal, seguía siendo un niño. Recuerdo claramente haber leído Los Miserables, El Conde de Montecristo, Crimen y Castigo y No una si no muchas muertes, libros que -por obvias razones- no eran apropiados para mí en ese entonces, tanto por la complejidad como en la temática. Mi padre, como buen lector que era, insistía en que, después de haber leído Harry Potter, ya no estaba para libros de niños y que debía ir acostumbrándome a los grandes clásicos. A pesar de sentirme eternamente agradecido hacia mi padre por haberme introducido al mundo de la literatura, sigo creyendo firmemente, trece años después, que las historias sobre redención, crímenes y venganza no son las mas apropiadas para un niño que aun no sabe si se dice “pasador” o “sapador”.

Fue una tarde cualquiera en la que yacía en el hospital por alguna enfermedad sin importancia, que mi madre me regalo “El principito” de Antoine de Saint-Exupéry y quedé encantado. El libro no solo era de fácil lectura -lo cual era un alivio después haber luchado por casi un mes con Victor Hugo, sin resultados  favorables- si no que venía en una hermosa edición tamaño bolsillo con ilustraciones detalladas en cada página y una elegante tapa dura. Era una historia corta, por lo que solía leerla todas las noches antes de que se apagaran las luces del pabellón, así que siempre mantenía el pequeño libro bajo mi almohada durante mi estadía en el hospital. Recordaba de memoria las aventuras del Principito, el dibujo del elefante con la serpiente, la ignorancia de los adultos,  sus viajes por el universo, las preguntas incansables y los extravagantes personajes que encontraba en el camino, como el hombre de negocios que solo se dedicaba  a contar estrellas, el rey absoluto que creía gobernar todo el universo, el farolero que no había dormido en años o la hermosa rosa única, mi personaje favorito. Corto pero efectivo, El Principito dejaba volar mi imaginación y me ponía al lado del protagonista en cada movimiento que hacia. Sumergido en su propio mundo, sentía que podía ver todo a través los ojos del protagonista, algo que, como alguien que no podía salir al mundo exterior muy seguido, sabía apreciar. Mas que un libro, El Principito era un compañero de juegos.

Cuando fui dado de alta, hace ya más de una década, salí del hospital con la promesa de nunca mas volver a pisar uno en mi vida, cosa que hasta el día de he cumplido. Es una pena el haber hecho esa promesa antes de darme cuenta que había olvidado mi querido libro bajo la almohada de mi cama de enfermo.

Hace unas semanas decidí volver a leer el libro después de mas de diez años sin haberlo tocado para intentar hacer un análisis del texto y publicarlo por este medio, sabiendo que muchos de ustedes, queridos lectores, también crecieron con esta pequeña historia. Después de conseguir una vieja edición -por desgracia, una sin dibujos en todas las páginas- me dispuse a terminarla en poco menos de un par de horas. Solo necesité unos minutos para darme cuenta que estaba leyendo un libro totalmente distinto al que había disfrutado en su momento. El Principito de Antoine de Saint-Exupéry esta cuidadosamente diseñado para que un adulto no lo pueda leer de la misma manera que un niño: las aventuras con las que soñaba cuando cerraba el libro se convirtieron en metáforas, los personajes que tanto recordaba ahora eran críticas bastante evidentes hacia la modernidad y la sociedad de consumo y las bellas frases y preguntas que plagaban el texto se volvieron reflexiones filosóficas sobre lo que significa existir en este mundo. Con cada página que pasaba quedaba más maravillado, no solo por lo insólitamente profundo que era para ser un libro dirigido a niños pequeños, si no también el hecho de poder revivir la aventura que disfruté cuando niño de una manera totalmente distinta. Finalmente, llegué a la conclusión de que había entendido mas de Los Miserables que de este hermoso libro.

Si leyeron este libro cuando niños, vuelvan a hacerlo y experimenten algo totalmente nuevo. Solo no se asusten si ya no pueden ver a la boa devorando un elefante. Al menos yo, después de tantos libros, exámenes, trabajos, problemas, romances y atardeceres, ya no puedo ver mas que un sombrero.

 

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