Los incidentes de Las Bambas nos han revelado una vez más lo frágil que es el sistema de representación ciudadana en el Perú y los problemas que conlleva compatibilizar un modelo económico de mercado, basado en la extracción de materias primas, con un Estado que reconoce el estatus pluricultural de sus pobladores.  El diálogo por ahora parece fructífero, aunque ha habido señales de que todavía existen dificultades por resolver. En todo caso, es un ejemplo más de una tradición del estado peruano por atender tan solo en última instancia a la población local, sobre todo cuando esta reviste el epíteto de indígena. Este breve artículo intentará hacer un repaso por la visión que desde las élites se ha tenido del indígena y el trato que se le has ofrecido al momento de imponer proyectos de Estado.

De más está decir que el Virreinato del Perú se fundó sobre la base de la existencia de dos repúblicas, una de indios y otra de españoles, con leyes privadas para cada una de ellas. Este modelo rápidamente se rompió en la práctica debido no solo al mestizaje, si no a la habilidad de los actores individuales para escapar del encuadre de la Corona. Aun así, el utillaje mental continuó, y a fines del siglo XVIII e inicios del XIX –con el discurso ilustrado- se consolidó la imagen del ‘otro indígena’ a quien había que desaparecer, reemplazar con colonos extranjeros, o al menos ‘civilizar’, si es que el científico de turno creía que eran una ‘raza’ que tenía alguna posibilidad de redención. El siglo XIX tardío, vio nacer el movimiento indigenista, cuyas victorias en el siglo XX darían paso a una visión menos dicotómica de la nación peruana y una revalorización de la imagen del ‘indio’, que alcanzaría su cenit durante los años 60’s y 70’s del mismo, con la anuencia política del Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas.

Sin embargo, la percepción del indígena cambió durante todos esos siglos. En un inicio primó la distinción religiosa y legal para entenderlo como un “otro”; es decir, eran distintos porque eran “nuevos en la fe católica” por lo que merecían el trato de “menores de edad”. Con el pasar del tiempo, fueron considerados ladinos, acumulando epítetos negativos, como traicioneros y arteros, debido en parte a la estela de la rebelión tupamarista, pero también en respuesta a una nueva concepción racial de la población. En el siglo XIX esta visión se fortaleció con el racismo científico y es recién en el s.XX, cuando la identificación racial del indígena perdió peso frente al aspecto económico, sobretodo asociado al trabajo en la tierra del campesino. Un factor, empero, es transversal desde al menos el fin de la colonia: una vinculación geográfica determinada.

Así, los Andes dividían al Perú en tres regiones: la costa civilizada, la sierra atrasada y la selva inhóspita. Esta última región recién fue “conquistada y colonizada” para el Estado peruano durante la república. Aunque durante la era del guano se declararon las tierras como patrimonio nacional y se lanzaron las primeras colonias siguiendo el curso de los ríos, no sería sino hasta el boom del caucho en la primera mitad del siglo XX en que estas ciudades florecerían y la selva aparecería como un “lugar” en el mapa del Perú. El boom cauchero generó inmensas fortunas en varias familias y permitió el surgimiento de ciudades importantes como Iquitos, todo al mismo tiempo que las poblaciones nativas eran exterminadas en lo que los viajeros de la época llamaron un verdadero genocidio. La selva, obviamente, estaba habitada por cientos de grupos nativos que no fueron reconocidos como peruanos ni como pobladores legítimos, por estar “sumidos en la barbarie”. Esta visión de la selva vacía y llena de recursos para explotar es una continuidad en la historia peruana. No solo fue expresada por el plan de colonización de la selva del presidente Fernando Belaunde Terry en los 60’s, sino también por los proyectos viales recientes y –cómo olvidarlo- por el famoso discurso del Perro del Hortelano de Alan García durante su último mandato. El argumento centralista es el siguiente: si la selva es peruana, debería ser para todos, sus recursos deberían beneficiarnos; esas comunidades no saben lo que es el progreso, no comen ni dejan de comer, sería bueno que dejaron que “nosotros” nos encarguemos de eso.

De esta manera, los ‘indígenas’ en la sierra y en la selva, llamados de modo genérico “comunidades” (término que también tiene una historia, muy larga como para explicar aquí), han tenido que enfrentarse al Estado de formas distintas para mantener sus estilos de vida tradicionales, pero también sus intereses económicos: han huido del poder central, se han establecido en otros lugares, han realizado levantamientos y revueltas generales, generado protestas, motines y juicios, entre otros mecanismos de defensa ante una autoridad que no les ha reconocido el derecho a hablar por sí mismos, o que cuando lo ha hecho, no les ha prestado la debida atención. La protesta de Las Bambas es un caso más en esta larga tradición del Estado peruano y las élites centralistas de imponer sus intereses en el resto del país, en concreto, de instaurar la gran minería. Una actividad muy rentable para el PBI, pero que distribuye la mayoría de sus beneficios en la capital (puestos de trabajo e ingresos tributarios) y no en la comunidad (a quienes más bien atrae las lacras del urbanismo como la delincuencia, el alcoholismo o la prostitución). ¿Cómo obtener un trato que nos beneficie a todos? En primer lugar, escuchándonos. Algo que históricamente ha resultado muy dificil, pero quien sabe, tal vez en Las Bambas si lo logremos.