Una breve reflexión sobre unos de esos autores malditos que, para bien o para mal, permanecen entre nosotros. 

El Marqués de Sade nunca pidió perdón. Recluso en un lúgubre manicomio parisino, Donathien Alphonse Francois de Sadé expiró: recluido en las peores condiciones, sumido en la más absoluta locura, confiado, quizás, de haber dejado una obra amenazante, de valor. Con el tiempo, su nombre no ha perdido vigencia. Lujurioso, libertino y pornógrafo, Sade decidió imponer su estilo sin pedir permiso y a sabiendas de que, al menos en vida, pocos se atreverían a leerlo, o al menos a leerlo públicamente. 

La vida de Sade, como otros tantos literatos rebeldes como Bukowski o Reynoso, se basó en poner en práctica los transgresores valores en los que creía. Podríamos describirlo, si se puede, como un niño travieso que nunca dejó de serlo. Cuando era joven, decidió unirse al ejército para escapar del yugo de la autoridad familiar. Una vez abandonada su etapa castrense, decidió casarse por comodidad, solo para mantener, con el tiempo, relaciones sexuales peligrosas y prohibidas. Tal vida, por supuesto, quedaría plasmada en numerosos y perturbadores escritos. 

Asiduo visitante de la prisión y los juzgados, Sade decidió resistirse a la censura y, con cada puesta en libertad, volvía a arriesgarse solo por su comprometida defensa del vicio. A pesar de defender la Revolución francesa, nunca pudo congeniar con la estricta moral impuesta por algunas facciones de la Junta de Gobierno. Entre tanto, sorprende que, en tiempos revoltosos y de castigo, Sade, en ciertas ocasiones, llegaba a ser publicado y distribuido por París. 

Queda muy claro: la obra del Marqués de Sade no es sencilla: es atrevida, pulsante, corrosiva, por momentos insoportable y casi siempre obscena. Hace preguntas que no sabíamos que podían ser hechas. Mete el dedo en la llaga y, cuando el lector no lo soporta más, sigue presionando. Narra sin ninguna inquietud los aspectos más retorcidos de la naturaleza humana: la corrupción, el egoísmo, la crueldad, la atracción por el dolor y, en general, la absoluta libertad del individuo, con todo lo que ello implica. En sus páginas no se escatiman detalles: se narran todo tipo de actos sexuales, en toda posición y bajo toda orientación; se relatan acciones criminales cometidas con el mayor orgullo. Todo esto con muchísimo humor. 

Al parecer, Sade parece ser muchas cosas, pero ser bufón no parece estar entre ellas. Incluso a su forma, Donathien se daba el tiempo de ser serio. Veamos, por ejemplo, el trasfondo de Filosofía en el tocador (1795), acaso su obra mejor lograda. ¿Qué hay sino un tratado amplio y muy denso sobre el rechazo hacia la moral en sí misma, una oda a la absoluta liberación del ser frente a los estragos sociales de una sociedad en decadencia? A primera vista, estamos ante una simplona y entretenida novela erótica, pero, conforme avanzan los diálogos, somos capaces de diferenciar la envoltura en la novela de Sartre y su contenido: una furiosa carta abierta contra instituciones como el matrimonio, la iglesia o la defensa de la razón

Las inquietantes afirmaciones de Sade no escandalizan por lo brutal de su contenido, sino por aquel tono de honestidad y certeza que les rodea. Veamos, pues, su magnum opus, aquella extraña saga compuesta por Justine o los infortunios de la virtud (1791) y Juliette o las prosperidades del vicio (1797). La historia ya es de sobra conocida: dos hermanas, separadas al nacer, una que se cría en base a una recta y dichosa moral, otra que prefiere seguir los designios del placer y el egoísmo. Justine, a pesar de su fe y buenas intenciones, se enfrenta a un sinfín de desgracias. Juliette, manipuladora y entregada al mal, disfruta de una vida de comodidades y placeres. Por lo visto, no es una moraleja muy agradable. 

Estamos quizás ante un sardónico golpe contra la moral teleológica, una estocada a las promesas de bienestar de la tradición judeocristiana, un insulto justificado a este sistema de “moral por recompensa” que se impuso en Occidente. El resultado de leer esas páginas endiabladas es sencillamente desconsolador. Sacerdotes que utilizan el poder de su sotana para sodomizar a niñas jóvenes. Hombres de ley que aplastan a infortunadas sirvientas. Nobles que planean intrincados complots para asesinar a sus familiares.  El mundo es un caos y Sade nos invita a ser parte de él, a abrazarlo y, sobre todo, a tratar de sacarle provecho. Es normal sentir una peculiar ansiedad al leer los textos del Marqués. Quizás sea la misma rabia y desazón que sentía Donatien al trazar historias así y, por supuesto, al divertirse con ellas. 


Claro que estas novelas -y la epopéyica Sodoma (1785)- no son lo único producido por el Marqués entre idas y venidas con la ley. Con el tiempo, Sade mantuvo su pluma mordaz y continuó apostando por lo prohibido. No escatimó en plataformas: prosa ficcional, ensayos políticos, relatos cortos, teatro y, a veces, un híbrido entre esas formas anteriores. Pensemos, por ejemplo, en Oxtien… (1800), teatro en el que Sade sin temor explora la raíz de la crueldad y la sexualidad no consentida. Incluso en textos más “ligeros”, el atrevimiento se mantiene. Un atrevimiento que lo llevó hasta la muerte. Dicen que puede perdonarse el pecado, mas no el escándalo. Ya sabemos, entonces, por qué Sade jamás pidió perdón.